Cholismo ilustrado

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Por Fernando García

Hay una marea de entusiasmo popular por las consejas del Cholo, “partido a partido”, “humildad y esfuerzo”, “orgulloso de mis hombres”, etc. Nada nuevo bajo el sol, mercancía averiada comprada por los piperos y regurgitada por la prensa deportiva, jaleada por los políticos e incluso alabada por los intelectuales. Pareciera que tras XV siglos de cultura desconocemos el abismo del alma.

Empezaré por lo básico: a los seres humanos no hace falta motivarles, basta con no desmotivarles.

Los pretendidos “motivadores” tanto en el deporte como en el mundo de la empresa son simples estafadores cuya soberbia les impide ver su mentira. Jamás he conocido a nadie que carezca de un interés natural por hacer bien las cosas y ganarse la estima y admiración de los demás. Pero tampoco he conocido a nadie que no tenga envidia del éxito ajeno o que no guste aprovecharse del trabajo de los demás.

El liberalismo estableció las bases morales para mejorar el funcionamiento de la sociedad: dejar fluir libremente las virtudes sin poner cortapisas ni controles (no desincentivar) y reconducir la envidia y el egoísmo como incentivo para trabajar. El modelo se puede resumir en “virtudes públicas y vicios privados”, lo que supone admitir las luces y sombras de la conducta humana. Esto es justo lo contrario de lo que predican los cholistas o motivadores profesionales, que pretenden ser capaces de aflorar las virtudes de una persona gracias a sus arengas y soflamas.

La confusión arranca desde muy atrás, cuando Rousseau creó el mito del buen salvaje que nace sin egoísmo ni envidia (junto a la mentira son las tres fuerzas que mueven el mundo). A partir de aquí se produjo una larga cadena de malos entendidos que desembocaron en el izquierdismo, el buenismo, la new-age y otras zarandajas.

Resulta ridículo escuchar (¡y leer!) a diario a aquellas personas que creen poseer únicamente la parte “buena” de la naturaleza humana, que en algunos casos tendrían sus virtudes “dormidas” esperando la llegada de algún motivador. Todo esto es irreal, es pura sofistería, el hombre solo necesita un espacio de libertad para expresarse y reconducir sus vicios y pecados en la buena dirección.

¿Libertad para qué? La pregunta estaba bien hecha, cierto que las soluciones aplicadas causaron hambruna y millones de muertes.

Aún así hay que admitir que para que alguien pueda hacer ejercicio real de su libertad y dar rienda suelta a sus virtudes (y reconducir sus defectos) necesita estar en condiciones de hacerlo. Educación y Sanidad parecen los mínimos de salida, pero, a partir de aquí, a buscarse la vida. Sin motivadores, pero tampoco desmotivadores.

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