Hitman el Guapo (Serenata de plomo. XVI)

opio
Por Martin Holmes.

Hitman el Guapo guió el Studebaker sin decir ni pío. Le empecé tertulia, por pasar el rato, pero no abrió el hocico y me pegué una siesta en el asiento de atrás. He estado en funerales de cuarta con más ambiente. Paramos en la calle Reunión. Me rasqué las pulgas. Hitman el Guapo me abrió la puerta como si fuese una corista.
–Tú sí que sabes tratar a las chicas –le dije.
–Has roncado como una sierra partiendo un tocón.
–Lo siento, me pasa cuando duermo tripa arriba.
Hitman sacó cincuenta machacantes y me los metió en el bolsillo de lo que quedaba de mi chaqueta. Cincuenta pavos visten más que una corbata de lazo. Dan prestancia a los trajes. Como el apresto de mamá.
–¿Tienes una cacharra? –le pregunté.
–Claro que tengo una cacharra –dijo. Se abrió el faldón del abrigo y enseñó una Remington 51 de siete tiros con cachas de nácar–. Calibre 38, las hacen también del 32.
–¿Y sabes cómo funciona? El agujero negro es la parte que lleva peligro.
–Lo tendré en cuenta.
–Me vendría bien una cacharra aunque no tenga cachas de nácar.
–Un machote como tú no necesita pistola. Si te muerde un perro mátalo de una meada roja.
–Llevémonos bien, Hitman, hemos remado en la misma galera. Seguro que puedes conseguirme un plomo.
–Tu número de tío duro me ha puesto en una situación comprometida, Bullet. Guárdate las exhibiciones para las golfas.
–No quiero tu tajo de chofer, puedes dormir de un tirón. Solo echo de menos pasear a Love en el Studebaker. La llevaba de merienda y nos lo pasábamos en grande.
Hitman sacó una botella de la guantera y me la pasó. Eché un trago y estornudé. No me convenía estornudar. Tenía las tripas sueltas.
–Menudo pis –dije–, no es bueno ni para dar friegas a una mula.
–Tómatelo con calma, te estás poniendo finolis desde que abrevas el whisky de los senadores.
Hice gárgaras con la ponzoña. El bebedizo me limpió de sangre las encías. Se mezcló todo en la boca y me lo tragué. No se ha inventado nada mejor para levantar una mañana.
–Come algo sólido antes de que la diñes de inanición –me aconsejó Hitman–. Luego ve al almacén de incienso Si-Fan, es un tugurio de amarillos que me tienen cuenta.
–No gasto incienso.
–Es un fumadero. Les haré una llamada. Cabalga sobre el dragón. Te sentirás mejor. Paga la casa.
–Ya veremos. No me gusta arrimarme a los chinos, últimamente se mueren a millones.
–Es lo que te puedo ofrecer por ser compañeros de galera.
Me metí en el Jams and Bread y ordené un almuerzo ligero para no hacer trabajar al estómago. Me comí seis huevos, tres lonjas de tocino del grosor del Deuteronomio, papas fritas, un bistec de carne roja y un adoquín de pan de centeno untado con sebo de vaca. Bebí un balde de café flojo como el agua de un charco y me fumé un par de pitillos.
–Puedo recomendarte una huerta para cuando quieras cagar todo eso –me dijo la camarera.
–¿Cómo te llamas?
–Me llaman Philly, marinero.
–Pues haz algo por mí y consígueme algo de soplar, Me Llaman Philly.
–No nos conocemos tan a fondo, marinero.
Me Llaman Philly era una tía de las que ya no se veían. Buen mostrador para atender con comodidad y un trasero con el que se podía sentar en dos sillas a la vez. Tenía los tobillos hinchados. Daba gusto echar una mirada a Me Llaman Philly y su pinta de campestre y no a esas chicas flacas como un perchero que se pusieron de moda con el charlestón.
–¿Sabes dónde queda lo del Si-Fan?
–No se te ha perdido nada allí, marinero, hazme caso.
–Solo quiero darme un baño y cabalgar un rato al dragón. He tenido un día difícil.
–Es cosa tuya, marinero. Queda al doblar la esquina, cuando huelas a paganismo.
–Es una pena lo de los tobillos, Me Llaman Philly. Eres una mujer de bandera.
–Eres un adulador, marinero.
Me sentí razonablemente bien después del almuerzo, teniendo en cuenta que me faltaban tres o cuatro dientes y tenía una hemorragia interna. No me vuelve loco el opio, pero si Hitman convidaba no era cosa de despreciarlo. Necesitaba un par de horas para pensar y luego buscaría al pendejo de Hemingway y le haría tragar su whisky canadiense antes de que empeorasen las cosas. Le dejé una buena propina a Me Llaman Philly y doblé la esquina intentando oler a paganismo. El almacén de incienso Si-Fan era un establo levantado en un solar con una pancarta en la que había escrito algo en chino. En la puerta había un limón coolie con una coleta en forma de lombriz. Los chinos coolies hablan poco y sonríen a todas horas como un sacristán pasando el cepillo. Los chinos cipangones son más arteros pero igual de amarillos, solo que son más gritones y dados a tatuarse frescos en las nalgas. No soy una autoridad en chinos, en cualquier caso. Sé de perros que les tienen alergia. El coolie me sonrió desde el suelo, donde estaba sentado como un gañán. Le pegué una patada que le puso tieso como el cacharro del capellán.
–Ponte firme cuando veas a un cristiano, pomelo astroso.
Me hizo una reverencia que no me la supe tomar y le aticé otra patada. El puerco no dejó de sonreír. Tienen aguante, los piojosos.
–Para complacerle, señor –me dijo.
–Vengo de parte de Hitman, un tío guapo si te gustan los guapos.
–Usted Bullet Buen Amigo De Mister Hitman. Para complacerle, señor.
–Eso es, cagada de perro, Hitman y yo somos prácticamente hermanos.
–Señor Hitman avisó. Para complacerle, señor Bullet. El Profesor quiere conocerle.
–Al diablo con el Profesor, quien quiera que sea, prepárame un baño y una cabalgada con el dragón.
–Para complacerle, señor.
–Compláceme, flor de loto, antes de que te reviente a patadas.
–Usted bienvenido, hermano de señor Hitman.
Entré en el tugurio. No olía a paganismo. Hedía a arroz hervido y a perro flaco. Sobre unas tinajas de aceite flotaban unas velas que eran la única iluminación de aquella letrina. En media docena de jergones descansaban otros tantos blancos consumidos por la adormidera. Eran hombres sin voluntad, pobres diablos. Los malditos limones estaban acabando con occidente. Purria amarilla. Eran peores que los negros. Pegaría un par de chupadas a una pipa, hablaría con mi difunto abuelo y saldría hecho un pincel para buscar a Hemingway y matarlo. Esa es mi rutina, peregrinos: decir frases chulas, recibir palizas de muerte y cargarme mendas. No crean, hay trabajos peores.

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© 2018 ÇHØPSUËY FANZINË ØN THË RØCKS. Tema de Anders Norén.

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