Yo nací en Kisadunga


Intentos y fracasos

(A la Srta. Bellpuig, por descubrirme
la labor de las Esclavas de la Purísima)

Pues bien, Señor, voy a contar la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Aproximadamente.

No creo que el destino nos venga prefijado, pero sí creo que somos parecidos a un mono subiendo a un árbol. Al principio tenemos vigor para ascender por el tronco y saltar de rama en rama, pero a medida que el tronco se divide y las grandes ramas se alejan se hace más difícil volver atrás y nuestras elecciones son más complicadas de deshacer. Llegamos a lugares adonde no queríamos ir porque hace mucho tiempo, en una elección trivial, elegimos una rama y desechamos otra, tomamos un camino y dejamos otro, y así fuimos avanzando, haciendo elecciones que no parecían tener tanta importancia. Y al final de nuestra vida, acosados por la pantera de la muerte, permanecemos quietos, solos y asustados al final de una rama, sin fuerzas ya para saltar a otra, sin saber por qué el resto de los monos alborotan y se divierten en otro lugar más frondoso, más apetecible y muy lejano.

Ahora que lo único que me sobra es tiempo, os ruego Señor que leáis estas páginas, pues quizás entendiendo las elecciones del mono acertéis a comprender su destino final en esta triste rama y os alcance la piedad y os mueva la misericordia.

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Yo nací en Kisadunga. Mi madre trabajaba en el pequeño hospital de las Esclavas de la Purísima Concepción. Ponía vacunas, curaba fiebres y daba de comer a los huérfanos. En sus ratos libres tallaba máscaras africanas que se vendían luego en las parroquias vascas, navarras y catalanas, que son de mucha devoción misionera. Pese a que soy de tez morena, dicen que mi madre era hermosa y rubia como la cerveza. Como la cerveza tostada. Era hija menor de una adinerada familia, los Jiménez-Echevarría, del barrio de Ocharcoaga de Bilbao, que al parecer tenían allí una gran mansión con estanque y peces de colores, jardín de árboles exóticos, loros y palmeras (1). Algo raro debió de ocurrir. Cuentan que una discusión sin importancia entre familiares, aunque la cosa acabó con la muerte accidental a escopetazos de diez personas, incluidos padres y hermanos, además de los peces y los loros. También incendiaron la casa y las propiedades. Ella, que era muy niña, sobrevivió sin un rasguño. Pero toda aquella vida regalada de lujo y exotismo se fue al garete y la que sería mi madre acabó en el orfanato que regentaban las Esclavas. Y como ocurre con el mono, que no vuelve atrás en la rama, unas cosas llevaron a otras, sucedió el día a la noche, y años después acabó como asistenta de las monjas en una pequeña misión del Congo.

Mi madre se llamaba Dolores Jiménez. Años más tarde, siguiendo la moda de los tiempos, las monjas cambiaron el orden de sus apellidos y acabaron inscribiéndola como Nekane Echevarria, un nombre rotundo y milenario que viene sonando por aquellos valles desde el albor de los tiempos (2). Sin embargo, todo el mundo siguió llamándole Lola.

En Kisadunga, además de en las labores de asistencia hospitalaria, mi madre ayudaba en la intendencia. Solía desplazarse ocasionalmente hasta Inongo a hacer compras o a recoger los envíos que llegaban desde España. Debió de ser así como trabó amistad con Kofi Ngmango, un joven comerciante de madera del que se decía que le gustaban en exceso el baile y la cerveza, aunque lo compensaba asistiendo religiosamente a los oficios dominicales de la iglesia. No se le conocía relación con mujer alguna, pero cuando Lola fue cogiendo peso y se hizo evidente que estaba embarazada, corrió el rumor de que había intimado con Kofi y en el entorno del convento empezaron a llamarle cariñosamente Pepe.

Quien más insistió en la teoría de la paternidad de Kofi fue el padre Echezarreta, capellán del hospital y hombre enérgico aunque borono. Mi madre, que para aquellas alturas de su trato con curas y monjas ya sabía latín, jamás reconoció haber yacido con hombre alguno e intentó sin éxito implicar en el caso al Espíritu Santo. Quizá asustado por las consecuencias de que naciera un niño negro entre las Esclavas de la Purísima, el padre Echezarreta hizo todo lo posible para que Lola regresara a la península y abandonara la comunidad antes de dar a luz. Mi madre se negó con mucha energía y dijo que prefería mendigar embarazada por las calles de Inongo antes que abandonar a las Esclavas, que eran su verdadera familia. El padre Etxezarreta trató de convencerla durante meses, pero acabó cediendo a su terquedad. Y cuando apenas quedaba un mes para la fecha del parto, tuvo que marchar del hospital precipitadamente, reclamado para unas misiones de urgencia en Legazpi, isla de Luzón, Filipinas. No llegó así a ver la cara de sorpresa de las Esclavas, en el momento en que fui echado a este mundo, al comprobar que yo no era negro.

(Continuará)

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1. Ocharcoaga (Otxarkoaga) es un barrio creado en 1959 en las laderas del monte Avril para realojar a la población chabolista que se asentaba en los alrededores de Bilbao. Los apellidos Jiménez y Echevarría son muy comunes entre los gitanos vascos. [Nota del editor]
2. Nekane es el nombre que Sabino Arana introdujo en su Santoral Vasco para traducir Dolores, mediante derivación de neke, «dolor, sufrimiento». Echevarría (Etxebarria) es el apellido equivalente a Casanueva o Casanova. [Nota del editor]
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