Un optimismo especial

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Convento de San Marcos, León. Un detalle del claustro.

Por Perroantonio.

Señoría, vuelvo a decirle que mi percepción de la especie humana es profundamente optimista. Como otras criaturas oportunistas —ratas, hormigas, gorriones— hemos sido capaces de adaptarnos extraordinariamente al medio y proliferamos en cualquier hábitat. No sé si dominamos o nos dominan las bacterias, pero ese parece un tema menor dado que, de momento, el yogur con bífidus lo fabricamos nosotros. Soy tan optimista que creo que si llegamos finalmente a descubrir una fuente de energía inagotable y segura haremos todo lo posible por extendernos por el infinito (y más allá), con las oportunidades de extinción y diversión que ello deparará a las nuevas generaciones.

Pero mi optimismo de especie —o sea, especial— tiene su cara amarga. Creo que proliferamos porque somos básicamente estúpidos y conflictivos y sólo crecemos y nos multiplicamos en las situaciones de estrés social. Sospecho que venimos haciendo prácticamente lo mismo desde antes de inventarse la rueda y el fuego: pelearnos, fabricar artefactos para pasar el rato y darle patadas a una pelota. Y como, básicamente, no aprendemos nada y no escarmentamos en cabeza ajena hasta alcanzar la edad madura (los 50 años o más), seguimos embistiendo a la realidad y cometiendo los mismos errores que se vienen cometiendo desde el principio de los tiempos. Cada día que amanece, un tipo listísimo descubre la rueda y nos asombra diciendo que tiene soluciones globales para todos nuestros problemas. Y un buen grupo de primates de la misma rama se lo cree, se engorila, pone en danza a toda la manada y brota la mala hostia. Y así, a base de encabronamiento, quemamos una ciudad o arrasamos un imperio.

Fíjese bien en estos datos rigurosamente científicos que me acabo de inventar (¿de qué se asusta?, ¿consume usted sin asombro los programas de entretenimiento llamados informativos y ahora se escandaliza?; venga… no sea hipócrita): a siete de cada diez humanos les molesta que las cosas no funcionen demasiado bien, pero sólo uno de cada diez pretende arreglarlo a tiros o a machetezos. Si el mundo funcionara mediante la versión edulcorada que nos venden los mansos, los tigres serían vegetarianos, a ese uno de cada diez no le querría nadie y su salvajismo se habría disuelto en ese océano de bondad llamado humanidad. Sin embargo, los individuos enérgicos y violentos tienen altísimas posibilidades de éxito. Resultan enormemente atractivos y se reproducen con facilidad. Viendo como funcionan la selección natural y sexual en las zonas altamente conflictivas del mundo, no parece muy aventurado pensar que, como humanidad, procedemos de ese tipo de individuos, de los Caínes que acabaron con los Abeles y ocuparon su lugar. En fin, que es posible que seamos una especie de éxito no tanto por la manada de los mansos sino por la jauría de los inconformistas violentos, que a su vez son capaces de conducir a los mansos, por su bien, hacia sitios adónde no quieren ir.

Y es aquí donde yo, Señoría, tengo un gran problema, pues soy un violento que odia a los violentos y un soberbio que todos los días trabaja por convertirse en aquello que mas odia, un invertebrado Abel. Con gran éxito.

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