Me acuerdo (2)

Por Perroantonio.

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Me acuerdo de los bautizos y de que el padrino nos echaba monedas de dos reales, pero nunca duros ni pesetas.

Me acuerdo de mi primera bicicleta y de las heridas en las piernas.

Me acuerdo de llevarle a mi padre el bocadillo a la fábrica, y del olor a soplete y a metal quemado, y de la oscuridad, y de los gases.

Me acuerdo de las vagonetas de mineral cruzando el aire por encima de la casa de mis tíos para alimentar los altos hornos.

Me acuerdo de cómo enrojecía el cielo, en las noches de nubes bajas, cuando salía la colada de acero al rojo vivo; y de como muchos años más tarde, cuando faltaban pocos para cerrar Altos Hornos, abrieron un café mirando a las fábricas que se llamaba William Blake, el matromonio del Cielo y el Infierno, pero que nunca entré porque me daba un poco de vergüenza ir a un sitio con un nombre tan pretencioso y no encontrarme allí con el propio Blake o con Edgar Allan Poe o Lord Byron.

Me acuerdo de las montañas de mineral y de las montañas de carbón, y de la suerte que dicen que tuvo mi abuela, que no estaba allí cuando un desprendimiento echó abajo las casas de La Punta.

Me acuerdo del accidente en mi calle de aquellos obreros de la construcción andaluces y de cómo algunos murieron y otros quedaron lisiados y de cómo regresaban todas las primaveras cantando saetas y vendiendo estampas de la Macarena para ganarse la vida.

Me acuerdo del Hospital de San Juan de Dios en Santurce y de que mi madre me llevaba a ver un gran belén con su río de verdad, su noria, sus días y sus noches y sus estrellas azules que se encendían en el techo.

Me acuerdo de Toby, el perro del carpintero, el primero que me mordió.

Me acuerdo de pasar entre los gitanos de Simondrogas y de mi padre diciéndome que no tuviera miedo porque con los del barrio se comportaban siempre como señores.

Me acuerdo de las Fiestas de Simondrogas y de la cucaña sobre un mástil amarrado a la proa de un barco de madera en el río Galindo. Y de lo horrible que me parecía caerse a aquellas aguas tóxicas y hediondas.

Me acuerdo de la Roca Apache y de cómo había que escalarla para demostrar que no eras un gallina.

Me acuerdo de que a los cromos los llamábamos santos. Mi primera colección, de futbolistas, me la robaron a los cinco años y mi padre me prohibió volver a tener cromos, y así fue como empecé a odiar el fútbol.

Me acuerdo de los chicles Cosmos, que eran negros y traían un santo del espacio, pero no de astronautas americanos sino de cosmonautas rusos.

Me acuerdo de ir a recoger cartones y cobre, y de conseguir dinero para ir al cine.

Me acuerdo de que en Baracaldo conté doce cines de barrio y tres de colegio y me propuse visitarlos todos, pero nunca fui al cine de Zuazo.

Me acuerdo de las sesiones dobles y de que los mayores se sentaban en las esquinas más oscuras a meterse mano y de que a mí aquello me parecía mal.

Me acuerdo de la primera vez que comí caracoles, en una sociedad obrera de Luchana; siete caracoles comí, uno por cada año.

Me acuerdo de que mi padre me contó que un día pasó el Nervión nadando desde La Punta de Sestao hasta Erandio y de que yo no le creí.

Me acuerdo de los trolebuses rojos de Bilbao.

Me acuerdo de cuánto se reía mi madre y también de cuando lloró.

Me acuerdo de que en la escuela me pusieron junto a Flaño que era el más grande y retrasado de la clase y de cómo me pegaba para que yo le hiciera los ejercicios. Y me acuerdo de que, años después, pedía dinero y tabaco a las puertas de los cines y no me reconocía.

Me acuerdo de cuánto sangraba por aquella brecha en la cabeza y de que subí a casa corriendo y de que mi madre, a quien avisaron a gritos las vecinas, casi se desmaya al ver tanta sangre. Y recuerdo al practicante que, en el Cuarto de Socorro, se acercó con unas tijeras a cortarme el pelo y yo pensé que me iba a cortar la piel con ellas y le grité y le llamé asesino.

Me acuerdo de todas las veces que me han partido la cara pero no recuerdo el dolor físico, sólo el del orgullo.

Me acuerdo de aquellas dos mujeres solteras que vivían juntas y a las que llamaban las birrochas.

Me acuerdo de las hogueras de San Juan y de pedir dinero para hacer chocolate y de cómo Rober tocaba el chistu, obligado por su madre.

Me acuerdo de los kaikus de cuadros verdes y de los kaikus de cuadros azules. Y de los kaikus de lana con borlas rojas y orla de esvásticas, que yo no sabía lo que eran y luego me dijeron que se llamaban lauburus.

Me acuerdo del domingo en que la calle había sido tomada por los Grises porque habían colgado una ikurriña del cable de alta tensión que pasaba delante de nuestro balcón y me acuerdo de aquel policía, con su gabardina gris, arrugándose al electrocutarse.

Me acuerdo de que por aquél entonces dejé de ir a misa.

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