Nunca dejes que te maten (IV)

no dejes que te matenPor Gómez.
Te voy a dar bien por el culo, Santa Claus

(Algo huele a podrido esta Navidad. Casi sin pistas pero con un colocón respetable, el inspector Gómez se dirige —junto con su compañera— a El Serrallo para interrogar a un posible sospechoso del asesinato del Rey Mago Baltasar.)

El Serrallo estaba bastante animado para ser Nochebuena. Se diría, incluso, que más animado que de costumbre. Sonaba algo de Verdi. Nada más entrar le dije a Tania que buscara al sospechoso en la zona este del local, mientras yo cubriría la opuesta. En cuanto la perdí de vista me fui a la barra para reponer combustible antes de proseguir con las pesquisas. La noche, la Navidad, la vida en general… me producen sed.
—Una margarita —ordené al camarero.
—Suspendí el curso de coctelería —respondió éste sin inmutarse—. Pero puedo servirle un vaso de tequila, lo decoro con una sombrillita de papel y se imagina que acaba de jugar un partido de polo en su club de hípica.
Miré al sujeto. Era grandote, con pinta de boxeador retirado y cara de cabrón.
—Estará bien un tequila solo —dije.

Llegó mi copa, y entonces ocurrió: ¡Mi milagro navideño particular…! A mi lado, en la barra: rubia. Buenas tetas. Piernas de bailarina. Ojos como una mañana de verano y un trasero que provocaba que diera casi la misma alegría verla acercarse o alejarse de tu campo de visión.

Traté de entablar conversación con ella. Utilicé para ello un viejo truco que me enseñó mi primo, el detective, antes de que se colara por un zorrón pelirrojo que lo convirtió en agente de seguros en menos de dos meses.
—¿Has oído hablar alguna vez de Erwin Rudolf Josef Alexander Shrödinger y su célebre ecuación de movimiento? —le pregunté.
—¿Todos los gilipollas de la ciudad utilizáis el mismo cuento…? Ya puedes irte a pastar, palurdo, y si se te ocurre otro chistecito se lo cuentas al espejo de la entrada. Verás cómo él sí se ríe.

Nada que rascar… Me bebí, pues, la copa en dos tragos y comencé a buscar al gordo de los juguetes. Ora et labora, como dijo algún majadero.

Lo encontré en una mesa de póquer. De mirón. Llevaba el traje rojo con el que sale siempre por la tele, y la barba y toda la pesca. La cara muy colorada. Apestaba a alcohol. Al verlo, me sentí un poco viejo para todo este embrollo navideño, y también, dicho sea de pasada, un poco viejo… en general.

Le enseñé la placa y me lo llevé a una zona reservada para hacerle unas preguntas.
—Tengo que repartir juguetes —me dijo de entrada.
—Sólo serán unos minutos.
—Rapidito entonces —me apremió. Y, créanme, darme prisa no es la mejor política a seguir conmigo cuando estoy tratando de resolver un crimen.
—¿Conoce a un rey Mago llamado Baltasar? —pregunté.
—¿Cómo es ese tipo?
—Negro, un poco muerto y con unos agujeros de bala en el traje.
—¿Para eso me molestas…? Mira, la semana que viene se jubila Rudolph, uno de mis renos. Si deseas un trabajo, llama a mi secretaria y veré lo que puedo hacer por ti.

Me apartó con el brazo, con ánimo de marcharse. Pero le clavé un seco directo en plena barriga. Se desplomó como un fardo, y quedó pataleando en el suelo con las manos sobre la panza, justo cuando Tania se reunía con nosotros.
—¿Qué le pasa? —me preguntó Tania, horrorizada, viéndolo boquear como un lucio fuera del agua.
—Está mareado, creo. Un ambiente muy cargado.
Cuando, un minuto más tarde, el gordo se levantó por fin, no se encontraba de muy buen humor.
—¡La has cagado! —me gritó, aunque cuidando de guardar una prudente distancia con mi puño—. ¡La has jodido, chupapollas de mierda! Cuando mi abogado acabe contigo no podrás comprarte ni unos calzoncillos en las rebajas.
Justo en ese momento sucedió la segunda sorpresa de la velada: la rubia que me había mandado al cuerno en la barra apareció de la nada y tomó a Papá Noel por la cintura.
—¿Qué le ha pasado a mi osito de peluche? —le preguntó mientras le acariciaba la barriga con ternura.
Vaya, así que era la fulana de Papá Noel. Este mundo no para de sorprender. Es lo mejor y también lo peor que tiene.

La conversación que sostuvimos el gordito, Tania y un servidor —con la rubia en primera fila y sin perderse ni una sola palabra de lo que se hablaba— no respondió a las expectativas. Básicamente su discurso se redujo a dejar muy claro que jamás había visto a Baltasar en persona y que iba a denunciarme por brutalidad policial; que a la hora en que mataron al negrito estaba chupándole las tetas a su chica en el lavabo y que iba a denunciarme por brutalidad policial; que resultaba complicado que hubiera amenazado de muerte al difunto (cuando aún no era difunto, se entiende) si no lo había visto ni una sola vez y que iba a denunciarme por brutalidad policial, etcétera, etcétera, etcétera… Lo único interesante, quizá, fue cuando le mencioné que el motivo para quitarlo de en medio había sido el querer apropiarse de todo el mercado navideño de juguetes; ahí saltó como accionado por un resorte.

—¿Para quedarme con el mercado, majadero? —explotó—. Pero si el mercado del que hablas ya es mío. No, no necesito matar a nadie porque el tiempo juega a mi favor. Soy una puta estrella mediática, en todo el mundo, mientras que, si cruzas los Pirineos, a ésos no los conoce nadie.
Mal que me pesara, el gordo tenía razón. Y también coartada.
—Bien, Santa —concedí—. De momento la cosa queda aquí; pero mejor que no salgas de la ciudad hasta que esto se aclare. Si es necesario se te confiscará el trineo.
—Tendrás noticias de mis abogados, gualtrapa. Habrás de vender tu esperma a un banco de semen para poder comer un plato caliente cuando acabe contigo.
Mientras él se encendía, su chica trataba de calmarlo.
—Venga, osito de peluche….
Sentí deseos de volverle a zurrar, pero esta vez, lo reconozco, tenía más que ver con esa chica de bandera que con su actitud. Te voy a dar bien por el culo, Santa Claus, pensé.
Mientras Tania le tomaba la filiación, me reuní en un aparte con su chica.
—Deberías haberme dicho que eres poli —me susurró con una voz insinuante que subió la temperatura de mi esperma hasta alcanzar el punto de ebullición.
Le entregué mi tarjeta por si recordaba algo. Tania, enfadada por mi numerito con Santa, no quería ni mirarme a la cara, así que decidí regresar andando.
Estaba resultando ser una noche bastante rara. Y eso que aún no se había terminado.

(Próxima entrega: El Rapto del Serrallo.)

« »

© 2018 ÇHØPSUËY FANZINË ØN THË RØCKS. Tema de Anders Norén.

↓