Nunca dejes que te maten I

Por Gómez

NuncaDejes2

I
Crimen en la zona portuaria

Bueno, aquella noche estaba bebiendo como un cosaco en Los Siete Enanitos Masocas, mi coctelería favorita. Ya saben, ahogando las penas y toda esa mierda en el único garito del barrio donde todavía me quedaba crédito y se podía escuchar las Sonatas para Piano de Brahms sin que nadie te molestara.

Soy el inspector Gómez, de Homicidios, el inspector Gómez para servirle a Dios y también a usted si a algún cabrón le pasa por la cabeza la pésima idea de borrarlo del censo electoral en mi distrito.

Cuando arranca esta historia, pues, me encontraba bebiendo unos tragos tranquilamente, tan quieto y callado como la máquina tragaperras después de dar un premio. Yo era el único cliente de la noche. No podría jurar si iba por la tercera o por la cuarta margarita de la velada, pero sí que andaba en camino de inaugurar mi propio jardín privado. Estábamos en Nochebuena, uno de los días más jodidos del año para alguien que se ha gastado la paga extra en golfas, deudas y un embargo por multas de tráfico impagadas. El barman suplente, un joven con una cara parecida al Mar de la Tranquilidad lunar y que apenas llevaba dos meses trabajando en ese oasis para alcohólicos, debió de notar que estaba de bajón, porque me preguntó sin venir a cuento:
—¿Le sucede algo, inspector?
Le miré, pero había poco que ver. Así que volví a concentrarme en mi copa, que resultaba más interesante que su jeta en proporción de diez a uno. Ni siquiera recordaba haberle comentado que era pasma.
—¿Has hecho algún cursillo de psicoanálisis por correspondencia? –le pregunté yo a mi vez. Soy un capullo integral, lo sé, pero es que tuve una infancia difícil.
—No, no señor.
—Pues si careces de la titulación adecuada para ofrecer tratamiento psicológico al cliente, limítate a servirme lo que te pida, si eres tan amable.

Entonces sonó una danza húngara cerca de mis huevos. Estuve a punto de ignorar la llamada, pero al final saqué el móvil del bolsillo y lo pegué a la oreja. Era la subinspectora Tania, mi compañera de fatigas en el Cuerpo. La verdad es que el suyo, su cuerpo, sí que merece un monumento en alguna plaza emblemática de esta ciudad. O por lo menos sus domingas. Lástima que no puedan verla, pero imaginen a una morena de veintiocho con un buen polvo y una pipa enorme en un lugar indeterminado de su anatomía, y ésa es ella.

—Frenopático municipal –saludé. Y debía de haber algo en mi tono de voz, o vayan a saber dónde, que me delató
—¿Ya estás cocido?
—Dame una hora más y lo estaré.
—Gómez, tenemos un fiambre. Has de venir –dijo.
Le expuse a Tania las tres razones por las que me resultaba imposible acceder a sus deseos, aunque no necesariamente en el orden de importancia que merecían:
—Hoy es mi día libre. Es Nochebuena. Estoy medio borracho
—Esto es gordo –replicó–. Muy gordo.
—¿Tan importante soy que no puede ir otro?
—En realidad eres el único inspector que me ha cogido el teléfono. El cuarto al que he llamado.
Todas son iguales, joder. Ya me lo decía mi abuela. O la abuela de algún otro.
—Es un honor –dije mientras pagaba las margaritas y dejaba una generosa propina al aprendiz de Jung.

Veinte minutos más tarde aparcaba mi cafetera rodante en un sórdido y apartado callejón de los barrios bajos, junto a la Zona Portuaria. Había varios polis y forenses trabajando bajo ese frío asesino, esperando al juez para levantar el cadáver y terminarse los turrones en casa. Cuando me acerqué, Tania descorrió un poco la sábana que cubría al difunto, y lo primero que vi me chocó de tal manera que me pregunté si no serían los efectos del tequila en mi castigado cerebro:

Nuestro cliente, si mis ojos no me habían traicionado, era un negrito vestido con un traje muy brillante, y cubierto por una capa de color malva.
—¿Este tipo va vestido de Rey Mago o me han echado LSD en el tequila? –le pregunté.
—No te han echado nada.
—¿Se ha escapado de una fiesta de mariposones?
—No va vestido: es Baltasar.
—¿Me tomas el pelo?
—Para nada. Hemos hecho todas las comprobaciones pertinentes: se trata de Baltasar, el Rey Mago de Oriente, también conocido como Baltazar o Magalath. No hay ninguna duda. Lleva un montón de monedas de oro en los bolsillos, así que queda descartado el robo como móvil.
—¿Causa de la muerte?
—Cáncer de próstata.
—¿Qué?
—¿A ti qué te parece, Colombo…? Tres balazos en el pecho y uno en plena frente, probablemente realizados a corta distancia con un 38: una ejecución en toda regla.
—¿Quién sería tan capullo como para cargarse a un Rey Mago en Navidad? –me dije en voz alta.
Ella se encogió de hombros.
—Tenemos a sus dos compinches en comisaría –dijo.
Sacó del bolsillo de sus ceñidos jeans una pequeña libreta y leyó.
—Se llaman Melchor y Gaspar. Habrá que interrogarlos.
—¡Mierda de Navidad! –mascullé.
—¿También odias la Navidad?
Había dicho “también” porque después de tres años y medio trabajando a mi lado me conocía y sabía que odio a los cantantes de ópera, a los entomólogos, los autoestopistas, los haikús, los funcionarios de correos, las baladas italianas, las mañanas de lluvia, las mañanas de sol, las mañanas en general, los comunistas, las pajas en la ducha, los chinos y los rusos, los karaokes, el bingo, las bebidas de color verde y algunas cosas más.
—Sí, también –respondí–. Vamos a ver que nos cuentan esos dos fulanos.

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