Rutas transatlánticas

PanchoVillaPor el Camarada Sergei.

El viajero sube al avión, baja del avión, sube a otro avión, baja del avión y ya está en México. Le hubiese gustado viajar en barco, que es como Josep Pla y Ramón Pérez de Ayala dicen que hay que hacerlo. Pero para eso hay que tener mucho tiempo y una pasión como la de Pla. Viajó en un mercante durante cerca de un mes, con casi ochenta años, para acostarse desnudo junto a un antiguo amor en una casa llena de animales que lo dejaban todo lleno de excrementos. El viajero parará en sus ires y venires en una casa semejante, aunque en mejores condiciones que Pla. Éste aguantó un clima caliginoso y húmedo y le aguantó un marido, cornudo consentido, contrahecho y de Soria, con el que iba a hacer recados. El viajero no sabe muy bien por qué va a México. Tiene un objetivo y un plan, entrevistas concertadas, horarios de apertura de archivos y bibliotecas, nombres y teléfonos. Pero no sabe lo fundamental, y es qué le mueve a viajar a México cuando podría pasarse sin hacerlo y apañar su trabajo con unas pinceladas gruesas.

Pese al sinsentido de su marcha, el viajero observa. Una larga cola en los mostradores de las líneas aéreas finlandesas, por ejemplo. Hace cálculos rudimentarios para averiguar cuántas de las personas que la forman se suicidarán antes de un año, pues tiene entendido que el porcentaje de suicidios es extraordinario en ese país. También se regala la vista, mientras toma un café, con una chica alta de cabellera umbrosa. Morena de ojos claros, cejas largas, labios prominentes, rusa. Está a punto el viajero de pedirle matrimonio, pero esa chica fabulosa exuda tragedia en su mirada, por lo que decide buscar alguna otra mujer que aparente lo que él busca en realidad: que le traigan la cerveza de la nevera mientras ve los partidos del Aleti. Sin rechistar, con gusto. El viajero no la encuentra porque se entretiene observando a un grupo de viajantes. La mayoría son catalanes, pero hay un holandés, uno que parece de Madrid y otro extranjero que habla un español perfecto con esa jactancia léxica que usan algunos de esos avezados. Son empresarios de medio pelo, algunos subalternos. Viajantes, como queda dicho. La presión laboral, la tiranía del dinero, el temor al fracaso, les ha cincelado una cara poco propicia a la belleza del mundo. Parecen perturbados, capaces de las mayores sevicias por unas monedas o unos segundos de placer. Tienen pinta de beber cubatas en vasos de tubo y frecuentar garitos del puterío contándose entre ellos historias verídicas, como la de aquella orgía en una finca donde uno terminó chupándosela a un enano de jardín. El decano de ellos tiene todo el aspecto de envilecer mujeres sin quitarse el traje, ellas arrodilladas mientras él se vacía al minuto escaso entre espasmos y un poco de baba. También observa el viajero a un empresario alemán calvo, gordo y feo que debió de gastarse los beneficios de una década en arreglarse los piños, que relucen perfectos como una mentira. Le sonríe a su mujer o a su amante, una chica india en cuya cara reluce la belleza del exotismo. El empresario tiene cara de que se le mueran cada semana una o dos docenas de trabajadores por inhalar humos tóxicos o dejarse la cabeza en maquinarias oxidadas. A su lado hay otro empresario. Es francés y habla por teléfono. El viajero pone la trompetilla y, aunque no sabe el francés, capta algunas frases. El empresario habla apasionado, abre los ojos y enarca las cejas. ¡Está hablando de comida! Oh, benditos franceses, el viajero os ama. Finalizan el cuadro un grupo de judíos mexicanos —el viajero sabe que hay una gran comunidad en el país—, muy activos. Muchos pasaportes, todos ordenados y preparados para un embarque rápido. Hay una muchacha especialmente bella. Un hombre y un jovencito se apartan para rezar frente a una pared. El niño es vehemente en su rezo: se tambalea como si estuviera aguantando las ganas de hacer pis. El viajero, como queda dicho, sube al avión, baja del avión, sube a otro avión, baja del avión y ya está en México.

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