Los siete apóstoles

por Luis Artime

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En “Casa Pin el de Amor”, en la entonces aldea de Tiñana y cuando yo era poco más que un adolescente inconcluso, una tribu de seres extraordinarios se reunía al caer la noche.

El enorme corazón que Pin “el Osu” llevaba detrás del depósito de sidra que era su barriga, le impulsaba a llevar a cabo una especie de silenciosa obra misericordiosa, dándoles de beber gratis y arrimándoles unos tacos de tocino y pan para forrar el galipote.

La primera vez que tuve la oportunidad de compartir con ellos aquella laica y asombrosa epifanía, tardé un buen rato en entender el mecanismo que permitía el prodigio de que un chigrero repartiera los bienes de su industria graciosamente entre aquella numerosa parroquia de seres inclasificables y económicamente insolventes.

A medida que la ceremonia avanzaba a través de la atropellada progresión de las intervenciones de los protagonistas, empecé a entender poco a poco el pacto sincrético que enlazaba el agudo espíritu aldeano del dueño del bar con aquel increíble coro de personajes, más propio de una película de Buñuel, que de aquel escurrido escenario.

Cada uno de ellos exhibía una personalidad tan definida y especializada que nada hacía suponer que en cualquier universo que no fuera aquel se hubiese podido producir una conjunción parecida. Sin embargo, aquellas criaturas sí compartían un rasgo común esencial que las amalgamaba sólidamente. Todo ellos eran almas vagabundas.

Todos carecían de hogar y familia. El lugar que suplía la primera de esos dos carencias, ya fuera por un efímero período de dos o tres horas, era “Casa Pin” al anochecer. La segunda encontraba su compensación en el mismo conjunto; ámbito de solidaridad gremial de aquel mísero sindicato de artesanos de la vida.

Hablaban a voces y atropellándose y, con entusiasmo renovado, cada noche relataban aventuras reales o inventadas de una rara riqueza creativa, en las que lugares, personajes y momentos saltaban todas las barreras geográficas y temporales, para milagrosamente constituir un relato general de una pasmosa coherencia narrativa.

Un ser, cuya compacta pequeñez había seguramente inspirado su expresivo sobrenombre de “ El Achapladín”, tenía tan generosa tendencia a reírles sin pausa las gracias a sus cómplices, que su propia fábula surgía a borbotones, entrecortada por su sonoras carcajadas. Vivía, como casi todos ellos, de pequeños apaños de pinche de albañil que le proporcionaban los tajos que iba encontrándose en su incesante deambular por las carreteras de la zona. A lo largo de la jornada, sus magros ingresos acababan indefectiblemente en el cajón de algún chigrero, a cambio de unos chatos de tinto peleón que iban haciendo su paso más y más titubeante, hasta que fatalmente caía rendido al lado, o dentro, del bardal de una cuneta. En su rostro y las partes de su cuerpo que sus harapos dejaban visibles, moratones, cortes o rozaduras testimoniaban de la dureza de los decorados en los que representaba la comedia de su vida.

Un hombretón grande de casi dos metros, enjuto de cuerpo y con unas manos que desprendían una poderosa sensación de vigor, era conocido por “Luchina”. Barrenista de oficio, gozaba, al parecer, de un enorme prestigio entre sus colegas y contratistas. Entre otros saberes que adquirí en aquella increíble academia de la vida, se encuentra el de la definición de tan legendaria profesión. ¿Qué era un barrenista?

Pues nada más y nada menos que alguien que gana su sustento manejando una barrena. Este instrumento consiste en una especie de clavo ciclópeo, de unos dos metros de largo, por cuatro o cinco centímetros de grueso y unos ocho kilos de peso, con el que el profesional golpea con fuerza y de forma insistente en un punto concreto de una roca, en una cantera, hasta conseguir horadar la piedra haciendo un agujero de un metro de profundidad y un diámetro adecuado al de la barra. Esa oquedad será la cámara en la que el artificiero introducirá el cartucho de dinamita que hará volar la roca y abrir así un nuevo tajo para los picadores.

El Barrenista es su propia empresa y la barra su somera herramienta. No tiene local ni taller. Se desplaza por determinados caminos que conducen a la explotaciones con su barra al hombro, y preguntando por el capataz para justar el precio de cada tiro. Un profesional estándar maneja una barra como la descrita más arriba. “Luchina” no.

Su leyenda se construyó alrededor de su barrena. Era más larga de lo común. Pero lo verdaderamente inusual era su peso. Pesaba ¡15 kilos! Una herramienta de esas características proporciona una energía de choque muy superior a otras, pero hace falta poseer una fuerza poco común para manejarla. Los agujeros que taladraba “Luchina” estaban listos en menos tiempo, y eso para el capataz era una gran ventaja, a la hora de rentabilizar el trabajo de los picadores.

Pero no se agotaban ahí las celebradas performances del barrenista. A menudo cuando estaba ante un capataz que no le conocía, y el ajuste de honorarios se estancaba ante una actitud cicatera por parte de este, “Luchina”, que solía caminar descalzo, empezaba a golpear el suelo con su barrena y ante el estupor de su interlocutor lo hacía entre el dedo pulgar y el índice de su pie, sin apartar la vista de la mirada del tacaño.

“Luchina” solía hacer un recorrido de unos cincuenta o sesenta kilómetros, encadenando contratos, hasta que consideraba suficiente el capital acumulado. Entonces, sacaba de su zurrón unas botas, unos pantalones de pana y una camisa, más o menos limpia, y subía a un coche de línea camino de Gijón. Había llegado el momento del descanso en una cama.

Esa cama era una de las muchas que servía de herramienta a otro oficio, según dicen, mucho más antiguo que el suyo. El cansado golpeador de rocas iniciaba así un período de desenfreno de comida, bebida y fornicio, en una casa de putas, que concluía al mismo tiempo que sus recursos económicos. Una semana; a veces, dos. Y de vuelta al camino.

Este extraordinario personaje guardaba otro rasgo muy poco corriente en su peculiar forma de existencia. Era amigo de gitanos. Los gitanos en Asturias desempeñan una labor agropecuaria de arraigada tradición y muy respetada por los ganaderos. En una tierra de vacas, ellos se encargan, en exclusiva, de la trata de la especie equina. Caballos, burros y, más excepcionalmente dado su elevado coste, de las mulas y los machos. Suelen establecer campamentos estacionales o fijos en las afueras de los pueblos del campo, normalmente a orillas de un riachuelo o regato.

Fue en uno de esos escenarios en el que tuvo lugar una escena regocijante, que le oí relatar un día a “Luchina”. Parece que se estaba acercando a uno de esos campamentos en los que conocía a la tribu, cuando vio su camino obstaculizado por la correspondiente corriente de agua. Se detuvo sin saber como vadearla, cuando uno de sus conocidos le gritó desde su carro: “ no te preocupes primo, métete que no cubre nada”. El barrenista confiado empezó a atravesarlo y de pronto se metió en un pozo que hizo llegar el agua hasta la mitad de sus piernas.

Las carcajadas de los gitanos resonaron hasta que llegó al carromato de su amigo. “¿Qué —le preguntó entre risas— te has mojado los calcetines? “Luchina” ya había preparado su respuesta. “¡Qué va! Es que me sudan mucho los pies”. Ese era al gran “Luchina”.

Otro parroquiano, del que lamento no recordar el mote, podría haber representado dignamente un papel en una película de Sam Peckimpah. Flaco como un junco, desgreñado con una escasa pelambrera gris cayéndole sobre un chaleco negro mugriento, se distinguía de sus cofrades por el insólito hecho en aquel cónclave de no reírse jamás. Parco en su discurso, este solía reducirse a una especie de jaculatoria con aroma vagamente bíblico, en la cual abundaban las sentencias apocalípticas a la escala de la aldea de Tiñana. Tal vez el rasgo más sorprendente de aquel personaje fuera la incongruencia existente entre su insaciable capacidad de engullir los bocados que Pin ponía sobre la mesa, con su esquelética silueta.

Pero la criatura que de forma más específica representaba el paradigma de aquel mundo extraño y alucinado era Angelín “El Motorista”. Menudo y con una cara encogida de la que dos ojos negros y desorbitados parecían tratar de fugarse en su frenética movilidad, exhibía un atuendo de una extrema extravagancia, incluso dentro de aquel desfile de modelos.

Sobre su cabeza permanecía indiferente al tiempo y al espacio un casco de albañil de plástico de color verde manzana, en el que lucía, al estilo de un aviador, unas gafas de soldador. Y de la visera de aquella somera protección capital colgaba un silbato bicolor, suspendido por un trozo de cadena de cisterna dorado. El resto del guardarropa no destacaba demasiado del catálogo en presencia, y era acorde con la prenda de cabeza.

Angelín era el benjamín de la tertulia, a sus cuarenta y cinco años. Se rumoreaba que había sido un buen oficial del andamio y que alguna turbia historia de dinero le habría exfiltrado del ambiente del palustre. En cualquier caso, el personaje quedaba retratado en los mínimos detalles de agitada biografía, cuando relataba el cómo, cuando y porqué del casco que ajustaba su occipucio.

Resulta que un día que iba dando tumbos por la carretera con el ciclomotor que justificaba su apodo, una pareja de guardias de tráfico sin mucho de que ocuparse decidió pararlo. Probablemente más para distraerse que porque pudiera representar un riesgo para el normal desempeño del tráfico. Una vez que verificaron la notable tasa de sidra que transportaba en su panza, parece ser que adoptaron una actitud más paternalista que otra cosa, recomendándole la conveniencia de circular con un casco.

Angelín era que un hombre práctico, en el sentido de reducir el repertorio de problemas a su mínima expresión, asoció de inmediato la necesidad de tener un casco a la molestia de buscarlo. Y encontró la solución con el descarte de las cualidades del mismo como criterio de búsqueda, a favor del simple vocablo que lo designaba. Un “casco” es también lo que llevan los albañiles. Así fue como, una vez el casco sobre su cabeza, empezó a ahorrarse, así mismo, el esfuerzo de quitárselo, conservándolo sobre cabeza en toda circunstancia.

Al recordar su fugaz entrevista con la autoridad, le vino a la memoria la incongruencia de que el agente llevase unas gafas de sol en la cara mientras conservaba otras de motorista sobre su casco. De ahí a deducir que seguramente la próxima vez que los encontrase estos se sentirían muy halagados si adoptaba un cierto grado de mimetismo con ellos, había una paso. Y en el mismo cajón de trastos de donde extrajo el cubrecabezas, en la obra en la que le habían contratado por unas horas, halló una viejas gafas de soldador que colocó con esmero en lo alto de él. El día que me narraba esta peripecia, no pude resistirme a la tentación de pedirle que me explicase la surrealista presencia de un silbato colgando inquieto de su chichonera.

La explicación resume por sí sola toda la metafísica subyacente en el modo de vida de aquella cáfila de saberes vagabundos. “Es que cuando voy borracho por la noche, a veces caigo con la moto dentro de un bardal, y por la mañana, cuando oigo pasar a los coches, me doy cuenta que ellos no me ven. Entonces toco el silbato y vienen a sacarme”.

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