Oigo voces

Por Perroantonio.

doble

Y si hasta entonces no había dicho nada sobre aquellos asuntos y sobre otros que igualmente me preocupaban, créame usted que no fue por falta de ganas, sino por una prudencia mal entendida. Siempre había sido mi intención, si no pasar desapercibido —pues bien sé que haber nacido con dos cabezas lo dificultaba en extremo— sí al menos no ser rechazado por vecinos y paisanos, y no tanto por las cabezas como por las voces que de ellas salían. Así adopté la mayor parte de los hábitos y costumbres que se consideraban normales, como asistir a la iglesia a escuchar aventuras de fariseos, corintios y adefesios; vociferar en las tabernas o mostrar orgullo por las victorias del equipo de fútbol. También intenté casarme, aunque sin éxito, y me hice con todos los signos de una vida respetable, casa, coche, licencia de pesca, carnet de donante de orgasmos, alimentador de huérfanos, sostén de leprosos, protector de la fauna, bebedor de infusiones; todo por duplicado. En todo momento me dejé arrastrar por la corriente principal que lleva a los hombres comunes hacia el mar, que es el morir, y traté de evitar los caminos de la delincuencia y la maldad, sin duda más entretenidos y esforzados y acaso mejor remunerados. Nada de esto me valió para ser querido, ni siquiera escuchado, por lo que finalmente opté por prescindir de una de mis dos cabezas, sin duda la más llamativa, que aún conservaba un buen cabello, se expresaba con soltura y que, si algún defecto tenía, era, quizá, su tendencia a amodorrarse en los actos públicos y sus tres pares de ojos que se movían en direcciones divergentes para poder mirar a los perros, a la tele y a las señoras. Tras una operación quirúrgica exitosa, estrené condición de hombre aún más normalizado, esperando no el éxito social, sino disfrutar del derecho a ser uno más, aunque preferiblemente menos idiota. Lo sorprendente es que tuve suerte y pronto pude confundirme entre la gente. Todo iba bien hasta que empecé a no poder aguantar las ganas de hablar de aquello y de lo otro, de decir lo que salía a borbotones de mi única boca y de reírme de las cosas que me parecían graciosas, como de que los curas hablaran como monjas transidas o de que la alcaldesa dijera siempre “como no podía ser de otra manera” cuando siempre podía ser de otra manera. Incluso grité en voz alta por las calles que los hinchas me podían ir comiendo uno por uno el rabo, en especial si tenían hijos imberbes correteando por las bandas. La gente lleva bien que uno se cisque en el rey y en el gobierno, pero no soporta que te rías de su vida de chiste o de que les digas que vaya graciosa estaba la niña en la Comunión, que parecía Sor Citroën. Con una sonrisa todo es mejor, pero a la tercera vez que me partieron los dientes decidí que no me compensaba dejar hablar a mi yo interior, que ya eran seis. Que era posible, además, que el equivocado fuera yo, que se trata de vivir y dejar vivir, que la vida es breve y además no importa, y que para qué llevarnos mal pudiéndonos llevar bien. La vida es un aprendizaje y la ballena un mamífero, como el murciélago. Así que decidí volverme a dejar crecer una segunda cabeza, aunque esta me ha salido mala, un poco sorda del oído izquierdo y demasiado vieja para la viola de gamba. No es que me haya vuelto más popular entre la gente, pero hace compañía y al acostarnos me canta Senza fine.

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