No todo el ibérico de Jabugo es edificante · [Las aventuras de un escalón · 3]

SilvinoPor Clairette Semisec.

—Como le dijo Roberto Durán “Mano de Piedra” a Simón Boccanegra, dogo de Génova, después de ponerlo a buscar la dentadura postiza entre los pies de la bailarinas de Can-Can tras un devastador derechazo con el puño izquierdo: “¡Este no es momento para ponerse a discutir sobre el materialismo intuitivo de Feuerbach! ¡Payaso…!”

Silvino señaló al suelo con su dedo índice de la mano izquierda.

Atilano miró fijamente el punto señalado, y con hilo de voz  replicó.

—Pero… “Mano de Piedra” no peleó nunca contra Simón Boccanegra…creo…

—¡Claro! Y convendrás conmigo que ese dato no hace más que corroborar mi argumentación.

Se quedó mirándole fijamente a los ojos.

—¿O no?

Atilano comprendió en el acto que su proyectada operación anfibia sobre Sicilia requería un cambio de estrategia inmediato.

—Bueno, mira Severiano…

—¡Me llamo Silvino!

—Eso… Silvino…, verás, el caso es que tengo una tortuga preñada y había pensado que siendo tú soltero como eres… tal vez podríamos llegar a un arreglo…

El ciclópeo cuerpo de oruga de Silvino se irguió cesáreo y su sombrero, en forma de tapón de tubo dentífrico de los de antes, comenzó a lanzar destellos de girofaro policial. Aquella demostración de poderío culminó con una inclinación súbita de su poderosa cabeza, diciendo con un resoplido de toro encastado.

—¡Mírame! ¡Mírame bien! ¿¿Acaso te parece que tengo yo pinta de domador de quelonios??

—No, no… si domada ya está… es preñada, lo que está…

Se le quedó mirando a los ojos, intentando poner cara de pena, aunque la risa afloraba irresistiblemente entre sus labios apretados

—Pre-ña-da… ¿sabes, no? Pre—-ña—-da…

Silvino levantó su redonda cabeza hacia el hueco de la escalera, tratando de resolver aquel complicado algoritmo, sin éxito. Optó por el gambito del gran maestro del ataque Mikhail Tal.

—¡Ah, bueno…!

—Ah, bueno… ¿qué?

—Pues que… vistas así las cosas…

—¿Sabes lo que te digo, Salustiano?

—¡Me llamo Silvino!

—Bueno lo que sea…que, como te estás poniendo muy pesado, para empezar, te voy a cortar la luz. Y como me repliques, te quedas sin entradas para el concierto del grupo logroñés de trash folk metal Pözilgä, en el quirófano de la comisaría de distrito. ¿Estamos?

Atilano miró inquieto en torno suyo, tratando de encontrar el origen de aquella insuperable prueba de chulería. Desde luego, suya no era. Ahora quedaba el problema de convencer de ello a aquel horrible ser, al que la ira iba tiñendo de luto… ¿de luto?… No, no… eso es de otra historia. La ira iba tiñéndolo… ¿de qué?

—¿Ves? ¡Ya me he perdido! Todo por culpa de este pelma de Victoriano…

—¡¡¡Me llamo Silvino!!!

Atilano dejó caer los brazos hasta que le llegaron al suelo. Bajo la cabeza, pero no hasta el suelo y, levantando los párpados por encima de la cejas, miró al escalón con cara de cordero lechal…o lechón… ¡o lo que hostias sea!

—¿Estás enfadado…?

—¿Yo? ¿Por qué…?

—No sé…me pareció que te estaba afectando negativamente el olor de mis sandalias…Si es así, no te preocupes… meto los pies en el fuelle de la gaita y ¡zás!… arreglado.

—Vale.

—Puesss… eso…

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