Los abuelos de Anthony Burgess

Burgess

Mi abuelo solía contar a estos clientes historias que pasó a mi padre y, por tanto, a mí. Eran chistes brutales en la tradición de Lancaster, con gran énfasis sobre la muerte y la deformidad. […] Hay una historia sobre un hombre a quien ven cavar un agujero en las profundidades del Boggart Hole Clough. Pasa por allí otro hombre y le pregunta para qué quiere aquel agujero. «Para la chica con quien salgo». «¡Cómo! ¿Es que vas a matarla?» «No, voy a follármela». «Entonces, ¿para qué el agujero?» «Porque es jorobada», contesta el hombre. También había la macabra historia de la viuda que guardaba las cenizas del marido y las aspiraba como rapé. ¿Por qué? «El bribón se metió en todos los otros agujeros de mi cuerpo cuando vivía; puede meterse en estos ahora que ha muerto». Una historia menos fuerte sobre las cenizas del marido se refería a una mujer que las guardaba en un reloj de arena para cocer huevos. «El tío no trabajó nunca en vida; ahora tiene su oportunidad».

[…] Mi abuela era analfabeta y tenían que leerle la prensa vespertina mientras planchaba. Mi abuelo solía falsear las noticias -el duque de Clarence arrestado por practicar la sodomía en un callejón, cañoneros del Kaiser en medio del Irwell, el precio de la cerveza va a doblarse- y reservaba sus fantasías más sencillas para las columnas necrológicas. «¿Conoces a Charlie Hetherington? Pues bien, ha muerto». Mi abuela decía «Alabado sea Dios» y dejaba la plancha para persignarse. Después Charlie Hetherington entró en el pub, vivito y coleando. «¿Conoces a Jacquie Eccles, a quien llaman Taypot? Pues, ha muerto». Taypot sufrió un ataque de apoplejía aquella misma noche y salió en las esquelas del día siguiente. En lo sucesivo, mi abuelo dejó de inventar noticias.

Rara vez usaba el artículo definido. «Sacar gato», ordenaba cuando éste estaba sentado en su mecedora. Lo sacaba sin violencia. Le gustaban los animales domésticos, que solían incluir a comadrejas, hurones e incluso un cerdito que, estando borracho, llevó un día del mercado (un tabernero se mantenía siempre sobrio en el propio local) y colocó sobre la cama de mi tío Jimmy, a la sazón de cinco años, que dormía en aquel momento. Jimmy gritó al despertarse en la oscuridad acompañado de un cerdo incontinente.

Anthony Burgess. El pequeño Wilson y el gran Dios.
Traducción de Pilar Giralt. Planeta, 1988.

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