A la Taberna de los Doce Picheles… (Serenata de plomo. V)

oldcolonel
Por Martin Holmes.

A la Taberna de los Doce Picheles no le habían dado una mano de pintura desde los tiempos de los Padres Fundadores y olía a perro mojado. Era un tugurio con poca parroquia y poca luz, mucho pecado y mucha ginebra. El tipo que la regentaba se llamaba Johnny Buenos Días y era un piojoso flaco al que nadie había visto sonreír. Decían que Johnny Buenos Días tenía un hijo tonto dentro de una jaula. Johnny Buenos Días tuvo su propia banda en los tiempos del libre comercio, pero ahora estaba en el ámbito de Torrio el Cerebro, estaba casado con Kathy la Desdentada, que había sido del oficio, y no era un hombre feliz, circunstancia vital que había contagiado a su negocio, lo que convertía la Taberna de los Doce Picheles en un lugar en el que te podías ahorcar sin que echases a perder la tarde de la concurrencia. En una de las tres mesas había cuatro juerguistas soplando ginebra Seagram´s y cantando “Torna a Sorrento” con poca voz y poca gracia. Uno era el joven Hemingway, a no ser que los uniformes del ejército italiano y las capas de esclavina se hubiesen puesto de moda, y los otros eran tres notorias comadrejas de Torrio: Cutello el Indio, que tenía una pierna más larga que la otra y era un psicópata violento, Gyp el Bailarín, que se creía guapo, y Urkle el Francés, que no había visto el Sena ni en una postal. Me acodé en la barra, dando por hecho que iba a pescar una infección, y llamé a Johnny Buenos Días.
—Dios bendiga esta casa, sírvame una copa de agua de fuego —pedí.
—Es usted un soñador, está prohibido vender alcohol. Ni siquiera a los estudiantes.
—Lo que se están soplando esos huele a ginebra Seagram´s desde la frontera con Méjico, así que hagamos la vista gorda.
—No veo a nadie soplando ginebra, pero yo no soy muy observador.
—Me refiero al cuarteto de barítonos. Los que están dándole una paliza a “Torna a Sorrento”.
—Ah, esos. Esos están tomando té con el vicario, ¿no lo ve?
—Pues póngame lo que se beba por aquí.
—Se nos acabó el jarabe de arce, hijito, con que lárguese por donde ha venido.
—Es usted un comediante. Y de primera. Sabía que hoy me iba a encontrar con un comediante y no acabaría el día en balde.
Me aparté de la barra y me acerqué a la mesa. El joven Hemingway me miró. Los otros tres no.
—Dios bendiga a este coro. ¿Es usted Ernest Hemingway?
—Depende de para quién —me contestó el chico.
—No soy del fisco. Soy un samaritano —dije.
—¿Quién es este mierda? —dijo Cutello el Indio.
—No es del fisco —dijo Hemingway.
—Es un samaritano —dijo Gyp el Bailarín. Gyp el Bailarín era un memorioso.
—¿Le debo algo? —dijo Hemingway.
—Solo es un puerco que tiene sed —dijo Urkle el Francés.
—Entonces es un gorrón —dijo Gyp el Bailarín. Gyp el bailarín llegaba a sus propias conclusiones.
—Solo quiero hablar un rato con usted —dije.
—¿Alguien ha invitado a este mierda? —dijo Cutello el Indio.
—Le dije que se largase, hijito —dijo Johnny Buenos Días.
Todo el mundo se unía a la charla de los camaradas.
—Dios sabe que me iría bien un trago —dije.
—Lo que yo decía, un gorrón —dijo Gyp el Bailarín. Gyp el Bailarín era un tipo de ideas fijas.
—En mi opinión es un mierda —dijo Cutello el Indio.
—Es usted un filósofo —le dije a Cutello.
—Y dígame, señor Mierda Gorrona, ¿para qué me quiere? —preguntó Hemingway.
—Tengo un recado de su padre.
—¿Tienes padre, Hem? —le preguntó Urkle el Francés—. Y yo que pensaba que habías nacido debajo de una seta.
—Papá quiere que vuelvas a casa, héroe —dijo Cutello el Indio.
—Pues yo diría que el señor Mierda Gorrona es un mirón de O´Banion —dijo Hemingway.
—No soy ningún mirón de O´Banion, héroe, deja de sacar pecho con estos tíos tan duros —dije.
—O´Banion contrata piojos de esta calaña —dijo Cutello el Indio.
—O´Banion no tiene clase —dijo Gyp el Bailarín. Gyp el Bailarín era el árbitro de la elegancia.
—No trabajo para O´Banion, trabajo para el doctor Clarence Hemingway. El joven Hemingway ha faltado a la catequesis y papá está que trina.
—Y una mierda, eres un pájaro de O´Banion —dijo Hemingway. Se levantó y me lanzó el derechazo que enseñan en el primer curso de boxeo del padre Flanagann. Nada serio.
Lo detuve con el codo. Vigilé a Cutello el Indio. Estaba loco. Gyp el Bailarín no me preocupaba. No vi a Johnny Buenos Días moviéndose a mi espalda. Nadie se fija en los camareros.

« »

© 2018 ÇHØPSUËY FANZINË ØN THË RØCKS. Tema de Anders Norén.

↓