Nunca dejes que te maten III

Por Gómez.

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Un cabrito se cobra una vieja deuda

(Resumen de lo publicado: Gaspar queda descartado como asesino de su compañero Baltasar al comprobarse que a la hora del crimen estaba follándose a tres putas en un burdel chino. Coincidiendo con un subidón de alegría de la huerta casi pura, el inspector Gómez se dispone a interrogar a Melchor.)

Si Gaspar semejaba un clon de Fumanchú, Melchor, en cambio, recordaba a un jubilado alemán con apartamento en Mallorca: un anciano entrado en carnes, piel clara y una poblada barba muy blanca. Olía de una manera extraña. El tipo despedía un hedor hiriente que impregnó la sala de interrogatorios de punta a punta.

—Bueno, vamos a empezar —anuncié. Y en esta ocasión opté por hacer el papel de poli bueno, mostrarme sútil y arrancarle la información con suavidad. Tengo buena mano para eso.
—Así que usted es el del oro —disparé a bocajarro.
—¿El del oro?
—Sí, ya sabe: oro, incienso y…
Tragó saliva antes de responder, y eso sólo podía significar que había dado en el clavo. Soy un veterano defensor de la ley y estoy entrenado para detectar estas cosas por mucho que haya bebido, fumado o esnifado.
—Ah, sí. Sí… En ese sentido sí podría decirse que yo soy el del oro.
—Por cierto… —mascullé, mientras fingía olfatear el aire teatralmente—. Eso que huelo… ¿Alguna fragancia de París?
Melchor se alteró. Fue, el suyo, un gesto de los ojos casi imperceptible, pero acusó el golpe. Estaba en guardia.
—¿Se refiere a mi colonia? —inquirió por fin.
—Exactamente: me refiero a su colonia. ¿La compra a algún tratante de camellos, quizá? ¿Te regalan con cada frasco otro de una colonia distinta y un vale de la tintorería para quitarte ese olor a mierda seca?
Entonces me dirigí a mi compañera.
—¿Tú sabes lo que es la mirra?
—Lo que le regalaron los Reyes Magos al niño Jesús, ¿no? —respondió ella.
—Sí. Pero, ¿qué es?
—Ni idea. Fui a un cole público.
—No lo sabes. Casi nadie lo sabe.
Volví con Melchor, que, a estas alturas del interrogatorio, sudaba la gota gorda.
—¿Tú sabes lo que es la mirra, abuelo?
—Bueno… No… Sí… Creo…
Me levanté y me aproximé hacia él. Despacio. Hasta casi pegar mi cara contra la suya. Era el momento de incrementar mi sutileza de manera exponencial, de evidenciar esas dotes para la diplomacia que heredé de mis mayores.
—¡Yo te diré lo que es la mirra, baboso! ¡Mirra es ese olor que despides, eso que huele como el nabo del camello de Herodes después de no lavárselo en cinco años!
El viejo se puso a temblar como una hoja. Iba a decir algo, pero no se lo permití.
—La Biblia no dice nada de lo que regaló cada rey al niño Jesús. Se suponía (eso dice la “tradición”) que tú le ofreciste el oro, pero se trata de un dato sin confirmar. Sin embargo, mira por dónde, resulta que era Baltasar el que llevaba el oro encima. ¿Adónde nos conduce eso…? A que tú eres el de la mirra: un ungüento maloliente que nadie sabe ni qué diablos es. Nos conduce al chico de los recados, al segundón, al abuelete aparcacoches… Además, seguro que con todo el rollo contra el racismo y papeles para todos, el negrito era el preferido de los niños… ¡Te corroía la envidia y por eso lo liquidaste! A un Rey Mago debe de resultarle muy sencillo conseguir un arma en el mercado negro.
La farlopa me estaba convirtiendo en una especie de Spiderman a punto de patearle el trasero al Duende Verde.
—Tenías móvil, medios y oportunidad —proseguí—. Suficiente para una condena. Verás qué fiesta te van a montar los compis del talego cuando entres en la galería vestido con tantos colores.
—¡No! —gritó, al borde del colapso
—Tú lo has matado y vas a pagar por ello, Rey Mago hijoputa.
—Yo sé quién es el asesino —aulló. Y al instante añadió—: Santa Claus. El invierno pasado nos amenazó de muerte. Quiere quedarse con todo el mercado infantil. Baltasar se encaró con él y ese farsante del Polo Norte le prometió que se acordaría de su cara.
—¿Sí? ¿Y dónde podemos encontrar a ese Santa?
—Le encanta el póquer. Cuando está en la ciudad suele jugar en un local clandestino que hay en la calle Rosellón: El Serrallo, se llama el sitio. Un auténtico antro.
Conocía ese local. La verdad es que me habían desplumado ahí, al blackjack y a la brisca, en alguna que otra ocasión. Gente peligrosa, dados cargados, garrafón y música mediocre: Puccini, Rossini y Donizetti hasta hartarse. Un lugar siniestro donde los haya.
—Comprobaremos eso —dije, dando por concluido el interrogatorio.

Diez minutos más tarde Tania y un servidor atravesábamos la ciudad en un coche camuflado, camino de ese garito clandestino. Ella conducía. Yo iba ya demasiado puesto para hacerlo.
—Oye —me dijo—, ¿pensabas que Melchor era el asesino?
—En absoluto. Habría retirado las monedas de los bolsillos de su compañero antes de que llegásemos. Además, lo de la mirra era un farol: en su época tenía tanto valor como el oro.
—¿Cómo sabes eso?
—Tuve una novia medio magufa que daba clases de aromaterapia y le gustaba untarse aceite de mirra o de nardo cerca de la magdalena, como las putas de Jerjes. No he vuelto a comerme un cone…
—Entonces… —me interrumpió— ¿Por qué le has hecho pasar ese mal rato al viejo?
—Un mecano.
—¿Qué?
—Esos tres farsantes no me trajeron un mecano cuando tenía seis años. Si hubieran cumplido, ahora sería arquitecto o ingeniero en lugar de madero.
—¿Hablas en serio? ¿Por eso has acorralado a ese pobre anciano que se dedica a hacer felices a los niños, porque no te regalaron un juguete?
—Claro.
Mi respuesta no le gustó ni lo más mínimo. Lo supe porque se saltó un stop.
—¿Sabes? —dijo—. No me extraña que te hayan dejado todas tus mujeres, putones y chifladas incluidas.
Me arrellané en el asiento y pronuncié mi frase más afortunada de la noche.
—Ni a mí.

(Próxima entrega: “Te voy a dar bien por el culo, Santa Claus”)

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