Descargaron toda la artillería… (Serenata de plomo. XIII)

serenata de plomo xiii
Por Martin Holmes.

Descargaron toda la artillería a la vez y el plomo me cortejó como la sarna a un negro, pero no me arregló. Me lancé panza abajo y me reventé el bazo. Me di un golpe de primera en la barbilla. Rodé sobre mi hombro haciéndomelo cisco y alcancé a parapetarme detrás de un Packard azul cobalto que empezó a recibir balazos que hicieron que a los vecinos se les acabara la siesta. Al diablo con ellos, pensé, ya es hora de levantarse, banda de zánganos. De todas formas no se abrió ni una ventana. Chicago tiene la mayor población de sordos del Medio Oeste. Se me aflojó el sumidero y meé sangre.

—¡Acabad con ese andrajoso! —gritó Crazy Horse.

—No está quieto esperando a que le atinemos —dijo Emil el Llorón.

Crazy Horse Ryan era ronco, nervioso y tenía la nariz como el pico de un papagayo. No obstante, tenía cierto predicamento con las mujeres, no me pregunten por qué. Era un puerco asesino pagado de sí mismo al que le gustaba decir que antes había sido contable.
Saqué la cacharra y devolví el fuego por encima del Packard. Disparé tres veces y solo salieron dos balas. La tercera se chafó como la blasfemia de un afónico y pensé que tendría un siglo o dos. Los tres mendas se abrieron en abanico cuando escucharon los tiros. Crazy Horse se arrodilló, Emil el Llorón se puso de perfil y el Susto se quedó de una pieza. Tenía al Susto por un chorizo pero no por un pistolero. Emil el Llorón llevaba toda la vida en la brecha. Hizo contrabando de rifles en México, durante la Revolución, no sé para qué bando. Los cholos le caparon un testículo en Aguas Calientes y le dejaron por muerto. Desde entonces, Emil el Llorón no guardó una buena salud y tenía alopecia y la piel amarilla.

—El puerco va armado —dijo el Llorón.

—¿Esperabais una merienda? —dijo Crazy Horse.

Abrí el tambor del Colt y saqué los dos casquillos vacíos y la bala vieja. Tenía el fulminante aplastado. Metí otras tres y dejé la carga completa. Hice inventario: seis en posición y tres más en el bolsillo. Siendo optimista podían funcionar de cinco a siete. Me escocía la manguera de mear sangre. Estaba de lujo. Oí como el australiano cerró su changarro a mi espalda. Era un amigo. Los tres pistoleros acribillaron el Packard y los cristales cayeron sobre mi cabeza.

—Susto, trae las Thompson —dijo Crazy Horse.

Thompsons del 45, los ukeleles de los concertistas de Chicago. Cargadores en forma de tarta de cincuenta cartuchos de capacidad y una cadencia de tiro de ochocientos disparos por minuto. Estaba listo. El Susto volvió del Sedán con tres Thompson en los brazos corriendo torpemente. Sujeté el Colt con las dos manos y disparé seis veces contra él. Me rozaron tres o cuatro balas enemigas. Me pregunté si me habían dado. Cuando disparo a algo lo hago sobre la mayor superficie de blanco y dejo las florituras para el circo. Si disparas a un tipo en la cabeza lo dejas para el cura, pero el cuerpo es más grande. Hay más posibilidades de atinarle a alguien en el torso que en la cabeza, es una cuestión de centímetros cuadrados. El Susto se sentó en el suelo.

—Me he resbalado, Ryan —dijo.

—Pues levántate, maldito vago —dijo Crazy Horse.

No supe cuántas balas salieron de mi revólver. Puede que cinco. El tambor se atoró y tuve que abrirlo a golpes contra el suelo. Se rompió el muelle expulsor y tuve que sacar los casquillos con las uñas.

—Estoy sangrando —dijo el Susto.

—Levántate, maldito perro —gritó Crazy Horse.

El Susto era tan feo que podía matar a un hombre solo con mirarle a los ojos. Lo de matón le venía grande.

—El Susto está herido —dijo Emil el Llorón—. Por el amor de Dios, está listo. Le han dado en el estómago.

—Os voy a freír, irlandeses comepatatas —les grité.

—¡Cristo, llamad a un médico! —dijo el Susto.

Un coche de la pasma apareció por el cabo de la calle Ontario. Los bofias vieron el baile y se largaron por donde habían venido. Los bravos del jefe Phil Nimbus el Gordo. Todos eran medio cuñados y los ases de la barbacoa. Me dolía el bajo vientre y escupí sangre. No sabía si podría correr. Me palpé las piernas y las noté de una pieza, pero yo no soy médico. Me quedaban tres balas.

—Emil, coge las Thompson —ordenó Crazy Horse.

—Ni hablar —dijo el Llorón.

Crazy Horse se levantó y disparó con dos revólveres a la vez. Me arrastré sobre la acera rompiéndome los codos. Me dolía el vientre como un mordisco. Vi como la pared de la calle se llenaba de agujeros. Al final de la Ontario estaba la avenida Wabash, que era campo abierto. Por allá paseaban niños con aros. Crazy Horse se detuvo para recargar.

—¡Dios bendito, me estoy desangrando! —dijo el Susto.

—Santo Jesucristo, hay que sacarlo de aquí —dijo Emil el Llorón.

—Debo estar en una tertulia —dijo Crazy Horse.

—No me duele, solo sangra, oh Dios —dijo el Susto.

Me levanté como un hombre y corrí hacia la avenida Wabash disparando sin mirar las tres últimas balas. Vi a los niños con sus aros como si fueran la maldita Tierra Prometida. Crazy Horse disparó mientras corría y no hizo puntería. Tal vez si se hubiese tomado un minuto. Caí sobre mi cabeza al lado de una señora con un perrito. La señora gritó. El perrito era un piojo peludo como una bola de mugre. Creo que me mordió. Meaba sangre e iba a pescar la rabia. Perdí el revólver vacío. Oí un pitido y pensé que el tranvía me iba a aplastar. Eché un vistazo sobre mi hombro dislocado y vi a Crazy Horse guardando las cacharras y cogiendo las de Villadiego. Crazy Horse Ryan siempre llevaba trajes caros y tenía queridas. Dos pasmas paletos se me echaron encima y me llenaron de patadas. No fueron unas patadas de primera pero me dolieron como si lo fueran.

—Tiene los pantalones rojos —dijo uno de los pasmas.

—¿Meas grosellas, basura? —me preguntó el otro.

—Unos irlandeses me han intentado matar, lince —dije.

El Lince me soltó una patada en la cabeza y consiguió que le viese dos veces.

—Hemos encontrado a un listo —dijo.

—Al jefe Nimbus le va a encantar —dijo el otro.

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