2042: Viena (I)

2042 Viena
Por Clairette Semisec.

Viena, 15 / 2 / 2042

I

Las cosas han cambiado mucho, en estos últimos tiempos…

“¡Y más que van a cambiar! Je, je…”

Quien pensaba así era el sargento Glock, Adrian Glock. Veintidós años de servicio en la brigada. Veintidós, de los cincuenta y ocho vividos a un ritmo lento, un poco cansino.

Eso sí, con todas sus necesidades materiales impecablemente satisfechas y una envidiable estabilidad social. Sin más sobresaltos que el provocado por un divorcio —no todo lo pacífico que hubiera sido deseable—, aunque si se tenían en cuenta aspectos como la juventud de la pareja y las profundas transformaciones que la sociedad experimentó en aquel tiempo, la cosa podía considerarse razonablemente aceptable.

Sin embargo, Glock tenía esa edad en la que un hombre, casi sin darse cuenta, empieza a hacer una especie de balance del tiempo transcurrido desde sus planteamientos adolescentes sobre el futuro.

Cuando aquel adolescente —un poco rechoncho, pero ágil; un poco perezoso, pero que sacaba sus exámenes; un poco tímido, pero que aprendió a bailar antes que sus colegas— abrió los ojos a un mundo que abandonaba definitivamente viejos apegos de la historia, como el agotado humanismo y otras gangas del pasado, se sintió inevitablemente comprometido con el presente. Con su presente y, lo que era aún más importante, con un futuro que “le pertenecía a él y al resto de su generación”.

Habían pasado muchas cosas en la vida del sargento Glock. Casi sin darse cuenta, se había convertido en uno de los miembros más veteranos del Cuerpo. Tenía la satisfacción de haber contribuido a la llegada y conservación del Sistema pero… últimamente había sentido una especie de pequeña ansiedad casi imperceptible, ciertamente, pero que en una existencia tan previsible como la suya le producía una cierta curiosidad.

II

El joven aspirante Josip Stern mostraba un celo y unas aspiraciones que al sargento Glock le transportaban a los felices años de la lucha alter-mundialista. Estaba claro que aquel muchacho tenía un futuro. Sí señor. ¡También él tenía un “futuro”!

—Sargento, siento confesarlo, pero en el expediente en el que estamos trabajando hay algunos aspectos que no consigo entender…

“Claro que no los puedes entender, mi querido aspirante, je, je… Ese expediente no es pan comido. Tardé en darme cuenta hasta yo mismo, pero, ¡maldita sea!, estamos ante un expediente que justifica por sí solo toda una carrera de veintidós años de antigüedad. Tengo ante mí ¡el expediente!”.

—No se preocupe por este caso Stern. Me ocuparé personalmente de él. Hágase usted cargo del asunto AS-13. Nos ha sido asignado ayer. Tiene mucho trabajo de desbroce, antes de ponernos manos a la obra.

No sabía aún adonde le conduciría la investigación de aquel caso pero una cosa era segura, su instinto no solía fallarle, y en aquellos folios densamente mecanografiados por Stern, su olfato le indicaba lo que, tal vez, sería el acto culminante de su carrera. La cuestión era saber ahora cómo lo enfocaría el fiscal…

“Voy a tener que hacer un trabajo muy concienzudo”.

De entrada, convendría que el caso cayera en manos de un Magistrado de una cierta edad. Nadie como los veteranos son capaces de comprender el peligro potencial que supone un hecho así.

Pensó que no estaría de más consultar con el Teniente Hoss, hombre muy curtido en los vericuetos de la Judicatura. Quizás podría darle alguna idea, con el fin de que la presentación del atestado fuera la adecuada y evitar así cualquier banalización del hecho.

Por otro lado se imponía una total discreción. En estos casos nunca se sabe… No se pueden evitar los celos profesionales. Incluso en una sociedad de gente tan equilibrada emocionalmente como esta.

III

El aspirante Stern recogió el expediente y, al depositarlo sobre la mesa del Sargento, se dio cuenta de que se había dejado un pequeño sobre de papel amarillo. Fue a recogerlo de su propia mesa, ya que, al parecer, se le había olvidado incluirlo dentro del dossier, y en el momento de hacerlo sintió curiosidad por su contenido .

Lo que salió del pequeño sobre fueron unos ojos. Fueron unos ojos, seguidos de la cara en la que ocupaban su lugar. Pero aquellos ojos… Tenían alguna singularidad que hacía que el resto de los rasgos pasaran casi inadvertidos.

Se trataba de una fotografía pequeña, como las que suelen usarse para el pasaporte. El poseedor de aquella cara era un hombre mayor. Tendría la edad de su abuelo, pensó Stern. Unos setenta años.

Aquella imagen podría ser la de una persona de aspecto muy corriente, si no fuera por la extraordinaria expresión de sus ojos.

Stern se sentó lentamente en su silla, incapaz de separar su mirada de la de aquella fotografía.

La cuestión era que no sabía por qué razón la estaba mirando. Es como si aquellos ojos trataran de comunicarle algún mensaje. Por un momento, tuvo la misma sensación que se podría tener si alguien le hablase a uno en un idioma desconocido pero que, por una extraña razón, estuviese convencido de entender lo que le estaban diciendo.

Volvió la foto del revés y leyó un nombre escrito a máquina: Anton Winckler. El nombre de la persona acusada en el atestado. “¿Así que esta es la cara del delincuente…?”. En ese momento se abrió la puerta del despacho y el Sargento Glock entró quitándose el abrigo.

—Sargento, ¿Ha usted visto la cara del acusado ?

—Pues sí. ¿ Qué tiene de particular ?

—No sé —murmuró Stern—, me ha hecho pensar en mi abuelo, al que no conocí… ¡Pero, no!… de ninguna manera puedo imaginar a un miembro de mi familia delinquiendo…

—No se deje impresionar por una cara más o menos interesante, Stern. No existe ninguna relación objetiva entre el físico de las personas y su conciencia. Nuestro deber se ocupa de las conciencias, no de los cuerpos que las contienen.

IV

—¿Da usted su permiso, Teniente Hoss ?

—Pase, pase, Glock. ¿Cómo le va?

El Teniente era un poco más joven que Glock. Se comentaba que su parentesco con un conocido Juez no había sido una razón extraña a su meteórica carrera en el Cuerpo. Era lo que se conocía como un hombre político. Su cometido se desarrollaba, preferentemente, en el entorno de las Salas de Juicio. No inspiraba ningún temor entre la gente del Departamento; más bien era alguien en quien confiar para asuntos legales.

—Muy bien, Teniente, gracias. La razón de mi visita tiene que ver con un caso que llevo en este momento. Quisiera plantearlo de manera que la transcendencia que yo le atribuyo, y que estoy seguro que usted comparte, no corra el riesgo de ser interpretada con excesiva benevolencia, como consecuencia de una redacción ineficaz del atestado. En este sentido sus consejos me serían, como de costumbre, de gran valor.

—Es usted muy amable Glock, estoy seguro de que su enfoque procesal será, como siempre, impecable. No obstante, si en algo le puedo ayudar, no tiene más que exponerme su idea.

—Pues verá, el caso es que el delito es de esa clase que, a las nuevas generaciones de jueces y fiscales, les suelen parecer cosas superadas del pasado, y que, además, los viejos luchadores como nosotros se las encomendamos como un pequeño reproche por no haber nacido a tiempo de participar en el nacimiento del Sistema. El presunto autor, aunque sólo sea por su edad, tiene el clásico perfil del individualista al viejo estilo. No creo que él personalmente represente un serio peligro. No. Pero no podemos menospreciar, en mi modesta opinión, el poder contaminador de los símbolos. Ya sabe…

—Veamos. Parece un caso típico de recalcitrante… Mmm… ¿Qué le parecería plantearlo en el terreno de una posible patología de la memoria? Esto tendría la ventaja de no endurecer excesivamente la condena… Unos años en un asilo, tal vez.. ¿Qué edad me ha dicho que tiene el acusado?

—Setenta y uno señor.

—Ya… a veces… ¡en fin! Cuando tenga listo el atestado vuelva a verme y hablamos. Cuídese, Glock. Este oficio desgasta más de lo que parece…

—Lo haré, señor, lo haré. Muchas gracias por su ayuda y, si precisa cualquier cosa, siempre a sus órdenes. Buenos días.

Glock salió plenamente satisfecho del despacho del Teniente. En cinco minutos había resuelto el obstáculo mayor… No era sólo el enfoque penal que le había sugerido su superior, era, sobre todo, el hecho de hacerle conocedor del asunto. Una cosa era protagonizar el caso y otra asumir enteramente, y en solitario, la responsabilidad…

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