El crimen del Bar Parra

Un crimen

por Brat Çäshø

Para G. García y B. Parker

Era otro tiempo, era otra España. El Parra agarró un trapo que ocultaba una inmortal vida bacteriana trenzada en el hedor de la lejía. Era esa hora exacta en que la luz muere y aún no ha nacido la oscuridad, cuando las farolas se encienden aunque nada iluminan, cuando se cruzan los obreros que han pagado el diezmo de su alcoholismo parando en el bar, camino de casa y de la cama, y los borrachos que todavía no lo están han abandonado las sábanas y salen a matar la noche. Descansan las botellas de anís y coñac y empieza el trasiego de los cubatas en vaso de tubo.

Se abrió la puerta del «restorán», que es como llamaba el Parra a su bar. Chirrió desagradablemente, porque los goznes tenían algo de vicio. Entró un hombre pequeño y calvo, bien afeitado. Olía a loción, vestía con pulcritud y cargaba una bolsa de cuero, vieja pero cuidada, que parecía estar llena de trebejos, y una funda alargada y cilíndrica que le colgaba del hombro.

Aguantó la chaparrada que se había convertido en costumbre las últimas semanas. Tras el consabido «buenas tardes, don Valentín», le llovieron chanzas y chascarrillos sobre su tamaño y su calvicie, aunque lo que peor llevaba eran los comentarios malintencionados sobre su esmerada higiene y sus maneras cautas y delicadas. Se mantuvo en silencio, porque no le hizo falta ni pedir. Aún no se había sentado en el taburete y ya tenía delante su chato de vino «del bueno». Invitaba el Parra, porque aquel hombre le hacía un gran favor viniendo a esas horas y cobrándole muy poco por el trabajo que le había encargado.

Era otro tiempo, era otra España. Aún se estilaba decir «sarasa», los cementerios no albergaban los cadáveres raquíticos de los yonquis, los domingos a las once había más gente en las iglesias que en los bares y los melenudos comenzaban a dar algo de miedo.

El Parra era gordo, vestía camisa blanca con demasiados lamparones para el gusto de una suegra y muy pocos para lo que era su oficio. Tenía el fino olfato de los hombres de negocios y había pensado que podría ganar algo más de dinero si publicitaba sus tapas, raciones y bocadillos con una fotografía, para exponerla en los ventanales y detrás de la barra. Había pedido presupuestos y todos le parecieron demasiado caros. «Logísticamente», como él decía, tampoco era llevadero, porque había que cargar con los condumios hasta las casas de revelados. Alguien le recordó que uno de sus parroquianos -y aquí fue extremadamente prudente al añadir «ése que parece que pudiera ser medio sarasa»- era fotógrafo, y que se lo había oído decir una vez que andaba medio borracho, aunque no precisó si quien iba mamado era él mismo o el otro.

El Parra, desde entonces, se volvió muy atento con aquel hombre pequeño y calvo, que aunque habitual del bar guardaba una discreción distante, educada. Todos los habituales notaron las extremadas zalamerías del Parra con aquel hombre a quien, aunque nadie lo había dicho nunca en voz alta, todos coincidían en llamar para sus adentros «el marica». Fueron pocos días, pero los suficientes para una vez averiguados nombre -Valentín- y profesión -fotógrafo-, se le tratara con algo de familiaridad. Le pusieron el «don» delante porque así lo ordenaban su traje y su pose un tanto altiva, pero las maledicencias y la falta de respeto que al principio flotaban en el ambiente, en las miradas y en algún gesto esquivo, se expresaban ahora con risa de conejo; no a las bravas y sí con mucha hipocresía y doble sentido, pero poniendo las cartas sobre la mesa. Yo aquí y tú allí.

Era otro tiempo, era otra España, pero ya había mucho hijo de puta suelto.

Unas semanas después, con dimes y diretes, cambalaches y regateos, el Parra y don Valentín llegaron, finalmente, a un trato. Cualquier persona un tanto avisada habría observado el contraste que había entre la obsequiosidad del Parra y las palabras hoscas de don Valentín. Y mucho más el escaso beneficio que obtenía éste, que ponía su arte, sus percherres y el revelado final por dos perras gordas y la promesa vaga de la barra libre.

Aquella tarde, pues, entró don Valentín, se tomó su chato y aguantó más impertérrito que nunca las obscenidades expuestas con ánimo tan sutil como cabrón. La primera sesión incluía ensalada y bocadillos de lomo, jamón, chorizo, tortilla y salchichas.

– Esta ensalada la veo poco fotogénica, de un cromatismo paupérrimo -exageraba don Valentín su léxico para pinchar el rencor de la parroquia, que no entendía ni jota de lo que decía «aquel», ahora sí, «maricón».- Quizá habría que añadirle zanahoria rallada, rábanos o unos tacos de atún y queso -insistía.

Aquello abrió un debate intenso entre las mesas y la barra. El sentir general, no ya mayoritario sino unánime, lo expresó una mujerona que hizo sonar su vaso de cubalibre sobre el mármol de la mesa:

– Yo, la ensalá es la ensalá, con su lechuga, su tomate y su cebolla. Y punto. Sin más mariconadas.

Risas y carcajadas. Don Valentín amagó un gesto, pero se recompuso de inmediato porque ya tenía un plan y no quería que se viniera abajo antes de tiempo. Transcurrieron los días. Se repetían algunas tapas que no habían salido bien en los revelados y se perfeccionaron mucho las tomas aderezando las comidas con «agentes externos», como determinó en llamarlos el Parra. Consintió en echar a perder un pollo entero, que después de asado roció don Valentín con laca para darle una textura brillante y jugosa. El Parra, de estranjis, le quitó luego la piel y algo de carne en los muslos y la pechuga, trituró el resto y al día siguiente hubo quien lo comió guisado con lentejas. El Parra era, lo hemos dicho, un negociante, y aquél era otro tiempo y era otra España. O casi.

Para darle gracia a las fotografías don Valentín acompañaba las tapas y los bocadillos con un vaso de falsa cerveza. En verdad era agua de sifón a la que añadía un sobre de colorante. El vaso, que luego rociaba con laca para darle aspecto de frescor, quedaba de lo más aparente. Aquel truco maravilló a la concurrencia, que no tardó nada en alabar las dotes de don Valentín para «el disfraz». Los guiños y los codazos eran cada vez menos disimulados.

Llegó el día final, el de la paella. Don Valentín insistió en ser él quien le diera el toque final, pues era de ascendencia zamorana, y no hay arroz cocinado como en Zamora, decía, por mucho que se encocorotaran valencianos y otros levantinos. Se le concedió la rareza y don Valentín, a solas en la cocina, preparó el codiciado plato. El Parra había preparado una fiesta final. Tapa de paella para todo el que consumiera aquel día. Un lujo, señores. Se había corrido la voz y se llenó el bar con la gente del barrio. Hasta gente fuera, había. Habituales, familiares, desconocidos y curiosos. Mucha gente, pero no don Valentín. Se disculpó diciendo que quería revelar los carretes esa misma tarde y salió apresurado palpándose el bolsillo. En él había una botellita, vacía, que había encargado en la farmacia. Un específico de cloruro de magnesio, un excelente laxante.

El bar Parra se levanta hoy en día fantasmagórico junto a la carretera. Hay pintadas en sus muros y los días de calor huele fuerte a orines. Sus ventanas descubren un fondo negro, como los ojos de una momia. Si hay viento, aletean los restos de una cortina y se oyen ruidos extraños. Se habla del crimen del bar Parra y las niñas con coletas se susurran imaginaciones atroces. Navajas, sangre a borbotones y varias portadas en El Caso, que es el periódico que lee el abuelo. Parece, dicen, que don Valentín no murió. No sé bien qué pasó con él y cómo logró huir de la ira del populacho. Quizá quienes aquella tarde se agolpaban en el váter con la furia de una manada de ñus o salían fuera a evacuar en plena calle, entendieron las razones de la venganza de don Valentín. Quizá. Quizá el Parra cerró porque había pensado en un nuevo negocio, mucho mejor, en otra provincia. Yo no lo sé. No se me alcanzan ni los hechos ni las razones. Ya digo que aquél era otro tiempo, y aquélla otra España.

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