Elogio de los italianos

Italia
Por el Camarada Sergei.

Han hecho Italia.

Bastaría esto para cumplir con el artículo. Publicado además en un fanzine de (buen) humor como es éste, su brevedad provocaría alguna sonrisa, si bien no cabría descartar el tradicional comentario del cenutrio de siempre: «Esto lo escribe mi niño». Para que el artículo tuviera más alcance que el de las entendederas infantiles, podría añadir elogios destinados a diosas como Sofía Loren. La ilustración sería fácil: un collage gigantesco lleno de sofíaslorens en Venecia, Florencia, la Toscana… Podría, incluso, componer algún aditamento que mostrara mi orgullo por ser descendiente de italianos (uno de mis apellidos es Cervello, lo he situado en mi pueblo al menos desde 1870 y parece que, sí, es italiano y no catalán, como pensé en un principio; con la ilusión que me hace ser catalán).

En esta vida todo tiene un precio. También la belleza. Sofía Loren es inalcanzable, pero italianas bellas con la voz rota las hay a cascadas. Sabido es que si en Italia le das una patada a una piedra, aparecen fíbulas, restos de vasijas y tres o cuatro italianas que te hacen silbar aunque no sepas. Pero…

No se me va de la cabeza la anécdota que me contó un día la escritora Marina Pino. Hablaba de los italianos, y de cómo era habitual ver en una playa a una despampanante moza gritar con voz sensual: «Roccooooo, sal ya del agua, que vas a coger frío». Y tras varios gritos más y después de una retahíla de órdenes maternales, Rocco salía del agua. Y Rocco no era un díscolo chavalín, sino uno de esos machos italianos, guapos y horteras que esponjan las entretelas de las hembras soñatrices; y salía del agua refunfuñando, sí, pero también cumpliendo las órdenes de su emperadora.

Y así como toda cara tiene su cruz, Italia tiene su mafia, sus espaguetis sobrecocidos, sus salsas adulteradas, su fanfarronería intragable, su hinchada deportiva altanera y violenta, su farfolla y su desgobierno. En España, donde aún campea en el estandarte moral de sus ciudadanos el castellano lema de «nadie es más que nadie», irritan el histrionismo y las malas artes itálicas. Olvidados los siglos de gloria y los grandes hombres de Italia, el español, hombre de corta memoria, acude para execrarlos a las gestas deportivas. Ígneas canchas baloncestísticas, casi tan peligrosas como las griegas, codazos a jugadores que hubieran supuesto penalti y expulsión… Minucias.

El baldón italiano en España es el de la cobardía. Su papel en la guerra civil, con sus ridículos gorritos y sus deserciones no menos ridículas, sigue aferrado en la sabiduría popular. Baste este romance, recogido en un rincón de la gloriosa tierra riojana, núcleo de la raza española:

A ver cuándo dejáis Addis Abeba
venís a conquistar Guadalajara
después de haber estado en las puertas,
cobardes, hicisteis la retirada.
Miaja y el Neus no son igual,
¡ahí va que viene una brigada internacional!,
desde Brihuega hasta Sigüenza
chaquetearon ciento cuarenta mil sinvergüenzas
y no hubo un cristo que los paró
y un italiano que corrió hasta Badajoz.
Los italianos gastan chistera,
bota muy alta y camisita de seda
y en el empeine llevan charol
y por la calle van haciendo el maricón.
Queremos hombres, no maricones
y que en la lucha demuestren bien los cojones,
españolita, no te enamores
que pronto iremos ahí los hombres españoles,
los italianos se marcharán
y de recuerdo un bebé te dejarán.

Entre los italianos que vinieron a España a matar españoles hubo uno que, años más tarde, usaría de tal experiencia como salvoconducto para salvar el pellejo en el Budapest nazi. Se llamaba Giorgio Perlasca. Acudió a la embajada española, se le proveyó de pasaporte patrio y realizó tareas logísticas en ayuda de los judíos protegidos por Franco. Años después contó su historia. A su manera. De creerle, fue el único héroe en aquella ciudad asediada por las bandas asesinas de los nyilas. Omnipresente y omnipotente. Arcadi Espada le desenmascaró en 2013. En un momento glorioso, durante una entrevista, Arcadi le preguntó al periodista Eugenio Suárez si había conocido a Perlasca. Sí. ¿Y qué podía decir de él?:

– Un italiano…

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