Toda la basura de Chicago… (Serenata de plomo VII)

Serenata7
Por Martin Holmes.

Toda la basura de Chicago va a parar a Rat´s Paradise, el sumidero de una ciudad que no es muy virtuosa. En Rat´s Paradise te encuentras muebles viejos, el cadáver de tu abuela, muñecas sin ojos y lo que sueltas por la salida del sur después de la digestión. Los perros pulgosos, las ratas y los cuervos van a pegarse el atracón a Rat´s Paradise; lo que le sobra a usted, derrochador, ellos lo aprovechan. Ahí estaba yo, el gran Ace Bullet, la promesa del noreste, debajo de un somier roto y con el hocico pegado a algo viscoso, amarillo y que olía mal. Tenía un hombro roto y los pájaros no me habían comido los ojos pero una rata me había mordido la pantorrilla dos dedos sobre la goma del calcetín. Nada serio. Una vez me mordió una monja. Me levanté sobre la colina de mierda, pensé que iba a tardar un siglo en volver a oler como un monaguillo y me di cuenta de que me habían birlado la cartera. Hice inventario: había perdido dos dientes, un botón y la tarde, y había echado a perder un traje decente. Caminé a través del océano de porquería como Moisés por el desierto, un chucho me quiso regar los zapatos y se fue con lo suyo, con el rabo entre las piernas. Encontré la salida y eché el cálculo: Rat´s Paradise quedaba a sus diez buenos kilómetros de mi oficina y a mi no me gusta caminar. Llevaba puestos mis zapatos buenos de ir al baile, que no están hechos para pasear. Ernest Hemingway y otro tipo al que no había visto nunca me estaban esperando apoyados en un Ford T de antes de la guerra. Se estaban soplando una botella de whisky Canadian a gollete. El whisky Canadian no provoca epilepsia y es un jugo decente. Nada que ver con El Viejo Coronel. Me apetecía un trago de whisky Canadian. No me apetecía otra pelea pero somos barquitos veleros a merced del viento. Como ven, soy un filósofo además de un hombre de acción.
—¿No has tenido suficiente, piojoso? —le dije a Hemingway.
—Ya te lo dije, Nick, este tío tiene aguante —le dijo Hemingway al otro tipo.
—Ni que lo digas —dijo Nick.
—El Extraordinario Señor Atízame Otra Vez —dijo Hemingway.
—Cuando acabes el interludio cómico quítate la chaqueta y te daré lo tuyo, Señor Pelador de Zarigüeyas —dije.
—¿Qué te pasa con las zarigüeyas? —dijo Hemingway.
—Venga, patán de pueblo, le enviaré a tu papá lo que deje de ti metido en un sobre.
—Está vivo de milagro y pide otra taza de lo mismo. Lo que te dije, Nick, es un tío con aguante.
El tal Nick le pegó un tiento a la botella de whisky Canadian y me la pasó. Me guiñó un ojo. Igual era decorador de interiores. Cogí la botella y limpié el gollete con la manga.
—No sea usted remilgado, señor Ace Bullet, hace meses que no me meto en la boca nada interesante —dijo Nick.
Soplé un trago en el que me bajé un cuarto de la botella. El whisky me llegó a los talones. Jesucristo debió celebrar la Última Cena con whisky Canadian.
—Es usted una esponja, Ace —dijo Nick.
—Puede jurarlo. ¿Cómo es que sabe mi nombre?
Hemingway sacó del bolsillo de su chaqueta mi cartera y me la devolvió.
—Cien sarnosos pavos, su documentación y un recorte de prensa de su triste época de boxeador. Tiene usted una vida de asco.
—Estos cien pavos son de tu herencia, Hemingway. Me los dio tu papá para que te devolviese al calor del hogar. Mamá está preocupada. Hay que ordeñar a la vaca y tu perrito te echa de menos.
—Ace Bullet, el saco de boxeo de Chicago —dijo Hemingway—. Mi tío Tyler me llevó a verle pelear hace un par de años en el Loop. Le destrozó los nudillos a Olsen el Sueco con su nariz.
—Le di una buena.
—Este tío me mata —dijo Hemingway.
—Ya ves que no soy un pistolero de O´Banion.
—Nunca se me pasó por la cabeza que un patán como tu fuese un pistolero de O´Banion, pero ponte en mi lugar: estoy intentando hacer negocios con una patulea de espaguetis ladrones que se dedican a hacer la puñeta a otros espaguetis igual de mangantes y vienes a echarme la reputación por el retrete contando que te manda mi papá.
—Pues casi haces que me maten.
—Tenía la situación controlada.
—Seguro.
—Gyp el Bailarín quería abrirte un ojal en la barriguita, pero les convencí para que te tiraran a la basura. No me lo agradezcas.
—¿Y qué pintas tu con las comadrejas de Johnny Torrio?
—Necesito efectivo. Tengo planes.
—Mi abuela tenía planes, pero se le fueron al garete cuando mi abuelo se escapó con una malabarista.
—Este es mi amigo Nick Adams, compadre del instituto de Oak Park. Es mi socio en este negocio.
—Encantado, Nick —dije—, y déjame que te diga que en el instituto de Oak Park podríais pasar por tíos duros porque os fumabais pitillos liados con alfalfa, pero los chicos de Torrio esconden fiambres debajo de la alfombra.
—Podemos manejarlos —dijo Nick—. Somos dos aventureros.
—Ahora que somos una alegre panda de camaradas vamos a soplarnos unas botellas de whisky Canadian y a urdir siniestras traiciones —dijo Hemingway—. A no ser que quieras volver a casa paseando.
—Caminar es para la infantería —dije, y le aticé un puñetazo en el mentón.
Hemingway se cayó sobre sus posaderas, escupió y se levantó.
—Empate a uno —dijo, y nos fuimos en el Ford T a urdir siniestras traiciones.
—Este tío es la monda —dijo Nick Adams.

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