Massacre en el portal · [Las aventuras de un escalón · 4]

Massacre en el portalPor Clairette Semisec

Laudelino Gordo Rebollar, alias “El Centollo”, ofrecía al observador una silueta cónica, de no muy crecida alzada, en la que destacaba especialmente una característica bastante infrecuente. Aparentaba tener tres piernas.

Sí…, de acuerdo, vale. Todos conocemos la gracieta de la tercera pierna. Pero no. El vástago que aparecía al lado de la pierna izquierda de “El Centollo”, por debajo del borde inferior del grueso gabán con el que se protegía de las cagadas de paloma y las garrapatas, era el perforado manguito disipador de calor del cañón de una ametralladora Browning M1919A1, calibre .30US, que el gángster guardaba en una funda de las llamadas de sobaquera, y que provocaba un bulto en su costado correspondiente, de un volumen equivalente al de su propietario.

“El Centollo” sabía como hacer las preguntas esenciales. De aquella boca de labios gruesos y desparramados, exactamente igual de despiadados y crueles que los de Edward G. Robinson en el papel de Rico, en “El pequeño Cesar”, no salía jamás una palabra de más.

– ¡A ver, tú, capullo! ¿Sabes quién soy yo?

– …quién soy yo?

No; no es un error. Esa especie de eco, que el atento lector habrá detectado, corresponde a la repetición de la pregunta, por parte del sicario de “El Centollo”, llamado Robustiano Peón, alias “El Tachuela”, encargado de pronunciarla exactamente 0.17 centésimas de segundo después de la formulada por su jefe, con el fin de dotar de un poco de densidad coral a las unidades segmentales del habla de la más bien aflautada voz de “El Centollo”.

– Ni idea…

Silvino que, como de costumbre no había prestado la más mínima atención a los presentes al no tratarse de ninguno de los vecinos de la casa, se limaba con parsimonia las uñas de su pedúnculo 217, apoyado en la barandilla de la escalera y sin levantar la vista de la lima de media caña que estaba usando.

– ¿Has oído eso, “Tachuela”? A esta carroña no le sueno de nada…

– …sueno de nada.

Los ojos de “El Centollo”, idénticos en su apariencia hipertiroidea de los de Peter Lorre en su papel de Cairo, en “El Halcón Maltés”, estaban adquiriendo ese brillo metálico que vaticina una galerna en el Golfo de Andorra.

“El Tachuela” asintió con leve gesto de su cabeza, apenas perceptible, ya que ésta –la cabeza– apenas sobresalía una pulgada por encima de unas hombreras de abrigo manifiestamente hipertrofiadas, entre las que su cráneo se hallaba enterrado bajo el peso de una enormes gafas redondas dotadas de cristales blindados de 1,5 cm de espesor, que expresaban bien a las claras las 387 dioptrías que padecía su portador.

Todo lo cual, unido a la imponente estatura de 68 centímetros del lugarteniente de “El Centollo”, justificaba cumplidamente su apodo.

Silvino sintió de improviso que un escalofrío recorría, en un movimiento de ida y vuelta, los 300 segmentos metámeros de su sistema circulatorio.

La visión más detallada del sujeto que tenía frente a él, con aquel pelo engominado, clavado al de George Raft en el papel de Johnny Marshall en “Manpower”, le producía un desagradable desasosiego.

Decididamente, la cara de aquel nota era un auténtico foto-montaje.

Sólo el pensar en las consecuencias que podría provocar la sonora carcajada que pugnaba por salir entre su boca y su nariz, le proporcionaba una congestión facial de tal magnitud, que su rotundo cráneo se estaba convirtiendo por momentos en una enorme morcilla, como aquélla con la que su inventor, el griego Aftónitas, atiborró la galera de Odiseo, hasta provocar un naufragio que las malas lenguas atribuyeron a Poseidón, acusándolo de haberlo hecho para vengar a su retoño Polifemo, que era una bondadosa criaturita cejijunta con un solo ojo justo debajo de su pelambrera supra–orbital, al que el héroe homérico le había hecho una gran putada. ¿Pero qué coño es esto? ¡Otra vez el guardagujas me ha desviado el mercancías a una vía muerta, maldita sea su estampa!

Vamos allá. Estábamos en lo del amigo Silvino poniendo al buen tiempo mala cara.

– Pues verá usted señor mío, si me dice lo que se le ofrece, tal vez pueda invitarle a usted, y a esa perla malaya que le lame el culo, a unos opíparos chipirones en su tinta que justamente tengo en la olla exprés.

–Gracias pero no tengo tiempo para eso. Todo lo más… me prepare usted una racioncita abundante en un túper, y se hará lo que se pueda. Tengo que dictar una conferencia sobre las consecuencias del cambio climático en la producción de telenovelas con final infeliz, en el Colegio de Notarios a las cinco.

– …por el culo te la hinco.

Súbitamente, se hizo un silencio sepulcral en la escena y simultáneamente, pero en orden, los rostros estupefactos de Laudelino y Silvino, se miraron mutuamente el uno al otro, y se volvieron lentamente hacia la latitud en la que se encontraba el origen de la blasfemia.

Éste no era otro que la boca de “El Tachuela”, escondida en aquel laberinto que formaban el nudo de su corbata, su mentón deprimido y en tratamiento y el cuello del abrigo, forrado con piel de bacalao de Santurce.

El divertido juego de colarle al déspota sanguinario de su patrón alguna coplilla consonante de vez en cuando, sabía que acabaría acarreándole su perdición postrera, y la definitiva ruina, total, completa y absoluta.

– Pero… ¿ha oído usted lo mismo que yo?

Laudelino “El Centollo” lo preguntó dirigiéndose al escalón Silvino, y poniendo una cara sólo comparable, en su expresión de absoluta sorpresa, con la de unos pastorcillos ante la milagrosa aparición de Madonna colgando boca abajo de la rama de un acebuche, disfrazada de marisquera del Grove.

– Insólito…– corroboró Silvino con cara de aprobación, mientras iniciaba discretamente una hábil maniobra de desenfilada de la línea de fuego estimada.

– Pero vamos a ver, miserable excremento, ¿no fui yo quien te arrebato de las garras de la víbora emplumada de tu concubina, cuando decidió ofrecerte como mercancía de intercambio a un viajante de sopa de zopilote liofilizada? ¿No fueron mis atentos cuidados los que consiguieron que obtuvieses tu título de perito en tormentas conyugales? Y… ¿así pagas mis desvelos?

– Es que… ya sabes… siempre fui un poeta simbolista vocacional… ¡es superior a mis fuerzas, Laudelino…! ¡No puedo evitarlo! ¡Finánciame una terapia, te lo ruego! ¡Por favor, créeme…! ¡No volverá a suceder…!

“El Centollo” abrió sus cortos bracitos con gesto de impotencia, mirando de nuevo al escalón, que se había colocado ya en su posición horizontal operativa, entre la pared y la barandilla, tratando de ofrecer el menor blanco posible.

– ¿Qué puede uno hacer cuando le fatalidad de un destino maldito lo arrolla?

– …agárrame la polla. ¡Uy, perdón…!

Los acontecimientos sobrevenidos a continuación sucedieron en un período de tiempo tan corto que al acabar de escribir este párrafo todo había terminado. No obstante, es preciso narrarlos porque, precisamente, es la obligación del narrador. La de narrar.

Bueno ¿por dónde iba?…

Ya. El caso es que “El Centollo” fue cambiando de color, del rojo al amarillo y del naranja al azul pálido, que es cuando abriendo su gabán, se arrancó de un tirón los 136 botones de la sotana antibalas que portaba debajo y, con un gesto felino, desenfundó su mortífera arma.

Y con una pericia propia de quien se come los caracoles con cáscara, armó el trípode, profirió una blasfemia irreproducible, instaló la maching gun sobre él, alimentó la culata con una cinta de proyectiles interminable, tiró de la palanca de montar, y se armó la de dios.

Los primeros impactos se distribuyen por los pilares, los tabiques, la consola y su cornucopia, un cuadro de la Inmaculada y la puerta de descenso al sótano. Al intenso fogonazo continuo del arma se sumaba el ensordecedor tableteo, el ruido metálico que 2.000 casquillos producían al caer al suelo, el humo, el olor a cordita, el polvo de yeso, el palpitar del pequeño corazón de “el Tachuela” que, por cierto, se había refugiado bajo el abrigo de “el Centollo” aprovechando el desparrame general.

…¿Se acuerda el lector de la escena culminante de “Grupo Salvaje” de Pekinpah, con Willian Holden detrás de la ametralladora en el patio de la hacienda de Indio Fernández, repartiendo entradas de silla de ring para el espectáculo “Nostradamus No Estaba Borracho”?… Pues lo mismo, pero mucho más peor.

Y en éstas, con la implacabilidad que caracteriza a la Ley de Murphy, lo peor que estaba por llegar, con la aparición simultánea de dos invitados inesperados, llegó.

Por un lado, el niño rompepelotas del cuarto, seguramente sintiendo estimulado su innato deseo de bronca por el animado festival que subía del portal, bajó como de costumbre empuñando su triciclo de dos ruedas, y cogiendo desprevenido una vez más a Silvino que, por su parte, no sólo había encogido en esta ocasión su abdomen sino que se había encogido todo él hasta hacerse invisible.

Cuando el mocoso tomó tierra en el portal se arrimó un talegazo de reglamento al patinar sobre la alfombra de casquillos, soltando su artefacto, el cual inició una acrobática parábola pasando sobre la cabeza de aquella furia desencadenada que era “El Centollo” y su ametralladora.

Por otro, una grácil silueta, con una bandeja sobre la cabeza, una mano en la cadera y una sonrisa de sesenta dientes, se recortó en el umbral de la puerta contoneándose provocativamente.

Se trataba de Remigio Espeso, más conocido en el barrio como “La Reme”, repartidor sarasa de pollos al sable de la acreditada ganadería “Doraditos y sin Plumas”.

Y claro, lo que tenía que pasar pasó y la parábola hiperbólica trazada por la bicicleta del saltabardales encontró casualmente el final de su directriz en la entrepierna de Remigio. Éste, con un aullido que dejó mudo a Tarzán, lanzó a las alturas su bandeja y los cuatrocientos pollos que se apilaban encima como podían, provocaron en su descenso una especie de maná que “El Tachuela” consideró bien merecido, sacando sus bracitos por debajo de gabán de “El Centollo” y agarrando todo lo que desfilaba por delante, a la vez que reclamaba más pan.

Silvino, temiéndose que las desgracias nunca vienen de cuatro en cuatro, empezó a temer la aparición de la Srta. Hortensia.

Pero la magnanimidad de la siempre atenta Providencia, lo evitó in extremis. Porque ese día, Dña. Hortensia, casualmente, lo dedicaba a la limpieza y engrasado de los rodamientos de su tabla “Element Skateroller”.

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