2014: Viena (y II)

2042 Viena
Por Clairette Semisec.

V

Hacía mucho tiempo que a Anton Winckler no le sucedía nada digno de ser contado. Aunque, por otra parte, esto no tenía gran importancia, ya que sus nietos hacía mucho que habían dejado de interesarse por las historias del abuelo. Pero, ¡caramba!, no todos los días le toca a uno un premio en el sorteo que organiza todos los años la Asociación de Antiguas Parejas Heterosexuales con motivo de las Fiestas de Invierno.

No es que fuera un premio de esos que merecen los titulares de la Prensa del Estado, pero para alguien al que nunca le ha tocado nada, si no ha sido el trabajar duro, este pequeño homenaje de la Diosa Fortuna representaba una magnífica oportunidad de salir de la rutina.

Así es que, ni corto ni perezoso, se enfundó aquella camisa de algodón egipcio que su difunta mujer le había ofrecido por su aniversario de boda —hacía ya unos cuantos años—, una corbata de rayas discreta y su traje gris, aquel con el que, en palabras de su asistente social, parecía diez años más joven.

Se dirigió directamente, desde su piso, a una tiendecita de flores que se instalaba en la calle adyacente los martes, y se compró unas violetas. Detalle definitivo de coquetería. Para el ojal de la americana. Sólo faltaba encontrar un lugar calentito dónde poder quitarse el abrigo, darse el placer de mostrar su elegante porte degustando un buen menú dietético y disfrutar del auténtico ágape: el recuerdo de otros tiempos, otros restaurantes y otros sabores…

No podía quejarse —se decía—. Los recuerdos son el único tesoro que se guarda fuera del alcance de cualquier Servicio de Control del Individuo.

En fin… Comió bien y disfrutó de sus añoranzas. ¡Lástima de vino! Nunca se acostumbraría a celebrar algo sin un buen vaso de Reissling en la mano. ¡Ah, qué tiempos…!

Salió a la calle y si bien aquellos adornos de las fiestas no se parecían demasiado a los que le habían llenado de ilusión en su niñez, no dejaban de señalar alegremente que otro año se iba y que la vida seguía proporcionando algunas oportunidades de gozar… a pesar de todo. ¡Seguía siendo un optimista incorregible!

VI

La molesta brisa helada que había estado presente toda la mañana, había dejado paso a un mortecino sol. La sensación era más agradable. A Anton le pareció que todo invitaba a un lento paseo hacia el centro de la ciudad. Su barrio no era ninguna maravilla, pero tampoco era cuestión de andar quejándose sin parar… Claro que la gente podría ser un poco más cuidadosa. Sobre todo en lo referente a las bolsas de basura.

Era inconcebible la cantidad de bolsas que se acumulaba durante las Fiestas de Invierno. Y, claro, como los Servicios de Recogida habían decidido que ellos también tenían derecho a celebrar, el resultado era ciertamente molesto.

Anton miraba aquellos montones de desperdicios, asombrándose de la variedad de cosas que una comunidad consume y se preguntaba si, alguna vez, algún creador habría reflexionado sobre aquella especie de discurso del absurdo que constituía la convivencia de productos tan dispares en usos, precios, colores y formas, reunidos finalmente en su común camino hacia el crematorio…

En aquel momento, reparó que alguna de aquellas inmundicias se había adherido tercamente a uno de sus zapatos.

Detuvo su marcha y apoyó su pie en el murete de la verja que limitaba el espacio ocupado por las basuras. Lo que intentaba librarse del ardiente destino final era una hoja de papel sucio y arrugado que, en ilícita asociación con un trozo de chicle, había tomado su zapato como vehículo de salvación. Separó con cuidado el papel y, sin soltarlo, se afanó en la casi imposible labor de librarse de la bola de goma de mascar, frotando frenéticamente la suela de su zapato contra el borde del murete.

Finalmente librado de tan molesta compañía, buscó con la mirada una papelera para depositar el trozo de papel, que aún sostenía en su mano. No vio ninguna en el entorno y siguió caminando despacio por la acera. Finalmente descubrió una en la acera de enfrente, adosada a una columna del alumbrado. Miró a un lado y otro de la calle antes de cruzar, y se dirigió, apurando un poco el paso, hacía ella.

Cuando, cogiéndolo cuidadosamente entre su dedo índice y pulgar, lo iba a depositar en el cesto metálico creyó ver algo extraño en aquel trozo de papel. ¡Que raro!… Parecía un trozo de partitura musical… Lo retuvo un instante, tratando de descifrar lo que parecía el título de aquel conjunto de pentagramas y, entre manchas y desgarrones, alcanzó a adivinar, más que a ver, unas palabras en una confusa tipografía neogótica: “Noche de Paz”.

VII

—¡Sabía que nos tocaría! ¡Si es que tenemos la negra!

—¡Encima no me lo recuerdes todo el día, hombre!

Los dos patrulleros del coche celular Z-0052 no acababan de comprender por qué —¡un año más!— les tenía que tocar a ellos recorrer unas calles casi vacías, de un barrio casi vacío, en una ciudad en fiestas. ¡Vaya, que ni siquiera encontrarían a alguien a quien hacer una identificación rutinaria!… ¡Ah! Y, mientras, sus compañeros de Comisaría celebrando la Comida de Hermandad pagada con las contribuciones de todos, ¡incluso las suyas!

La extraña sensación que producen unas calles sin gente, sin vehículos y, sobre todo, sin ruido, a una hora como la del mediodía, no dejaba de sorprender incluso a dos fogueados servidores del Orden, ¡una vez más, para su desgracia!

Circulaban lentamente. ¡Tampoco era cuestión de pasar cien veces en un día por el mismo sitio! El rumor de los neumáticos contra el asfalto se oía a través de las ventanillas que habían abierto para permitir airear un interior con demasiados recuerdos olfativos del bocadillo de queso azul del conductor.

—Estoy oyendo cantar… ¡y no veo al pájaro!

—¿Cantar…? Yo no oigo nada… Espera… ¡Pues sí! Alguien canta.

—Anda, vamos a ver si nos distraemos un poquito, que ya estoy un poco harto de escucharte solo a ti.

—A lo mejor hasta canta bien, y nos dedica una… je, je…

y VIII

Anton se lo pensó un instante antes de decidirse. Miró a la calle. Nadie. Miró las ventanas de los edificios cercanos. Cerradas. Miró hacia el callejón dónde estaban los sacos de las basuras. Vacío. Miró a la partitura que tenía en su mano… y se puso a cantar. NOOOOOOCHE DE PAAAZ… NOOOOOCHE DE AMOOOOOR…

La partitura era un trocito del antiguo villancico, rota y sucia, pero él lo recordaba muy bien… Lo había cantado, de niño, miles de veces con el coro de amiguetes que pedían el aguinaldo por las casas del barrio… ¡Ah! Que tiempos…

Casi sin ruido; con sólo el rumor de los neumáticos contra el asfalto, el patrullero Z-OO52 se detuvo al lado de un hombre mayor. Muy elegante y con un trozo de papel sucio entre sus dedos…

—¡Vaya, vaya!… ¿No es usted un poco mayorcito para andar escandalizando al pueblo con canciones prohibidas, abuelo? ¡Hale!… ¡Andando para Jefatura!

FIN

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