Genocidio animal

Por Perroantonio

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Desde su erección en 2027, el edificio de la Audiencia Nacional apenas ha sufrido cambios en su estructura. El diseño de Santiago Calatrava, una torre ondulogiratoria de acero blanco y titanio reverberante que en el blando frotamiento de sus diecisiete plantas (una por cada Estado Federal Asimétrico Interindependiente Succionado) pretendía reproducir la música de las esferas pitagóricas adaptadas a los respectivos hechos diferenciales, fue un gran éxito visual, social e inclusive arquitectónico. Las discusiones sobre la falta de respeto a las melodías e instrumentación autóctonas fueron pronto acalladas por la súbita inmovilidad de la estructura, que se produjo el 14 de febrero de 2028 a las 23:47, apenas tres meses después de su inauguración, tras la inexplicable fusión en una sola pieza de los engranajes de todas las plantas, producida al parecer por la energía disipada por un rayo de 47.547,63 amperios que los científicos atribuyeron al cambio climático (a peor), a un cúmulonimbo del tamaño del Kanchenjunga y al robo (o no instalación) de los cables del pararrayos. Desde entonces hasta el día de hoy, 23 de junio de 2335, año del Conejo, las reformas se han limitado a la renovación periódica de los revestimientos exteriores (apenas una cada 25 años) y a la ocasional sustitución en las salas de los retratos del Borbón reinante.

La sala segunda de la planta número 13, conocida popularmente como La murciana (la planta, no la sala), está llena a rebosar. La jueza no deja de pedir silencio a los presentes. Se desarrolla un juicio oral presencial real (JOPR), método reservado a los asuntos de capital importancia. Los asuntos menos importantes se tratan en juicios orales presenciales holográficos o plasmáticos (JOPHOP), en juicios orales en efigie (JOEE) y en juicios silenciosos o por escrito (JSOPE). El fiscal lleva ya un rato explayándose bajo la mirada dulcísima del retrato de Leonor Leticia IV.

—… por eso debemos ser firmes y tajantes en la aplicación de la ley. Cuando, adelantándose a todas las naciones, nuestras Cortes aprobaron la Ley de Derechos Humanos de Animales, Hongos, Plantas y Protistas se produjo un avance tan espectacular en nuestras relaciones sociales que no debemos dar ni un paso atrás. Es cierto que se pecó de timidez al dejar fuera a los organismos vivos sin núcleo, lo que no implica que debamos dejar sin protección a bacterias y arqueas…
—Por favor, cíñase al asunto…
—Perdone, señora jueza, es que me entusiasmo.
—Lo entendemos, pero el tema es muy concreto.
El fiscal mueve la cabeza asintiendo y retoma el asunto.
—Bien, aunque aún no se ha producido ningún avance significativo en la comunicación con hongos, plantas y protistas (si bien es verdad que hay importantes estudios en marcha sobre el movimiento simbólico de los girasoles o las variaciones significantes de densidad de los mohos mucosos)…
—Al tema, al tema… no se lo quiero volver a repetir. Estamos aquí por un caso concreto y una acusación concreta, no puede usted extender el caso a todo el reino animal…
—República, Señoría. República animal.
—¡No me contradiga! ¡No me contradiga o suspendo el juicio hasta que usted aprenda a centrarse en los asuntos! ¡Siga de una vez y cíñase a la acusación!
El fiscal vuelve a asentir, se mesa los cabellos.
—De acuerdo. Presentamos contra el acusado el cargo de genocidio interbiológico con reincidencia, premeditación y regocijo, con los agravantes de transporte cruel, asesinato manual, comercio interfederal y canibalismo.
Un estruendo llena la sala y a los ohs de los humanos presentes se suman ladridos, balidos, cacareos, maullidos, rebuznos, graznidos, grajidos, chillidos y un crotoreo. Aunque una pareja de humanos portan sendos tiestos con un geranio y un poto, las plantas aparentan permanecer impávidas. El escándalo es mayúsculo, como se percibe en la reverberación de los pigmentos neuroluminosos de los cascos de traducción por neuroconcentración sináptica (y también en el movimiento pendulón de sus antenas blandas) que permiten la comunicación entre humanos y animales. La jueza, una mujer de 55 años y 125 kilos, golpea repetidamente con la maza.
—¡Silencio, silencio, silencio! ¡¡¡SILENCIO!!! Un sólo maullido más, un aleteo, un simple trino, y despejo la sala y les mando a todos al zoológico… digo al calabozo.
Cesan los murmullos, aunque por los cambios de las manchas de color de los cascos, las neuronas siguen indignadas.
—¿Genocidio, señor fiscal?
—Así es, señoría. Tenemos pruebas de que el acusado ha asesinado a familias enteras de aves de corral, incluidas gallinas, pavos, palomas y patos…
—¿No preferiría dejarlo en avicidio? —apunta el abogado de la defensa.
—No he acabado, señoría. Conejos, peces de río, cangrejos…
—Toda vida es sagrada, señoría, pero… —insiste el abogado.
—¡Cerdos! ¡Vacas! ¡Corderos!… Señoría, estamos ante un auténtico genocida en serie. Un depredador sin escrúpulos que se come luego a sus víctimas en auténticas orgías carnales. Señoría, desde que las carnes sintéticas y los sucedáneos de algas acabaron con el hambre no habíamos encontrado un caso igual.
—Señor fiscal, no se exalte. Le recuerdo que somos el único país que tenemos esta legislación…
—Por eso debemos ser ejemplares, señoría. No podemos flaquear. ¿Quiere que llame a declarar a la gallina que ha perdido a su pollo, a la vaca que perdió a su ternero, a la cerda que perdió su lechón…?
—No siga, fiscal.
— ¿…a la oveja a la que le arrebataron su cordero? Sus testimonios nos pondrían las antenas de punta. Y saber que acabaron en el estómago de este… de este…
—Señor fiscal…
—…
El fiscal se apoya exhausto en la mesa y empieza a sollozar de compasión al tiempo que una gallina encocorotada se abalanza para picotear al acusado.
—Co cocorococó cococó corococó…
—Cálmese y modere su lenguaje, señora. Alguacil, acompañe a la señora fuera de la sala.
La juez mira sin entusiasmo hacia el abogado defensor y al acusado. Lleva más de diez años pidiendo un cambio de destino y añora volver a tratar casos de homicidio, violación, secuestro… hasta se conformaría con algún juicio por corrupción.
—¿Y el acusado? ¿Cómo se declara el acusado?
—Guau guau guau, grrrrrr.

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