Si el joven Hemingway… (Serenata de Plomo. III)

Serenata de Plomo 3
Por Martin Holmes.

Si el joven Hemingway cabalgaba por lo mercantil era más que probable que hubiese hecho una escala en lo de Lola la del Lunar. El tugurio de Lola fue un local decente hasta que lo colonizó la embajada siciliana y se llenó de tíos con betún en el pelo y tallarines en la corbata. Déjenme que les diga algo sobre los italianos: son ruidosos como una manada de puercos, pegan a sus mujeres y están locos por las óperas de Verdi. Cuenta la leyenda que una vez se vio a un italiano trabajando, pero si eso es cierto, mi abuela vivía en un árbol hueco y los domingos hacía mantequilla. Conocía a Lola desde los tiempos en los que hacía la calle en el distrito trece, vivía con un pianista tuberculoso y tenía que remendarse las medias. El pianista se murió y Lola ya no tiene necesidad de coserse los tomates, gasta ligueros de seda y tiene agarrados de los pendientes a media docena de concejales. Nadie conoce el apellido de Lola ni dónde tiene el lunar y a ella le gusta decir que es independiente, pero todo Chicago sabe que su tertulia, el “Nitty Gritty” del North West Side, al lado del Hotel Congreso, la dirige Johnny Torrio el Cerebro, un espagueti ladrón que hizo su fortuna prestando con usura en los Five Points de Nueva York. Lola ya no galopa, que para eso está la juventud, y dirige el local vestida con un cuello de armiño y un loro en el hombro que se llama el Profesor Charmé y llama a los clientes por su nombre. Cuando me dejé caer por el “Nitty Gritty”, el Profesor Charmé me saludó y pedí un trago.
—¿No te has enterado de la Prohibición?, vender alcohol es ilegal y esta es una cuadra decente –me dijo Lola.
—Seguro que guardas un poco del vino de misa, Lola.
Lola me sirvió un whisky dentro de una taza de té y me guiñó un ojo.
—Este pis es infecto, pero no hay otra cosa.
—¿Qué fue del coñac de los senadores?
—Se lo llevó el viento, como a los periódicos viejos. Ahora tengo que comprarle la ponzoña a Johnny Torrio. Se llama whisky El Viejo Coronel, no me preguntes por qué, prácticamente es alcohol metílico y es probable que te deje ciego, pero lo tomas o lo dejas.
—¿Qué fue de los viejos tiempos?
El trago me cayó como una bala, así que pedí otro. Empecé a ver peor. Me pitó un oído. Pensé que era el tranvía. El Viejo Coronel era la bomba.
—Todo el mundo sabe que no tienes un níquel, Ace, y aquí se fía el whisky, entre otras cosas porque me da vergüenza cobrarlo, pero la hípica se paga a tocateja.
—Es la historia de mi vida. Mejora cuando la cuento acompañado de un zíngaro tocando el violín.
—¿Qué te trae por aquí?
—Ando buscando a un tipo: se llama Ernest Hemingway, unos veinte años, un héroe de guerra, va con una capa y creo que es sarasa. Sabe pelar una zarigüeya con un cuchillo de monte.
—El joven Ernie. Un buen chico cuando está sereno. No es sarasa, pero se le arruga el palo mayor cuando bebe dos copas del Viejo Coronel. Entonces se enfada y busca camorra. Las chicas le adoran porque les enseña sus cicatrices de guerra. Se las da de políglota y dice que aprendió el italiano, pero solo sabe preguntar dónde están los burdeles y pedir lumbre. ¿De veras sabe pelar una zarigüeya?
—Palabra.
—A veces nos recita poesías, pero no riman. ¿Quién le busca?
—Su padre, el piadoso doctor Clarence Edmonds, especialista en iniquidades bíblicas, sean lo que sean. Quiere que vuelva a casa y estudie para contable. ¿Seguro que no es sarasa?
—El chico se está metiendo en una camisa que le viene grande. Pretende iniciar una carrera de contrabandista de licor y Torrio ya le está tomando la medida. Ernie cree que es duro. Se equivoca.
—Todos lo creen.
—Suele frecuentar la Taberna de los Doce Picheles, en la avenida Wabash. Dice que está cerrando un negocio con los italianos.
—¿Torrio se lo toma en serio?
—A Johnny Torrio el Cerebro le da alergia la competencia, aunque venga de un chaval que sabe pelar zarigüeyas. En circunstancias normales le mandaría a su pueblo con una paliza, pero Torrio tiene un nuevo matón que está como una cabra. Se apellida Capone, tiene cara de perro y un recuerdo en la mejilla, es nervioso, violento y sifilítico. Preferiría meterle el dedo en el culo a un oso que buscarle las cosquillas.
Me soplé otro par de Viejos Coroneles y acabé viendo a San Genaro en la parrilla. El pitido del tranvía persistió. Sentí como se me producía una hemorragia interna. Probablemente me moriría, pero mientras tanto visité al tigre, me mojé la nuca y eché una meada espesa como el alquitrán. Así debe evacuar Satanás, pensé. Me sentí mejor. Me sentí como nunca. El Viejo Coronel sabía como alegrarle la tarde a un buen chico de pueblo.

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