Dos chinitas gemelas (Serenata de plomo. XVII)

voyeuls
Por Martin Holmes.

Dos chinitas gemelas me condujeron, zalameras, a una pileta de agua tibia sobre la que flotaban nenúfares, me dejaron en cueros y me zambulleron como a Cristo en el Jordán. Después me repasaron las costras con un cepillo de púas para pencos. Las postillas de sangre seca y negra flotaron como sargazos al lado de los nenúfares y acabé bañándome en mitad de un archipiélago de flores, pústulas y mugre. Me recordó a Missouri. El agua me arruga y la llevo precaución. Solo trae desdicha, fíjense en el Diluvio. Conocí a un tipo que solo bebía agua y le acabó criando una nutria en el estómago que poco a poco se le comió las entrañas. Se llamaba Frankie Moldavo y era retratista de plumilla. Un tío raro como un bisiesto, si quieren mi opinión. La nutria le sobrevivió y un feriante de San Luis la compró por veinticinco dólares, la hizo disecar por un taxidermista y la exhibió en una sala de curiosidades. No exagero un ápice, se lo juro por mi madre santa. La vida es más rara que la puñeta. Salí del tonel limpio como la conciencia del obispo de Roma y el chino coolie se me arrimó con un ramo de ortigas en la mano.
–¿Qué diablos es eso? –le pregunté–. ¿Borraja para los chanchos?
–Le activará la circulación, señor Hermano de Hitman.
–Tócame con eso y convertiré tu cráneo en una maraca, engendro.
El chino coolie me aplastó el ramo en el pecho intentando darme una friega y le dejé frito de un puñetazo. Las gemelas se mondaron de la risa y las pegué un repaso a los asientos. Un limón alto apareció desde la oscuridad. Ni siquiera oí el rumor de la seda de su faldón. Me puse en guardia. No peleo bien en cueros. El chino alto tenía un par de bigotes como el rabo negro de una rata y la pareja de ojos más raros que he visto en mi vida.
–Bienvenido a Si-Fan, señor Bullet –dijo.
–¿Dónde está el opio? –le pregunté.
–A su debido tiempo, señor. No quiera asir el futuro, en el ahora está la certeza.
–Como quiera, Confucio, no pienso soltarle ni un chavo.
–Pero soy un pésimo anfitrión, permítame que me presente, me llaman el Doctor.
–Se lo permito, me ha cogido en un buen día. Ahora diga a alguno de sus canarios que me devuelva los pantalones.
Dos limones vestidos de luto aparecieron de la nada y uno de ellos me trajo la ropa. Para mí que también eran gemelos. Llevaban una cinta roja en la frente y escarpines blancos. Eran tan expresivos como una espalda. Reparé en las manos del chino alto. Eran huesudas como las de la muerte. No se había cortado las uñas desde que se inventó la rueda.
–Su novia tiene que estar hecha trizas, Confucio –le dije.
–La mujer es amarga –contestó.
–Depende de lo que coma, si quiere mi opinión.
–Mis sirvientes le prepararán el opio, pero recuerde que si cabalga sobre el dragón, no desmontará cuando quiera.
–Deje eso de mi cuenta, Doctor. ¿Cura sarampiones?
–Me temo que soy un humilde doctor en química.
–Una lástima, tengo el bazo roto.
Los pomelos de luto hirvieron el opio en la cazuela de una pipa de boca larga. Me tumbé en un jergón duro como una piedra y el chino alto me hizo la visita.
–El humo se enfriará conforme avance por la caña.
–Solo quiero soñar con los buenos tiempos, si alguna vez los hubo.
–Soñará, en todo caso.
–No gaste el día en pegarme la hebra y vaya a despertar a esos desgraciados de las literas. Dándonos sus ponzoñas de sándalo ustedes los limones acabarán con nuestra civilización, que no es que valga un gramo de mierda, pero vamos tirando con ella. Ustedes son peores que la varicela. Conseguirán terminar lo que no llevaron a cabo los prusianos.
–Por el momento los Wong se llevaron la peor parte, sin embargo.
–Los pobres Wong, grandes cagadores. Eso les mató. Debieron desocupar el tigre de Hemingway, que se pone insoportable cuando aprieta el intestino.
–Una causa sumamente prosaica para morir.
–Los Wong murieron guardando el retrete, desgraciados diablos.
–Eligieron el sueño americano y trabajar como chinos. Despreciaron el honrado comercio del opio.
–Pues lleve cuidado, Confucio, no se vaya a encontrar en mitad de una pelea.
–No se preocupe por mí. Tengo cien años, recursos que usted no imagina y un ejército de estranguladores Tong repartidos desde Limmerick a Frisco.
–¿Como estos mendas de luto? Menuda patulea de enanos. Me puedo merendar a tres o cuatro una mañana que me despierte con resaca. Si me coge en una tarde en forma los puedo tumbar en paquetes de a docena.
–No los subestime, blanco ignorante.
–Oriéntese, mandarín, esto es Chicago y no nos impresionan unos cagones en pijama.
Me eché al pulmón la pipa y me fui quedando frito. Desapareció el dolor. La boca se me empastó como si estuviera llena de tierra seca.
–Tiene usted un par de ojos de mierda, Confucio. No se los guiñe a nadie.
–Nací con el globo velado por una membrana nictitante, como las serpientes.
–Lo que yo le decía, raros del carajo.
Si le largué algo más al Doctor no soy capaz de recordarlo y empecé a relajarme como un colchón después de una zurra. No me importó tres cuartos de un céntimo echar el almuerzo del Jams and Bread por el boquete de popa y acabé tumbado sobre los huevos, el tocino y el bistec. Diablos, no duraba diez minutos lustroso. Era libre y desinhibido como un mamón en una campa. Soñé con italianos marcados a cuchilladas y con lepricanos de Irlanda. Pude manejar los sueños al principio pero después se desbocaron como un gato con la cola en llamas. Soñé que recogía whisky de un tonel de oro y lo metía en una cesta, pero cuando me lo iba a llevar se escapaba a través de los mimbres. El tonel iba sobre un carro del que tiraban Hemingway, Molly Malone, el joven Adams y Lola la del Lunar. Todos se reían menos yo, que volvía a intentar hacerme con el whisky que se derramaba a través de las costuras del mimbre. Era un sueño sin baldes de latón. No conseguía despertar. Hemingway le pasó las bridas a Molly, se bajó del carro y me dijo:
–Maldita sea, Bullet, era una narración decente. No era Proust, no quiero mentirte, pero con unas tapas blandas y una buena portada se podía vender por diez centavos en las barberías, pero ahora la has echado a perder con una escena onírica.

—ooOoo—

El hermano gemelo de Martin Holmes, pero de Bilbao, Martín Olmos, acaba de publicar 
el libro Escrito en negro (Una tarde con la canalla), que les recomendamos vivamente. 
ÇHØPSUËY Fanzine On The Rocks desea fervientemente que algún editor con luces lleve 
a los quioscos las aventuras de Ace Bullet porque en caso contrario nos veremos 
obligados a publicarlo y convertirlo en superventas, lo que nos obligaría a renunciar 
a nuestra vocación de raros y minoritarios, lo que tampoco es plan.
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© 2018 ÇHØPSUËY FANZINË ØN THË RØCKS. Tema de Anders Norén.

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