El orden del caos (rutas transatlánticas, y II)

Por el Camarada Sergei.

Disturbed

Al viajero le llaman la atención numerosas costumbres de México. Ha venido a trabajar, y es por eso que más que viajero es viajante. Huye de las atracciones turísticas y se ve metido, sin buscarlo realmente, en el mundo de los trámites cotidianos, de la burocracia, de los barrios lejanos, de los suburbios. Los chapulines, los árboles exóticos, las tlapalerías, el metrobús, el metro con ruedas, los vagones atestados pero sin malos olores, la abundancia de farmacias, de taxis y de coches japoneses, los camiones como de peli de Charles Bronson, la belleza de las chavas, las nalgonas, la suavidad de las chelas, la cortesía y la elegancia en el platicar, la extensión monstruosa del DF, su ambiente universitario, la rapidez mental de los camareros, el acervo de la hemeroteca nacional, las anfractuosidades burocráticas, el picante, los tianguis, las revistillas porno de a diez, la iglesia torcida de la Veracruz, las mozas de los murales del Bellas Artes, las librerías (¡¡las librerías!!) y sus libreras y sus lectores, las ballenas en Puerto Vallarta, el volar preciso de los pelícanos, el guaztecomate y sus maracas, los hulazos que se dan los jóvenes, el mezcal, la sal de gusano, la raicilla, el papaloquelite, la jícama, las mochilas en las iglesias, la mota (que pone pacheco), el coconango sarandeado, la dulzura de masticar estevia, las propiedades ejidales, los huachinangos en el mercado de Cruz de Huanacaxtle, la selva, los guajolotes, los zopilotes, los gringos y europeos con los dientes chuecos y las panzas regordas de comer pastel de anguila en sus patrias, ese cartel («Los sanitarios son para clientes; evíteme la pena de negárselos»), los libros de Bruno Traven hasta en la sopa (de nopales, claro), los callos de hacha, órale, todo eso le llama mucho la atención al viajero, pero, por encima de todo, que en la mayoría de las calles de la capital no haya semáforos para los peatones.

El viajero viene de un país donde los semáforos son sagrados. Si el semáforo está en rojo, el peatón no ha de cruzarlo jamás, aunque en la calle, sea ancha o callejuela, no se vea un coche en doscientos kilómetros a la redonda. Es ley de vida. El viajero, que a veces le da por pensar, ha sostenido siempre que es abyecta la obediencia radical a la luz de los semáforos. Es, en definitiva, señal de barbarie, sombra del sentido común. El viajero recuerda algo que ha contado a veces, pero viene al pelo…

El corresponsal del Frankfurter Allgemeine hablaba en un artículo de la sorpresa que le causaba pedir zumo de naranja en un bar. Además del zumo, le ponían un platito con servilleta (¡habiendo servilletas en la barra!), una cucharilla y un sobre con azúcar. ¡Increíble! Habiendo pedido una cosa, le ponían tres o cuatro, muchas de ellas innecesarias para su gusto. El caos, el desorden, el derroche. Al viajero le gustaría llevarse al corresponsal a cualquier puesto de salchichas de la ciudad de Berlín. El viajero pediría una salchicha, una berliner currywurst, por ejemplo. Y el viajero se vería sometido a un interrogatorio que, más o menos, vendría a ser así:

– ¿Con piel o sin piel?
– Para tomar aquí o para llevar?
– ¿Con patatas fritas, ensalada de patatas o nada?
– ¿Algo de beber?
– ¿Una cerveza? ¿De qué marca?
– ¿Fría?
– ¿Con vaso o sin vaso?
– ¿Se la abro o se la abre usted?

Al viajero le ponen de los nervios los interrogatorios. El viajero sólo quería tomar una pinche salchicha. El viajero no está en el Bulli. El viajero cree que el exceso de orden trae el desorden, que las vidas cronometradas, medidas y trazadas con tiralíneas impiden la humanidad de la improvisación, de la reacción rápida y eficaz en caso de conflicto. Lo confirman los semáforos de México. O su ausencia. El peatón pasa cuando los coches están parados y no pasa cuando los coches están en marcha. Los coches están atentos a las personas; arrancan si no hay, paran si hay. El caos obliga a permanecer atento y despierto, a tener en cuenta lo que sucede alrededor de uno, a espabilarse, a tomar conciencia del hombre y de su mundo. El caos obliga a ser civilizado; el exceso de orden a la barbarie, la idiocia y la abyección.

El viajero piensa en esto mientras camina, horas y horas, y cruza calles, miles y miles, y luego lo reposa y le viene a la cabeza que a lo mejor unas estadísticas bárbaras sobre las muertes por atropellos en la ciudad de México echarían al traste su teoría. El viajero habría de hacer unas consultas, contrastar unos datos y hacer unos cálculos (transformar los datos de muertes diarias o anuales en muertes por millón de habitantes, por ejemplo), pero al viajero le puede la molicie, el viajero está hecho un barbaján y se escuda en el jet lag. El viajero sólo quiere dormir sin preguntarse por qué todo transcurrió como la esencia de un suspiro, por qué todo parece un sueño.

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