Felicitas

Por Bonnie Parker.

Felicitas

La Sierra de Gata es un lugar idílico para vivir y para trabajar. Tiene una serie de pueblecicos muy visitables: Gata (que da nombre a la comarca), Cadalso (donde se ahorcaban musulmanes en la Edad Media), Moraleja, Robledilllo de Gata, San Martín de Trevejo… En este último vivía Felicitas.

Felicitas en la mitología romana es la diosa de la suerte y el éxito, y también el origen de la palabra Felicidad. Así que no me extraña que Felicitas se llamara así, porque era el ejemplo de la felicidad personificada.

Vivía sola en una de las casas típicas de San Martín “de Trebellu”, que es como lo llaman allí en Mañego (su idioma), debido a que en tiempos de la Reconquista los valles fueron poblados con gallegos, astures y leoneses. La casa tenía tres alturas: la planta baja donde estaba la cuadra para el “ganau”, la segunda planta donde se hacía la vida, y la tercera llamada “el sobrau”. San Martín tiene la particularidad de tener un arroyo excavado en el empedrado de las calles que fluye durante todo el año, y que es aprovechado para el regadío.

Felicitas vivía alegre y contenta. Era una mujer decente, le gustaba comer y siempre vestía con una bata azul marino de paramecios blancos. Encima de la bata lucía un mandil negro y calzaba unas zapatillas negras de tela de andar por casa. Su cara estaba surcada por las arrugas de la felicidad y del sol extremeño y su pelo rizado y fosco se domaba con una redecilla de peluquería.

Nunca estaba de mal humor y por eso pensareis que era muy fácil de tratar, pero cada vez que me tocaba quedar con ella, me temblaban las piernas.

Recuerdo la vez que la conocí. Estaba yo entregando unos papeles en la oficina veterinaria cuando entró con su felicidad a flor de piel.

—¿Qué tal están ustedes? Náááá que vengo a dar de alta unos becerros.

—¿Traes los papeles?—preguntó el veterinario.

—Aquí los tengo.

Echó la mano al mandil y, mientras sacaba los papeles, se le cayó lo que todos pensábamos que era un pañuelo. Uno de los mozos que estaban en la oficina se agachó para recogérselo y se lo dio a la mano.

—Jajajaja mushasho, no te preocupes… ¡¡Qué son las bragas!!, que es que me han entrado las ganas allí en la calle y me las he quitao para mear en el arroyuelo.

El muchacho dio un respingo y se frotó las manos en el pantalón, pero luego se lo pensó mejor y se fue al cuarto de baño.

—Tranquilo que están limpias… que me las puse el sábado.

Así era Felicitas, todo lo que a nosotros nos supondría una situación embarazosa, a ella le parecía lo más normal del mundo.

Felicitas tenía un rebañico de vacas para vida. Todas ellas con sus nombres: Margarita, Revoltosa, Niña… no eran muchas, como mucho una docena, pero cuando me tocaba ir a sanearlas sabía que echaría toda la mañana o incluso todo el día.

Felicitas me invitó a pasar primero por la casa a tomarme un café. Ordeñó una cabra delante de mí e hirvió la leche.

—Tres veces ha de subir la leche —me decía.

Me sacó de la nevera una caja empezada de Dupis con una capa de “algo” gelatinoso que me indicaba que no eran los más frescos del barrio.

—Almuerza muchacha, que tenemos trabajo.

Cuando bajamos del coche y llegamos a la finca, le pregunté si había encerrado las vacas.

—Uyy no, toda la noche encerradas, no… pero, si son unas vacas muy buenas, ya verás… las llamamos y vienen.

Las vacas estaban a su rollo pastando tranquilamente. Felicitas se agachó y arrancó un matojo de hierba con unas florecillas amarillas.

—Margaritaaaa maaajjaaa, ven anda ven… que no te vamos a hacer nada… jajajajá.

Y claro, Margarita ni girar la cabeza para mirarnos. Y Felicitas otra vez, “Margarittaaaaa”… y la vaca ni moverse. Al final, como sabía que no iban a venir, decidí que tendría que ir yo donde estaban ellas. Felicitas, a cada vaca que nos acercábamos, sacaba del mandil un tarro de Nivea y les aplicaba una capa en el morro, “para que no les haga daño el sol”… y si les veía alguna herida o alguna picadura de mosca, capa de nívea al canto.

Cuando ya estaba acabando, una de las vacas me dio un pisotón en el pie. Felicitas con su saber ganadero, la amonestó: “Culebra, vaca mala, mal muy mal…”

Yo venga a soltar improperios y en esto que la vi abalanzarse hacia mí… “¡¡Quita muchacha!!”. Me placó, me hizo “la sillita eléctrica” de Hulk Hogan, y agarrándome la pierna me quitó bota y calcetín. Acto seguido se sacó la crema Nivea del mandil y me dio una buena capa en el pie.

“Ya verás como se te cura con esto. Esta crema es buenísima, se te quita todo el dolor… y los granos”. Así que también me embadurnó con la Nivea en la cara.

Allí permanecí placada bajo el sobaco de Felicitas, que no se había duchado en días, untada en Nivea  y con el pie hinchado como un globo. No me podía mover, no sé si de la risa, del olor del sobaco o porque Felicitas bien podría haberse dedicado a la lucha libre americana (Montaña Fidji a su lado, una aprendiz).

Cuando me dejó libre, me ayudó a incorporarme y me cargó al hombro como si fuera un cordero. Me llevó hasta el coche y recogió la nevera y todo el material… yo no podía conducir, y ella no sabía, así que llamamos a unos compañeros para que viniesen a buscarnos. Felicitas que era mujer previsora y le gustaba el morapio, sacó una botellita de vino de pitarra de la zona, se echó mano al bolsillo del mandil (como Doraemon) y se sacó… ¡¡un cigarrito de la risa!!

—¡¡Toma Rubia!! Esto te va a ayudar a verlo todo de otra manera.

Lo encendió y me sirvió el vino.

Y allí echamos el día y unas risas… y ¡fuimos felices al modo Felicitas!

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