¡Todos somos turistas!

por Satur.
turistas

Foto: M. Martín

Desde que la expansión del turismo provocó cambios urbanísticos, sociales y económicos, la mayoría de ellos irreversibles, hay quien acostumbra a denigrar esta forma de excursión, loando a su vez las experiencias del viaje particular, hecho siempre, dicen, con un objetivo completamente distinto al de la muchedumbre. De esta forma surgió la contraposición entre el turista y el viajero. Así, el primero se diluiría entre el ganado y el segundo se distinguiría de él; el primero sería hortera y el segundo, discreto; el turista sería chillón, ignorante y llevaría gafas de sol del baratillo, mientras que el viajero adoptaría poses reflexivas y meditabundas, gozaría de una amplia cultura, de una vasta erudición, y ante la ofensa del sol ensombrecería sus ojos con una mano, en forma de visera, tratando de vislumbrar los arcanos que se ocultan más allá del horizonte, siendo éste, posiblemente, un tenderete de recuerdos, meta y frontera del turista.

Una de las características propias de las masas es el aborregamiento que produce el pensamiento único. Agreguemos a ello un punto de esnobismo, común a nuestra época y germen de la obsesión por la originalidad y la diferencia. Escuchemos a nuestro alrededor y hagamos cuentas: va a ser mayor el número de viajeros que el de turistas. Hemos cambiado una masa por otra. Amigos, conocidos y saludados, la galaxia entera, se desgañitan, echan los higadillos por la boca, claman al cielo, barbotan, farfullan y exclaman dolidos y orgullosos a la vez: ¡¡No somos turistas!!

Pues claro que lo sois, pringaos.

En el momento que alguien va a un lugar extraño o alienígena para cambiar de aires, ver un monumento, porque sí o porque no, es un turista. Excusemos a aquellos que acuden por motivos de trabajo: serán unos viajantes. Ahora, eso de viajero, no se sabe muy bien qué es.

En cualquier caso, que nadie se eche a llorar o se me eche encima a apalizarme por haber destruido un mito. No todos los turistas son iguales. Pero la diferencia, queridos míos, no está en la elección de una agencia de viajes o en lanzarse al descubrimiento de Orense a pelo, ni siquiera en el atuendo (ah, esos seres mitológicos que entran en la catedral de Burgos con bermudas y chancleteando por el coro, chap, chap, chap). Lo que diferencia a un turista rebañiego de un turista asombrado (establezcamos dos categorías con estos adjetivos tan bien elegidos) es el relato.

Sí, amigos. El relato.

TurismoPor su relato los conoceréis, verbigracia:

“Increíble, cuñao, no encontramos ni un solo restaurante en Helsinki que tuviera una puñetera tortilla de patatas. ¡Y eso que era la capital! ¿Es la capital, no? ¿O era Träpishööndää?”

“Chau, chau, y chau, chau, y nada más que chau, chau. No había manera de que nos hablaran en español. No vuelvo más a Ulan Bator”.

“La Torre Infiel sí que mola. Mira que aquello estaba petao de gente y que todo el mundo va allí y tal, pero ¿cómo vas a ir a Paríns y no ver la Torre Infiel? Trescientos treinta metros de hierro pudelado, macho. Más de cien años y ahí sigue, símbolo de la ciudad y dueña de todo lo que tiene alrededor”.

“Y aquí estoy yo frente a la torre de Londres; y aquí, yo en el palacio de Back Injam; y en ésta, yo en All Trafort; y aquí, yo en la Universidad de Oddsford, y eso que se ve a lo lejos es un estudiante; y aquí, la Paqui en la casa natal de Prust… ¿o era de Shadspirt? ¡¡¡¡Paquiiiiiiii!!!!, la casa de aquel pueblo tan aburrido qué era, ¿de Prust o de Shadspirt? Es que no son el mismo, ¿sabes?”

“Ésta es la fotografía de un detalle del capitel de la sala capitular del Monasterio de San Efrén, en Villacoyunda de las Rajas Nobles, un pintoresco pueblo, apenas conocido, de la provincia de Teruel. Si os fijáis, la luz acaricia las piedras, el recoveco dejado por el hambre del tiempo. Las cinco de la tarde eran, eran las cinco de la tarde. Hora mágica. La hora es importante, ya lo veréis. No me refiero al simbolismo cronológico, sino a los cambios de luz provocados por el movimiento inapelable del cosmos. Mirad, aquí tengo otras del mismo capitel a las seis y cuarto, a las siete menos diez…”

“Yo no me arriesgo, tío. Al Matt Donalcks directo que me voy, y luego ya si eso veo los monumentos y tal”.

“Increíble, la idiosincrasia del indígena. Completamente alejada de los parámetros intrínsecos propios de esta urbe, Javier, tú hazme caso, que lo que yo te diga. Una modulación singular del habla, un idioma de complejidades no sólo fónicas, sino también sintácticas, una depreciación de los roles sociales expuesta sin tapujos. Oh, cielos, ha sido un viaje no sólo en el espacio, sino también en el tiempo. No puedo contarte más que bondades, Javier. ¡Tienes que ir a Soria!”

“No vimos nada, se pasó todo el día lloviendo. Queríamos ver la cúpula del Reichstag, pero había más gente que en la guerra y había que reservar con dos meses de antelación. Luego, la puerta de Brandemburgo llena de andamios. Así que nos decidimos a callejear por el barrio del hotel, que era bien bonito, y había un café muy guapo que tomamos como campamento base. O sea, que para qué haber ido a Berlín si aquí en Madriz se está igual de bien”.

“Lo más chungo fue Auschwitz, no veas. Lo que hicieron, tío. Y ahora míralos, ellos haciendo lo mismo”.

“Yo me cansé de andar, ej que ésta no para, vamos aquí, vamos allí, menos mal que al final vimos un parque y puahhhhh, yo ya ahí to tirao, luego el bar, la cervecica y pa’l hotel”.

“¿Que qué tal en Mozambique? … … … Psché… … … Bien … … … Diferente”.

Y así son, queridos, los relatos de nuestros viajes. Antes de despreciar a un turista pensemos que somos como ellos. ¡Que somos ellos! Quizá un día no muy lejano entendamos que es nuestra condición de turista lo que nos une a todos los humanos. A todos los que podemos salir de nuestros escondrijos con nuestras Nikon y nuestras Canon, claro.

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