Nunca dejes que te maten II

Por Gómez

chinitas

Tres putas chinas

(Resumen de lo publicado: Nochebuena. El inspector Gómez está tomando unos venenos en Los siete Enanitos Masocas cuando recibe una llamada de su compañera en Homicidios: Baltasar, el Rey Mago, ha sido tiroteado en una callejuela de los muelles.)

El tal Gaspar resultó ser, para mi sorpresa, un oriental de barba oscura y ojos rasgados, como comprobé nada más entrar en la sala de interrogatorios tras haberme metido un tirito de ala de mosca en el baño para mantener mi alegría navideña en un punto respetable. De niño había leído en Ben-Hur que se trataba de un griego, Gaspar, pero saltaba a la vista que no era así. Me senté. Era la primera ocasión en que tenía que sacarle información a un personaje bíblico, y supongo que esto me descentraba lo suyo. Encendí un cigarrillo y utilicé una lata de refresco como improvisado cenicero. Está prohibido fumar en comisaría, claro; pero a esas horas no revoloteaban jefes por allí, y a estas alturas de mi carrera tampoco me venía de una suspensión de empleo y sueldo más o menos… Bien mirado, me dije, a quién le importaba que los Reyes Magos fueran tres, dos, o catorce. Pero me pagan por mantener la ley y encarcelar asesinos, y esto último era lo que iba a hacer con quien le hubiera dado pasaporte a Baltasar. A mi derecha, Tania miraba fijamente al detenido, también en silencio. ¡Qué buena estaba la mala puta…! Me la habría cepillado ahí mismo si no fuera por el Rey Mago borracho que tenía delante, por las cámaras de vigilancia, por los policías de retén, por el código penal y porque la chica llevaba la pistola en alguna parte y me constaba que tenía buena puntería y no poca mala hostia. Al cabo decidí empezar de una vez con mi magia: sacarme de la chistera toda esa legendaria sutileza que me habría hecho obtener el premio de interrogador del mes en el caso de que se concediera uno:
–¿Usas champú de albaricoque por casualidad? –le pregunté al chino.
Noté dibujarse una expresión de desconfianza en su rostro. Mi primera pregunta lo había despistado, sin ninguna duda.
–¿Es impoltante eso?
–Para el caso no, claro; pero la verdad es que tienes el cabello muy sedoso y brillante, y quería conocer tu secreto.
Estoy perdiendo pelo… Aunque una mirada asesina de Tania bastó, por así decirlo, para sanarme y empujarme a empezar de verdad con el interrogatorio propiamente dicho.
–¿Sabes si Baltasar tenía algún enemigo?
Al responder, el chino dejó al descubierto una dentadura con más piezas que el ganador del Grand National de este año.
–Palece que por lo menos uno sí, ¿no?
Vaya, un Rey Mago graciosete, lo único que me faltaba para tener un día redondo. No hay nada que me levante tanto el espíritu como un sospechoso de asesinato con ganas de cachondeo justo después de sacarme de mi bar favorito en plena Nochebuena.
–Aquí los chistes, imitaciones y monólogos chispeantes sólo los hago yo, figura –le dije al chino–. Mejor que cantes de plano y nos ahorres trabajo. Te sentirás mejor después de confesar. Algunos hasta lloran y entonan aleluyas de alegría, camino de la trena, al quitarse el peso de sus culpas del corazón.
–Yo no saber nada. Yo follando como loco cuando Baltasal molil.
–¿Follando? Pero si tienes más de dos mil años.
–Salón de estética chino Miemblo de Jade, en calle Palís. Tres putas, tres selvicios completos “La Familia Feliz”. Ciento cincuenta pavos por las tles y de legalo un calendalio chino con unos pajalitos muy chulos dibujados.
–¿Tres? ¿Y te las calzaste a todas?
Por toda respuesta me dedicó una reposición a cámara lenta de esa sonrisa aviesa de los cinco mil dientes.
Le dije a Tania que mandara una patrulla al salón de estética para corroborar su versión. Con suerte, todavía estaría abierto.
–Más vale que sea verdad lo de las tres putas, Fumanchú –le advertí–, si no quieres verte metido en problemas serios.
Sin embargo, al cabo de no mucho rato se comprobaría que su coartada era tan incontestable como la sentencia de una galleta de la fortuna: las señoritas Li, Mei y Shu estaban dispuestas a jurar por la madre de Buda haber estado con Gaspar haciéndole un completo cada una justo a la hora en la que mataron a su compañero. Resultaba sencillo recordar a un personaje como éste: borrachera, capa, barba, corona, sonrisa de hijoputa, etcétera… El cabrón había de trabajar como un mago para poder con todas. Debió de ver las estrellas, o por lo menos, una muy grande.
Así que, después de preguntarle —cuidando de que Tania no me escuchara— los precios del burdel chino por si alguna vez se desvanecía mi legendario carisma y había de recurrir a mercenarias del sexo, lo dejamos en libertad sin cargos.
–Esto va a ser más jodido de lo que pensaba –mascullé en voz alta, esperando tener más suerte con el segundo sospechoso.

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