Silvino y Hortensia · [Las aventuras de un escalón · 2]

Silvino II

Por Clairette Semisec

Silvino, el segundo escalón empezando por el portal, no solía reflexionar demasiado, porque consideraba que toda reflexión, como su propio nombre indica, implica un reflejo. Un fulgor cegador para el observador. O sea, para él.

Y, claro, una cosa es ponerse ciego, libre y voluntariamente, con una sustancia ad hoc, y otra muy distinta que te caiga una cornisa encima, cuando estás tranquilamente haciendo pis, a la puerta de una tienda de pieles de mangosta del Canadá.

Eso sí, era muy consciente de su realidad existencial. Ser segundo escalón proporciona grandes satisfacciones y sustanciales incrementos de auto-estima, pero comporta, en justa correspondencia, graves responsabilidades frente al cambio climático, y el incremento del precio de la harina.

El segundo escalón, como muy bien le repetía su padre y antecesor en el puesto, es El Escalón. El genuino. El prístino. Y…, dirá el lector despistado (que es la situación natural del lector, de ahí su afición por la lectura y el carajillo)… ¿qué pasa con el primero, eh?

¡Ay amigo mío! La respuesta es elemental. El primero es simplemente un trampolín. Una rampa de lanzamiento. Un precursor, que dicen los científicos del área de la petroquímica. Pero, vamos a ver, hombre de dios… ¿es el motor de arranque de un vehículo, el verdadero motor? ¿No eh?, ¡Pues entonces…!

Y gozando de esas certezas inapelables se encontraba el bueno de Silvino, cuando se percató que, puntual como un reloj de arena suizo, la señorita Hortensia (señorita sí, a sus rozagantes 113 años) se disponía a descender de su vivienda del primero izquierda.

Nuestro cumplidor escalón ocupó su lugar reglamentario, para contribuir al confort y la seguridad del descenso de la anciana. La cual lo efectuaba con aquella parsimonia y liviandad que la caracterizaba.

Una vez en el portal, saludó amablemente a su servicial escalón, dirigiéndose con sus cortos y rítmicos pasitos hacia la embocadura de la puerta.

Silvino, lleno de ternura y simpatía por su vecina y usuaria predilecta, se incorporó para observar a aquella silueta que se recortaba ya en el contraluz de la entrada.

–¿Cómo nos encontramos hoy, Doña Hortensia?

–Muy bien, Silvino, gracias.

Le respondió al tiempo que depositaba en el suelo un bolso de moderadas proporciones, tal vez un poco grande para su talla menguada.

–Parece que hoy tenemos manifestación…

Había asomado un poco la cabeza fuera del dintel, mirando hacia la calle, a derecha e izquierda.

–Bueno, tanto mejor… más divertido.

En ese preciso instante, Doña Hortensia, abrió la amplia boca de su bolso, depositando en el suelo un amplio repertorio de objetos, entre los que destacaba una funda alargada de unos sesenta centímetros de longitud, de un fosforescente color verde amarillento.

De inmediato, sus movimientos se hicieron más vigorosos, ante la sonrisa condescendiente de Silvino, quien presenció aquel ritual, no por habitual menos interesante, y en el curso del cual Doña Hortensia empezó por recoger la parte central de su amplia falda y, sujetándosela en la cintura, transformó aquella saya en una especie de pantalones bombachos.

A continuación, se desprendió de la toquilla, revelando el carácter reversible de la misma, que, en un santiamén quedó transformada, a su vez, en una llamativa y alegre cazadora de color carmesí, con un enorme dragón verde botella con un lirio entre las fauces, bordado en su espalda.

Sin transición, se llevó sus manos a la cabeza y, con una asombrosa destreza, se recogió el pelo sobre ella, en un kiki sujeto por un elástico rojo, que a Silvino le recordó el plumero que su progenitor le había recomendado tener siempre a mano, en el estuche de piezas de respeto.

El rostro de la encantadora anciana adquirió súbitamente una expresión de gran excitación, mientras desenfundaba de aquella bolsa fosforescente una tabla de skate, marca Element Skateroller, en cuya abigarrada superficie plagada de inscripciones multicolores con nombres tan sugestivos como ¡BONES!, MUSKA o BAM…, y sobre su fondo verde pistacho, destacaban dos dibujos. Uno representaba una calavera, con unos ojos saltones inyectados en sangre, y en el extremo opuesto de la tabla, el tronco de un Corazón de Jesús, que les miraba con una conmovedora expresión de compasión.

Con la mirada desorbitada y una sonrisa que a Silvino le recordaba la del inolvidable Igor del “Jovencito Frankestein”, Doña Hortensia se calzó unas enormes y rutilantes botas de trazos azul petróleo y naranja, marca Airwalk Disaster, y echándose a la espalda el bolso, en el que, al que al darle la vuelta y convertirse en una cómoda mochila, aparecía con su esplendoroso arte e incomparable ingenio, la fiel reproducción de la portada del fancine ÇhøpSuëy, del miércoles anterior, agarró de un manotazo la tabla y la echó a rodar sobre la acera.

Mientras se volvía fugazmente para dedicarle un saludo al arrobado Silvino, alzando su dedo pulgar, Doña Hortensia se subió de un ágil salto sobre la tabla y, adoptando la postura adecuada a su condición de goofy, lanzó un atronador grito.

–¡¡¡Go, Go Go…!!!!

Silvino se asomó a la puerta a tiempo para comprobar, una vez más, la vertiginosa carrera de su vecina preferida, quien, ejecutando un impecable slalom, descendía la calle evitando con sus gráciles giros a aquella multitud que silenciosamente se manifestaba contra el desplome inesperado de la cotización de la achicoria, en la bolsa de Hong–Kong.

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