A la hermana pequeña… (Serenata de plomo. XV)

Serenata de plomo XV
Por Martin Holmes.

A la hermana pequeña del Gran Johnny Calidad le llamaban el Papagayo y solo tenía un pecho, con lo que pueden hacerse una idea de las peleas que había por sacarla a bailar. Yo lo hice una tarde que me salió samaritana, o puede que acarrease una trompa, y el Gran Johnny me dio tajo. Hacer de chofer del Gran Johnny era un poco mejor que andar mendigando peleas en el Loop. El Gran Johnny Calidad era refractario al trabajo honrado, gordo como una tonelada de mierda y graznaba con voz de pito disertaciones que hasta la fecha no han merecido posteridad. Heredó una fortuna de su padre, el Viejo Cooper, un ladrón sin entrañas que se hizo rico robando huertas en los tiempos en los que Chicago era un erial. El Viejo Cooper estafaba a las viudas y vendía cazuelas de latón. Fue un trilero de cuarta que tuvo su década. La hermana del Gran Johnny se acabó liando con un bailarín del Copacabana medio mulato que hizo de tripas corazón porque le gustaba la descompensación y los dólares del cuñado y yo acabé con una mano delante de la otra preguntándome dónde diablos estaba el chiste. El Gran Johnny pagó el banquete de la boda en el restaurante “Marvellous”, en la doce, donde hay una pileta con langostas vivas y se necesitan tres o cuatro cucharas para sorber un consomé. Hitman el Guapo ocupó mi puesto al volante. Era un arribista que vendía cigarros de la marca Fair Play disfrazado de jefe indio en la puerta de los boliches y vio su oportunidad, Dios sabe que no le juzgo. Era un tío apuesto que había nacido para llevar trajes caros y pueden jurar que hacía las cuentas con llevadas, ya me entienden, pero el Gran Johnny se había vuelto blando y se dejaba robar. Yo siempre fui honrado con el Gran Johnny, maldita sea, se lo digo por si aún creen que se reparten premios en el Paraíso. No se lo piense dos veces si se le pone a mano el cepillo de la iglesia, don Virtuoso, verá lo que tarda en aparecer un vivo. El Gran Johnny me recibió en su despacho de la Cámara de Comercio, que era solo un poco más pequeño que el estadio de los Cubs. En un sofá de tres plazas estaba Love Applewhite, la de los ojos violetas, pintándose las uñas de los pies.
–Hola Love –dije. Obvié al gordo, que se fuese al diablo.
–Siempre es un gusto verte, Ace –me contestó–. Te recordaba con mejor aspecto.
–He tenido una tarde complicada, pero aún tengo mi público.
–Eso puedes jurarlo, cariño.
–Estoy aquí, mierda de mono –dijo el Gran Johnny.
–Es difícil no verte.
–Mantente en pie, las sillas son de Chippendale y no quiero que las pudras.
–Estoy de lujo así, no me hagas la visita.
–Está de lujo –dijo Hitman el Guapo –, no hay más que verle.
–Te riega algo rojo por el pantalón –me dijo Love–, ¿meas grosellas?
–Solo cuando te veo, amor.
Love Applewhite me guiñó uno de sus ojos violetas.
–Siempre fuiste un hombre dulce.
–¿Os traigo a un violinista? –dijo el Gran Johnny.
–Johnny, deja que hable con los viejos amigos –dijo Love.
–Mantén tu boquita de piñón cerrada, rubia.
Le tiré un beso a Love y me dolió. Tenía los labios partidos y no me acordaba si me los habían roto los barítonos de los Doce Picheles, los limones o el Jefe Nimbus. Tenía repleto el carnet de baile.
–Das asco, montón de estiércol –me dijo el Gran Johnny–, pero sorprendentemente sigues vivo.
–Si se considera vivir a llevar a cabo un par de movimientos elementales– dijo Hitman el Guapo.
–El Susto y la mitad de los limones de Chicago no pueden decir lo mismo –dije.
–¿Has sido malo, Ace? –preguntó Love.
–Es un muerto de hambre con suerte –dijo Hitman.
–Es un estorbo –dijo el Gran Johnny.
–Soy un estorbo –le dije a Love.
–Cristo, Ace, no me compliques la vida –dijo el Gran Johnny–. Pégale fuego a ese maldito camión de whisky y que las cosas sigan como están.
–No tengo un maldito camión de whisky. Soy un detective de segunda.
–De tercera –dijo Hitman.
–No eres solo una cara bonita, vendedor de puros, también sabes contar –dije.
–No te la juegues, vivo –dijo.
–Cuando quieras te tumbo –le dije.
–Duro con él, Ace –dijo Love.
–Cierra la boca, Love –dijo el Gran Johnny –. Ace, no quiero olisquear ese whisky en Chicago. Lo que quiere decir que no lo quieren ni Torrio ni O´Bannion. Disuelve tu Banda de la Zarigüeya, ya no queda sitio para más gente en el barrio.
–¿Tienes una banda? –preguntó Love.
–Ni siquiera tengo un amigo en esta cochina ciudad. La Banda de la Zarigüeya es un chiste de borrachos. Los estatutos están escritos sobre el muslo de una furcia.
–¿Quién diablos es Hemingway? –preguntó el Gran Johnny–. Su nombre lo dice hasta el eco de los callejones.
–Hemingway no es nadie. No es un potentado del licor. Desde que le conozco me ha pegado un sablazo para irse con una golfa a la que ni siquiera consoló, ha hecho que maten a cien chinos y a la velocidad con la que traga no le quedará ni un dedal de whisky la semana que viene.
–Torrio me llamó y O´Bannion también. O´Bannion cree que Hemingway trabaja para los macarrones y Torrio cree que lo hace para los patateros y yo no pienso dejar que todo esto desate una guerra de embotelladores.
–El Gran Johnny va a presentarse a la alcaldía –dijo Love.
–Necesito una ciudad sin fiambres por las esquinas.
–Hemingway es capaz de pautar una cagada y mea por las ventanas. Diablos, Gran Johnny, ni el payaso Weary Willie se lo tomaría en serio.
–No subestimes a Weary Willie.
–Los estatutos de una banda escritos sobre el muslo de una ramera, eres un amor, Ace –dijo Love.
–La pequeña Molly y sus piernas notariales. Es una polaca de Irlanda con un buen mostrador. Es virgo.
–Siempre sabes con quién te juntas, pero esto es un disparate –dijo Love.
–¿Le has preguntado algo a Love, Hitman? –dijo el Gran Johnny.
–No, jefe –dijo Hitman.
–Concéntrate en pintarte las uñas, Love –dijo el Gran Johnny.
–Eres una sanguijuela, Hitman –dijo Love–. Aplaude las gracias al patrón y recoge la propina. Te echo de menos, Ace.
Le guiñé un ojo a Hitman, pobre diablo. Me dolió porque lo tenía a media asta y no era capaz de recordar si me lo cerraron los barítonos de los Doce Picheles, los limones o el Jefe Nimbus. Maldita sea, uno debe recordar quién le atiza para ir llevando el marcador.
–Esto va por los viejos tiempos, Ace –dijo el gran Johnny–: date un baño, deja de mear raro, ponte un traje limpio, si lo tienes, y haz desaparecer el whisky aunque te lo tengas que beber y puede que consiga que no te maten.
–¿Un baño? No es sábado.
–Tienes dos días para acabar con esto, Ace. No te conseguiré ni un minuto más. Hitman, dale cincuenta machacantes para que se quite la lepra y que parezca un ser humano.
–Haz una comida caliente, basura –dijo Hitman.
–No tengo que decirte que no me importa la mitad de una boñiga si te tienes que cargar a Hemingway, a la puta notarial y a la zarigüeya. En dos días ese caldo tiene que ser historia, como la maldita Biblia.
Me suele inquietar que me pidan que mate a alguien, pero solo un poco. Me han pedido cosas peores. Limosna, por ejemplo. Decidí trincar los machacantes y hacer un almuerzo caliente. Me apetecía zurrarle a Hitman y sentarme en una silla Chippendale para llenarla de carcoma. Tenía que buscar a Hemingway y tenía que conseguir un plomo en condiciones de disparar en una línea razonablemente recta y tenía que actuar con presteza. Eso eran tres cosas más de las que yo puedo hacer a la vez. A veces ni siquiera logro rematar una. Soy disperso como una brizna de algodón en un día ventoso. Nos pasa a los hombres que carecemos de ambición.
–Hitman –dijo el Gran Johnny –, mira al viejo penco de Ace Bullett. Tiene una hemorragia interna y le han dado media docena de zurras en dos tardes pero aún medio muerto y meando sangre sigue haciéndose el chuleta. Santo Jesucristo, a veces le echo de menos.
–Eres un tío –dijo Love.
Hitman crujió los dientes como una bisagra y se trituró una muela. Creo que se despeinó. Una mierda de guapo. Un tío lindo como una vidriera y blando como el salivazo de un moribundo. Cómo me hubiese gustado pegarle una buena tunda delante del patrón. Incluso en mis condiciones podía tumbarle a trompadas.
–Vamos, tío grande –dijo Hitman.
Eché una meada roja sobre la alfombra. Escoció como un clavo al rojo saliendo de la manguera. Consuelos elementales. Que lo limpie Hitman con su corbata de seda de trescientos pavos, pensé.
–Se le soltó la marrana al verraco –dijo Hitman–. Yo no le veo tan duro.
–Dos días, pendejo –dijo el Gran Johnny–. Por Dios, mira cómo me has puesto esto.
–¿Y para qué tenemos al lindo Hitman? –dije.
–Salid de aquí, mofetas, antes de que tenga que llamar al camión de la basura.
Love Applewhite estiró el dedito gordo del pie derecho y le dio aire con la mano para secarse la laca roja recién pintada. Luego me dedicó el gesto de soplarse el flequillo para enseñarme sus ojos violetas y un caprichito que le salía en el entrecejo cuando se quedaba perpleja. Diablos, yo paseé a aquel bombón en el Studebaker.

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