Air Mail :: Cartas masocas

PostalANIM2San Sebastián, 16 de junio de 2014

Camarada Sergei:

¿Por qué escribes? Sé por qué escribo yo, pero me suelen parecer extrañas las respuestas que dan los demás. Una cosa es escribir porque es la herramienta de tu oficio, pero, ¿para qué escribir cuando el objetivo no es llevarse el pan a la boca?

Me han preguntado bastantes veces por qué lo hago y no creo haber dado nunca la respuesta verdadera. Que si me divierto, que si aprendo, que si experimento, que si es lo único que me sale bien aparte del cerdo a la indonesia, que si es barato, que si mientras escribo no me dedico a hacer el mal, que si no sé hacer otra cosa… Todas estas respuestas tienen algo de verdad, pero tienen bastante más de mentira. Yo escribo para pensar.

Ojo, no escribo sobre lo que pienso, porque normalmente no pienso, funciono con piloto automático: escribo para pensar. Quizá fuera más productivo reemplazar la escritura por la conversación con personas inteligentes, pero por esas raras vicisitudes de la existencia no suelo tener cerca a quienes me encienden las neuronas como un árbol de navidad. Además, la conversación es material fungible mientras que lo escrito es perdurable y, por tanto, repensable.

Hay gente que se percibe como un todo más o menos coherente, pero yo sólo me veo como una sucesión de mí mísmos bastante desconocidos y desconcertantes. Por eso necesito tanto de la escritura, para saber quién soy y para saber quién he sido. Incluso me viene bien para saber quién voy a ser cuando aprenda a repetir lo que he escrito que creo que debo pensar.

Un amigo, que entre otras desgracias padece el castigo de acordarse sólo de lo irrelevante, tiene la fea costumbre de recordarme que hace trece años dije eso o aquello, como si yo supiese quién fui hace trece años o hace siete horas. O como si me importara. A mí sólo me importa lo que he escrito porque ahí sí que hay pruebas de que pensé un rato y por tanto fui durante ese tiempo algo más que un primate o un mero semoviente. Lo malo es que luego me leo y no me caigo mal. Que me parece, o sea, que cuando intento dar alguna coherencia a este tonto devenir de lo cotidiano resulto más interesante que como simple ser vivo. Es algo que me jode bastante, porque siempre he querido que me quieran por mi cuerpo y no por mi encanto.

En fin, que al final va a acabar resultando que “necesito escribir”, que es justo la respuesta que más me repugna de todas las que he venido leyendo en mi vida y que si lo llego a saber no empiezo esta carta porque quedaba mucho más elegante y artístico decir que escribo sólo para divertirme, lo que al fin y al cabo es una grandísima verdad.

¿Y tú, por qué escribes?

No se cansa de saludarle
Perroantonio

PS. ¿A ver si todo esto no va a ser sino una versión revenida del famoso “conócete a ti mismo” de los griegos: escríbete a ti mismo?

* * *

Berlín, 19 de junio de 2014

Camarada Perroantonio:

Me preguntas a bocajarro y a bocajarro te respondo. Escribo para entender el mundo. Antes de explicarte nada, debo matizar: no siempre. Escribo muchas veces por inercia (son muchos años dándole a la tecla), para pasar el rato o por obligación, pero en general se debe a la necesidad que tengo de explicarme lo que pasa a mi alrededor.

Mis primeros escritos, unos cuentos cuyos protagonistas eran niños que terminaban en una isla desierta, los pergeñé por imitación. Más adelante abusé de la alegoría y escribí relatos que narraban, con modificaciones muy evidentes, sucesos que me habían ocurrido y que me angustiaban. Necesitaba expresarlos de alguna forma y yo sólo sabía tirar de bolígrafo. Algo más tarde escribí para romper mi soledad y mi aislamiento. La escritura fue la sustituta de la conversación que me estaba vetada por la lejanía.

Creo que siempre he escrito para compartir, ya fueran mis ensoñaciones, mis miedos, mis dudas o las tonterías que se me ocurren. Pero más allá de esa necesidad de comunicación impera la necesidad de ordenar lo que sucede a mi alrededor. Hay lecturas o situaciones concretas que me fascinan, ya porque sean miríficas o ya porque sean mefíticas, pero una vez que forman parte de mi experiencia debo analizarlas, descomponerlas y reconstruirlas para encontrarles su sentido final. Huelga decirlo: no siempre lo logro. Muchas veces el resultado es equivocado, y el error refulge inocultable. Queda en evidencia por la sintaxis retorcida y la composición ortopédica, como si cada palabra fuera la pieza de un puzzle colocada en el lugar erróneo y encajada por la fuerza con las demás.

Te agradezco esta misiva tuya. Estaba convencido de que la herramienta fundamental del escritor era la experiencia, pero añado ahora otra más: pensar. Creo que no escribo para pensar, pero sí necesito pensar para escribir. Como ahora mismo, sin ir más lejos, y no sé si perdonártelo. Espero no haber terminado como Cagancho en Almagro.

Siempre tuyo,

Sergei

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