Serenata de plomo XI, por Martin Holmes

Por Martin Holmes.

CHICAGO2

Anoche, cuando se retiró el sol en nuestra ciudad del viento, las alegres compadradas de pistoleros que alegran nuestra comunidad y que nunca serán lo suficientemente ponderadas por un servidor, juglar del suceso, achicharraron a la dinastía de los Wong, descendientes de los constructores de la Muralla, y a los que no quedaron somarros los remataron a tiros. Frente a la lavandería de la familia Wong se apearon media docena de torpedos desde dos coches Sedán convertibles. Eran buenos coches bruñidos y no chismes de lecheros. Los torpedos arrojaron botellas de gasolina sobre el chamizo de los limones y lo pegaron candela. El cielo se puso rojo y ofreció un bello espectáculo que todo Chicago, a excepción quizás de los Wong, disfrutó con algarabía. La policía estaba en ese momento rescatando gatitos que habían trepado sobre los parterres. Los chinos se asaron como San Genaro en la parrilla y dejaron en el barrio aroma de merendero. Los que quedaron poco hechos se encaramaron a los ventanales y se tiraron al vacío. Unos se hicieron pulpa y otros aún consiguieron arrastrarse una pulgada, o tal vez dos, antes de que les rematasen a bocajarro con escopetas de caño capado del calibre diez. A estos últimos los camilleros les despegaron de la calle con una espátula de rascar pintura. Este reportero pudo comprobar que cuando acabaron con ellos, lo que quedaba de un chino adulto le cabía en el bolsillo del chaleco y aún le quedaba sitio para los pitillos. Toda la masacre duró su buen par de horas en las que los vecinos de nuestra piadosa comunidad volvieron a exhibir su buena educación y no se metieron en los asuntos del prójimo. Anoche, el Departamento de Policía de Chicago, mandado por el muy virtuoso capitán Phil Nimbus el Gordo, recogió a una vieja que se desmayó sobre su confesor, puso una multa a un judío que aparcó tapando una boca de riego y encontró al hijo de los Smith que se había perdido al salir de la catequesis. El hijo de los Smith tiene treinta y cinco años y se ha casado dos veces, pero no deja de ser el hijo de los Smith y si se pierde hay que buscarlo. Al amanecer, el Jefe Phil Nimbus el Gordo ofreció una rueda de prensa en la que no supo determinar si los pistoleros fueron irlandeses o italianos. De todos es sabido que al Jefe Phil Nimbus el Gordo le aturden las cifras de más de un guarismo, con lo que no fue capaz de facilitar el número exacto de bajas y ni siquiera se atrevió a ensayar uno aproximado. Dijo: “Ya saben, que me cuelguen si esos chinos astrosos no son todos iguales”. “Eso, que lo cuelguen”, coreamos los plumíferos, que acabamos llegando a la conclusión de que solo se murió un chino al que mataron varias veces. Abrió una ronda de interpelaciones y Tony Hunnicut el Perro, estilista del Daily North, le preguntó: “Jefe Nimbus, ya que es usted un notorio detective, ¿ha descubierto ya cuál es la capital del estado?”. El Jefe Phil Nimbus el Gordo, visiblemente irritado, suspendió la inquisitoria y se fue a practicar una redada en el bingo de la parroquia de la calle Purgatorio, que Dios le proteja. Dos horas más tarde, el Gran Johnny Calidad, presidente de la Cámara de Comercio, citó a la prensa en el consistorio y sobre una alfombra granate en la que se podía esconder un piano de cola anunció que el vino aparece en la Biblia, en el Salmo 103, que dice: “Que el vino alegre los corazones de los hombres”. Dijo que esta ciudad cristiana y temerosa del Señor puede tolerar cierto mercadeo de bebiendas pero no el contrabando de opio, asunto al que aseguró que se dedicaban los difuntos Wong, paganos del Sol Naciente. “¿Quién entiende sus aforismos?”, dijo. Tony Hunnicut el Perro, estilista del Daily North, abrió la consulta y le preguntó: “Gran Johnny, ¿es cierto que le van a poner su nombre a un coñac?”. El Gran Johnny Calidad, visiblemente irritado, suspendió la inquisitoria y se fue al natalicio del segundo hijo de su querida, la muy honorable señorita Love Applewhite, la de los ojos violetas. En Chinatown sigue oliendo a merienda y en Chicago ya no puede pasear tu hermanita sin que un italiano le robe la flor o un irlandés le cuente un chiste de lepricanos. Y los tambores de la jungla han anunciado la entrada en el partido de una nueva banda local que lleva una semana regalando whisky del Canadá como si lloviese de las nubes del firmamento. En ambas ruedas de prensa se repartieron cigarros Virginia Gardens y lapiceros color caramelo de la marca Leonardo Da Vinci. Pasamos una agradable mañana los chicos de la prensa fumando de gorra y comprobando lo fácil que es en Gomorra alegrarse el coleto y dimos gracias al Altísimo de no ser chinos. Es difícil discernir si alguno de nosotros sacó algo en limpio pero me apuesto la pata de palo de mi pobre padre lisiado a que ningún miembro de la autoridad local va a mover un dedo por descubrir la identidad de los alérgicos a los cítricos.

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