Libro de los Recuerdos

PacienciaPor Proxuey.

A lo mejor sabes que el libro más vendido del mundo, tras la Biblia y el Corán, es el Libro Guinness de los Récords*. Enciclopedia o círculo y tesoro de conocimiento, materialización del viejo deseo del hombre de robar el saber de Dios, el Guinness es un fascinante epítome de ciencia y es, sobre todo, un manantial inagotable de poesía. He leído que nació para dirimir disputas de taberna. Quién no ha llegado a desenfundar su pistola alguna vez discutiendo sobre si el pájaro de caza más rápido de Europa es el chorlito dorado o el urogallo. A todos nos ha pasado, pero solo Sir Hugh Beaver, quien fuera director ejecutivo de Guinness Brewery en 1951, tuvo la idea de confeccionar una obra que proporcionara respuestas para nuestro sosiego.

El libro «contiene una colección de récords mundiales, tanto en los logros humanos como del mundo natural». Qué es un récord, nos preguntamos a menudo, aunque con la misma frecuencia nos distraigamos y dejemos que la interrogación aletee y estalle, apenas una pompa disuelta en la breve humedad jabonosa que dejan en el pensamiento las interrogaciones postergadas. Y nos ponemos con otra cosa porque abandonamos lo importante para entregarnos a lo urgente, todos los días nos lo advierten por los altoparlantes en la oficina a la vez que nos meten prisa. Qué cabrones. Un récord es una palabra inglesa que es francesa, y por eso se oye en ella su ventrículo de latín que aún palpita: cor, cordis, cor, cordis, cor… Un récord es un recuerdo, una marca que haces con la punta de la navaja en una corteza. En la corteza de qué: pues en la de tu propio corazón, dónde si no.

Las marcas del Libro de las Marcas lo son de los límites que delinean el fantasma de lo ínfimo tanto como el espectro colosal. Más allá solo hay monstruos, pero la exageración amazónica y el Himalaya excesivo pertenecen al lado de acá, todas las imponentes hipérboles de Natura se han inscrito en el Libro. El Libro de los Límites es un libro total y un aleph inagotable, pero tú no tienes tanto tiempo. Tú has de escoger y quieres elegir las proezas de la ingeniería, por eso contemplas la central hidroeléctrica de Itaipú o una torre muy alta que hay en Toronto. También podrías fijarte en la enorme sierra cuya hoja de setenta metros cortó en pedazos el carguero noruego Tricolor, naufragado en el Canal de la Mancha a finales de 2002, con tres mil automóviles que tapizaron de lujo desdichado el fondo marino. Y, porque eliges la paz y el discernimiento, sabrás apreciar la serenidad con la que se pudren cuarenta cadáveres en la granja de cuerpos humanos de Knoxville (Tennessee, EE.UU), labrantío de datos sobre la descomposición muy valiosos para resolver crímenes y clarificar autopsias.

El Libro es además cornucopia de enseñanzas morales. En él resplandece la humildad del arándano descomunal, un gigante de solo siete gramos, junto a la elocuente conseja del rosal trepador, que alcanzó veintiocho metros, mientras que el rosal independiente solo creció cuatro. El Libro te proporciona puntos de vista. Si la arrogancia macroscópica te ciega no habrás percibido que el anquilostoma es el parásito más sanguinario. La población total de anquilostomas bebe cada día diez millones de litros de sangre procedente de millones de intestinos humanos en el mundo, doliente fraternidad de un pueblo duodenal disperso y exangüe. La masa total de las salamandras que repta en algunos bosques de Norteamérica es más grande que la de todos sus mamíferos y aves sumados. Quién no ha soñado alguna vez con la gran salamandra arcimboldesca en la que hierve una infernal legión de salamandras muy pequeñas. El reloj puzzle sabrá despertarnos de esta pesadilla, su alarma hará que saltemos del lecho para buscar las piezas que salen disparadas cuando suena; y mientras las encontramos y colocamos correctamente para detener el timbre, la campana habrá sido capaz de rescatarnos de las garras de la peor fantasía.

En la espinosa tarea de distinguir una marca favorita, desecharás seguramente el triunfo efímero del collar de perlas más largo del mundo: a esa sarta siempre puede cosérsele una cuenta más. Tal vez te demores junto a la niña que aguantó treinta y dos horas tocando el violín, o quedes atrapado en la larga seducción de los ciento treinta y un metros del mayor globo de chicle inflado sin ayuda. Sin embargo, estoy convencida de que tu señal predilecta del Libro de las Señales es, como la mía, la historia de Arulanantham Suresh Joachim, el ceilandés que recorrió una distancia de doscientos veinticinco kilómetros sobre escaleras mecánicas en un centro comercial de Westfield (Nueva Gales del Sur, Australia), durante las ciento cuarenta y seis horas que transcurrieron a lo largo de seis días de mayo de 1998. Sé que tú también ves de vez en cuando a Arulanantham perdido en la inmensidad del Libro de tu Corazón, y te sabes caminando con él en una cinta mecánica sin fin ni motivo alguno. Los dos sabemos que Arulanantham es, hipócrita lector, tu semejante y mi hermano en el Libro de los Recuerdos.

*Nota. Las alhajas aprehendidas para este escrito corresponden todas al Guinness World Records 2007 (ed. española, Barcelona: Planeta, 2006), que es el ejemplar que trajeron los Reyes aquel año a mi hijo, el que alumbra desde entonces en mi biblioteca.

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