El consultorio de la Srta. Bellpuig: Que pague el conductor (o la conductriz)

El consultorio de la Srta. Bellpuig

Querida Srta. Bellpuig:

Vivo en una pequeña población a 12 kilómetros de distancia de mi lugar del trabajo, en el centro de la ciudad. Desde que el Ayuntamiento decidió cobrar el aparcamiento a precio de jamón de Jabugo, tengo que tomar dos autobuses y tardo más de una hora en llegar desde casa, cuando antes apenas tardaba 20 minutos. Dos horas de mi vida perdidas al día, son muchas horas al cabo del año.

Vengo notando, además, que todos los grandes ayuntamientos están eliminando sus plazas de aparcamiento en la calle. Usar el coche se está poniendo carísimo porque si quieres ir al cine, al precio de la gasolina tienes que sumar los 10 euros de aparcamiento. Así que creo que hay una gran contradicción en una sociedad que basa su economía en los automóviles y en el turismo de fin de semana, y las ganas de sangrarnos cada vez que cogemos el coche.

Luego vienen todas esas campañas saludables para que andemos en bicicleta y corramos como las cabras que también nos empujan a dejar el coche. Así que me planteo si no es todo una campaña para hacer que la gente que no tenemos grandes sueldos nos quedemos en casa, como hace 20 años, y sólo los ricos puedan ir en coche. Por eso quiero preguntarle directamente, a usted que es una mujer independiente, conductora y que se implica en los problemas sociales y del tráfico, ¿no cree que ha llegado el momento de que nos unamos todos los automovilistas y reivindiquemos nuestro derecho a aparcar gratis, como han hecho esos vecinos de Burgos?

Atentamente
R.G.

Estimada R.G.

En estos momentos debe haber unos 27 millones de vehículos circulando por las carreteras españolas. El tráfico en los alrededores de las grandes ciudades es insufrible y supone una enorme fuente de estrés para conductores, transeúntes y vecinos. Reconocerá usted que si pudiéramos reducirlo en una tercera parte, aunque fuera arrojando al mar a los vehículos, con o sin conductor, la vida sería más agradable.

Es normal que las ciudades traten de defenderse para que vuelva a ser posible hacer vida en la calle, como hacíamos de niñas. Por ello soy muy partidaria de que los ayuntamientos pongan todas las medidas a su alcance para dificultar el tráfico por la ciudad a base de maltratar a los conductores de las maneras más sofisticadas y crueles posibles, preferiblemente dentro de la ley. O sea, eliminando plazas de aparcamiento; reduciendo al máximo el número de carriles de circulación; estrechando las calzadas, colocando chicanes e instalando badenes crujeamortiguadores para obligar a bajar la velocidad a 20 Km por hora; llenándolo todo de semáforos; peatonalizando el mayor número posible de calles; prohibiendo el acceso a determinadas zonas a todos los vehículos que no sean de transporte público o de servicios esenciales; impidiendo el tráfico fluido en todo lo que no sean vías de escape; cobrando precios desorbitados por aparcar; y, en general, haciendo que la vida de los conductores en la ciudad sea un infierno.

Debería usted pensar en los beneficios de que las ciudades se liberen del tráfico. Es mucho más agradable pasear. La gente suele estar más relajada y felíz y se paran a charlar con los abuelitos y a echar alpiste a los gorriones. Mejora mucho el pequeño comercio, se abren bares con terraza y los niños pueden salir con sus patinetes a tocar las narices y los gordos a correr en chándal para bajar de peso y entorpecer el tráfico del carril bici. Todo son ventajas y alegrías.

Además, el transporte público es un buen lugar para leer. Si en lugar de perder dos horas, como dice usted, haciendo el tonto con el Whatsapp o mirando las caras de vinagre de los pasajeros, las empleara en leer, se le pasaría el tiempo volando. Y tendría tema de conversación con sus amigas. Dos horas de lectura a día son muchas horas de conversación interesante. No como ahora, que sólo se le ocurren estas tonterías.

Sólo voy a darle la razón en algo. Todas estas medidas son muy injustas si las autoridades no las complementan con otras: construir aparcamientos disuasorios en los barrios periféricos (bien conectados con el centro) y bajar el precio del transporte público a los usuarios habituales.

Es más, creo que la auténtica revolución estaría ahí, en un transporte ligero, gratuito para los vecinos y usuarios diarios, y en la eliminación casi total del tráfico y de las plazas de aparcamiento en superficie. Así solo cogeremos el coche para ir a Peñíscola.

Y, oiga, andar tampoco está mal. Lo bonito que es andar. Eso sí que mejora la circulación.

Atentamente
Srta. Bellpuig

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