La providencia al quite

Eugenio Noel

En tal piso, casa y año ocurrió al anochecer de cierto día un hecho insólito. La dueña, la muy por todos conceptos respetable señora doña Venancia del Albaicín, que estaba en el noveno mes de su embarazo, tuvo un espanto.

Figurósele que de una estampa clavada en la pared descendía el mismísimo Martincho, un torerazo del tiempo de Goya que, con fuertes grillos en los pies y el castoreño a guisa de muleta, echaba a rodar un toro de una estocada hasta los dátiles.

Martincho se acercó a nuestra heroína con grandes reverencias de vientre, y habló así:

– Vengo, mujer, desde el báratro, donde reinan las sombras eternas, a traerte una noticia… […] He sido delegado por Las Parcas, que tejen la filástica de nuestra existencia, para avisarte que parirás muy pronto un hijo, al cual quieren los benéficos Hados que pongas por nombre Peporro El Delicias.

[…] Ya lo sabes, Venancia: tu hijo será torero, salvador y fenómeno. No tendrás necesidad de educarle. Estos angelitos se educan solos. Y durante la lactancia la Providencia pondrá en tu leche un jugo misterioso que dará a su sangre un vigor taurino y una frescura polar. No te preocupes de él, pues todos los toreros del otro mundo tenemos órdenes concretas de enseñarle cuanto hicimos en vida.

Dicho esto, se levantó, y elevándose palmo a palmo, desapareció de la vista de Venancia, no sin antes decirla desde el marco del cuadro:

– No olvides, mujer, que parirás un fenómeno.

Venancia se quedó haciendo cruces; pero el destino es el mismo demonio, y a las once y cuarto de aquella misma noche daba a luz, con toda felicidad, un niño más feo que Picio.

La madre, a pesar de ser madre, no pudo menos de exclamar:

– Razón tenía Martincho: esto es un fenómeno.

El niño, apenas nació, tuvo una ocurrencia genial.

Parece ser que dijo en alta voz:

– ¡Ele!…

La comadrona se desmayó del susto; pero un asadura, que estaba presente al interesante acto de vestir por vez primera a un crío humano, le alargó un chato de manzanilla clásica de Sanlúcar que el bebé se bebió en un suspiro.

[…] La primera vez que salió a la calle la señora Venancia a misa de parida la iglesia parecía una romería.

Según parece, el niño dijo durante la misa:

– ¡Eh!… ¡Toro!…

Como en las iglesias suele haber el toro de San Marcos, ningún clérigo podía atribuir al demonio esta inusitada procacidad.

Eugenio Noel. La providencia al quite: vidas pintorescas de fenómenos,
toreros enfermos, diestros y siniestros del embrutecimiento nacional
.
Biblioteca Hispania, [ca. 1916]

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