El Profesor Charmé… (Serenata de plomo. IV)

Por Martin Holmes.

El Profesor Charmé, el Viejo Coronel y un servidor llegamos a la conclusión de que el caso estaba cerrado. El joven Hemingway pensaba que era un tipo duro porque tenía una medallita del ejército italiano, no tenía la menor intención de madrugar y había deducido, porque era un lince, que el negocio de Chicago era el contrabando de licor. Johnny Torrio el Cerebro le explicaría las desventajas de meter el hocico en un monopolio, le rompería uno o dos dientes y lo devolvería a su casa, a pelar zarigüeyas y a escribir poesías sin rima. Fui a la Western Union y le puse un telegrama al doctor Clarence. Creo que estaba rigurosamente trompa cuando lo redacté:

SerenataDePlomoIV

“Estimado doctor Hemingway. Ernest no es sarasa. Puede usted dormir tranquilo. No practica iniquidades bíblicas. Frecuenta magdalenas con rendimiento irregular. Cree en el libre comercio. Quiere abrirse camino como traficante de licor. Es mala idea. No tardará en regresar a casa. Espérele con los brazos abiertos, la chimenea encendida y una taza de chocolate. Póngame a los pies de su esposa. Suyo. Ace Bullet.”

Un recadero me trajo la respuesta:

“Estimado señor Maldito Imbécil. Agradecido por la confirmación de la virilidad de mi hijo. Me inquieta su irregularidad. Me deja usted muy tranquilo al decirme que se va a mezclar con la purria italiana. Nunca he tirado ciento cincuenta pavos más inútilmente. Eso son tres días de su trabajo. No me salen las cuentas. Ahora traiga a mi hijo de vuelta de una pieza. En caso contrario le demandaré y tendrá que vender sus riñones para pagar a los abogados. Esperando noticias. Doctor H.”

Tenía una resaca de campeonato, una perforación de estómago y necesitaba dormir una o dos semanas. Lo último que me apetecía era dejarme caer por la Taberna de los Doce Picheles para coger de las orejas a un joven aventurero. Las poesías me gustan con rima. Corazón con melón, y esas cosas. Llámenme clásico. Fui todo un hombre y me levanté. Me quedaban cien machacantes del adelanto del doctor Hemingway y toda la vida por delante para labrarme un porvenir. Me miré en el espejo y descubrí a mi abuelo, pero con más ojeras. Soy Ace Bullet, promesa del pugilismo, una revista médica le puso mi nombre a una fractura y aún sigo de pie. Meo alquitrán y soy amigo del Viejo Coronel y de un loro que habla. Encendí un pitillo, me puse un traje razonablemente limpio y me guiñé un ojo a mí mismo. Tarde un par de horas en volver a abrirlo. Jamás pensé que podía pesar tanto un párpado.

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