2042 (y II)

2042
por Clairette Semisec

(Continuación del pasado viernes)

*** III ***

– ¿Qué mosca te ha picado, negro?

Erwin lo lanzó como una pedrada. “¡El tono es lo importante!” Y lo cierto es que sonó como el grito de un adiestrador de perros, ante el improbable error de su caniche preferido.

El “Camarada Tomás” dudó una fracción de segundo. Trataba aceleradamente de aclarar si lo que acababa de oír podría ir dirigido a algún hipotético ser de color, que hipotéticamente se encontrase en su próximo entorno. Lanzó una rápida mirada alrededor y…

¡Nada, ni una hipótesis ni la otra!

En ese momento, la lenta y pesada maquinaria de su pensamiento empezó a sufrir un exceso de actividad y su recalentamiento lo aproximaba peligrosamente al gripado definitivo.

“¡Pero bueno…! ¡era de todo punto imposible que nadie pudiera confundirle con un negro!” “¡Absurdo, eso es totalmente absurdo!”

Tomás Joaquín Johnson Jr. era hijo, nieto y bisnieto de blancos…¿Blancos, dices…? ¡Blancos de piel blanca, dientes blancos, pelo blanco, ojos blancos…y, sobre todo el alma; un alma muy blanca…que es lo que importa!

“Pero…, espera un poco… ¡Además…!¿Quién diablos acababa de llamarle negro ?”

“¿Cómo era posible que hubiera podido confundirle con un miembro de su propia etnia aquel extravagante ser que tenia ante sí, cuyos dudosos orígenes seguramente se perderían en una oscura y húmeda selva africana de donde sólo la misericordia de algún hombre blanco (negrero o no) lo había rescatado para integrarlo en la civilización -como le había oído comentar a menudo a su abuelo-?”

Como diría su Inspector General : “Eso es ontológicamente absurdo”

Justo en el momento en el que se agolpaban en su mente un tropel de interjecciones e improperios que pugnaban por salir para enterrar en la ignominia a aquel ser confundido y arrogante, la barrera infranqueable de los Protocolos de Actuación del Buen Inspector del Pensamiento Único contuvo la avalancha, y le ofreció los recursos adecuados. A saber: A) respirar profundamente, B) analizar y valorar el estado anímico del sujeto, C) aplicar el Principio Fundamental del Relativismo Universal, en el que se establece que todas las opiniones valen “exactamente lo mismo”, esto es: nada en absoluto.

“¡Bien! Empecemos de nuevo” –pensó, tratando de tranquilizarse.

– ¡Ejem…! Vamos a ver… ¿Tu nombre es…?

Erwin García se dio cuenta de inmediato que su tiro había alcanzado el blanco de lleno. Aquel capullo se hallaba absolutamente desorientado y era él quien decidía ahora el rumbo de los acontecimientos.

– ¿Te refieres a mi nombre de pila?… ¿Querrías conocerme?… ¿Acaso me vas a invitar a algo? -Erwin sonrió con afectación–. Lo pregunto porque no sé si dispondré de tiempo suficiente para atenderte… ¡Mmmm…! Estoy muy ocupado en estos momentos desenmascarando a algunos negros que se creen blancos. ¡Como tú!

*** IV ***

Súbitamente algo empezó a echar humo dentro del cerebro del “Camarada Tomás”. ¡Ningún ajuste de emergencia aparecía ahora en su pantalla! ¡Estaba absolutamente bloqueado! Una duda implacable se había infiltrado entre los archivos de su mente, saltándose todos los cortafuegos…

“¿Quién demonios era aquella criatura? ¿Alguien oficial? ¿Que quería decir, cuando mencionaba a blancos que no sabían que eran negros? ¿Era posible algo así ? ¡Por el amor de dios, nadie le había hablado nunca de esa posibilidad! Pero… ¿Cómo iba a ocurrir algo semejante? Bueno… y de todas formas… aunque fuera posible… Lo que estaba fuera de toda duda es que ¡Ese no era su caso ! ¿Negro él…? ¡Vamos hombre…!”

¡Pobre “Camarada Tomás”! Se sentía fatal. No encontraba su sitio en aquel tapete. No se le ocurría nada… nada… ¡Su mente trabajaba frenéticamente en busca de una senda de huida! “Aunque… tal vez…, si solo se trataba de escapar de la pesadilla que representaba la presencia de aquel extraño ser… Y, oye, previendo que pudiera haber algo…, y aunque no terminara de entenderlo, por si acaso… tal vez…nunca se sabe…”

Optó por seguirle el juego a Erwin, haciéndose el simpático.

-¡Ná!… ¡No te preocupes! Era pura curiosidad… Por cierto… ¿Tú sabrías, por casualidad, de alguna peluquería donde pudieran alisarme el pelo y dejármelo como el de los blancos, sin estos dichosos rizos?

Lo dijo con cara de circunstancias, mientras con los dedos le quitaba una inexistente mota de polvo del hombro de la americana de Erwin.

Este reconoció de inmediato la rendición del “Camarada Tomás”. Ya sólo le quedaba llevar a cabo lo que los militares conocen como “la explotación del éxito”. O sea ¡el lote completo!

– ¡Pero…vamos a ver Kunta Kinte…!¿Has olvidado que tú perteneces a un raza de gente orgullosa? Tu pelo crespo… ¡Tu pelo…! ¡Ni se te ocurra tocarlo, brother! No sólo es “beautiful”, sino que es uno de los rasgos esenciales de tu identidad étnica. ¿Pero… a quién coño quieres imitar? ¿¿A esa raza de fracasados decadentes que son los blancos?? – Erwin García estaba rozando los límites del virtuosismo y lo sabía. Pero faltaba el remate.

Extrajo un fino veguero de una tabaquera de plata y mientras lo encendía fijó su burlona mirada sobre el rostro demudado del “Camarada Tomás”, a través del humo azulado.

-¡Ah! Y otra cosa… No te olvides de que, si bien hay unas normas blancas que disponen quién limpia los zapatos a quién, también los negros debemos contribuir a mantener las cosas en su nuevo lugar, así es que…  –hizo un gesto con la cabeza en dirección a un asiento de cliente vacío– siéntate en ese sillón; haz que ese desgraciado te lustre tus calzos, y recuérdale su deber inexcusable de presentarte sus disculpas. Meticulosa y detalladamente. ¿Estamos…?

Dicho lo cual, Erwin García, aquel negro tan ”singular”, cogió su elegante sombrero de fieltro marrón de ala ancha y cintillo de falsa piel de jaguar y, quitándole otra mota de polvo con un dedo, se lo colocó en su cabeza, con una coqueta inclinación hacia el lado izquierdo. Después, girando lentamente sobre sus pies, se alejó pausada y cadenciosamente.

Mientras caminaba, perdiéndose entre una densa multitud de seres felices e iguales, un pensamiento le daba vueltas en su mente.

“¿Cómo era posible que aquel inspector blanco de un patético ministerio blanco, hubiera leído a un clásico autor negro de la novela negra, como Chester Himes?”

“¡Desrrizarse el pelo…! je, je… ¡ya te digo…! ¡mmmmm…! ¡menudo mamarracho…! Je, je, je…”

FIN

 

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