El oro de Westkongsing

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Guión original de James E. Cunningham, traducido por Satur

Westkongsing, estado federado de los EEUU, 1930. Jonathan McCoy es el jefe de personal de una banda de forajidos que actúa en los confines del estado. Roban bancos, joyerías, almacenes de víveres y son perseguidos por el sherift Lobo y su conjunto de fuerzas de seguridad de antedicho estado. Luego hay mujeres de por medio, boyeros, pastores de almas, señoras que encabezan la liga de las buenas costumbres, etc. Es como un escenario urbano pero en un ambiente rural. Unos esconden el botín y otros lo buscan y eso.

Escena XVI, toma final de la primera parte. Conversación entre Jonathan McCoy y Linda McConahgwhëuy acerca de unas cosas tremendas sobre el botín. Están solos, frente a una hoguera, es de noche y hay oscuridad.

—Escúchame, perturbada pública mujer, las joyas las tiene él —dijo él.
—¿Conque sí, eh? —respondió Linda, visiblemente alterada.
—Sí —dijo el otro.
—Me gustas cuando te mesas la barba —dijo él.
—No trates de entorpecer mis pensamientos con provocativos comportamientos —respondió él.
—Mira —continuó— ese tipo es peligroso, puede hacerte tanto daño como una cobra haciendo de bufanda de un cocodrilo al que cuatro hienas están afilando los dientes con una lima prefabricada con los huesos de un jaguar febricitante debido a la rabia, subidos todos ellos a un piano que esté cayendo desde un octavo piso de Nueva Jamón de York mientras tú estás debajo resbalando con la piel de un plátano delante de una furcia de dientes eruginosos y tuberculosa que esputa sus toses sobre tus narices.
—¡Recórcholis, que me aspen! —exclamó sorprendida la rubia mientras se limpiaba las uñas con una navaja cabritera, la cual continuó hablando— ¡Ten cuidado, McCoy!
—Me lo dijo una mujer que entró en mis dependencias habitacionales en Chicago cuando yo era alguien y me robó tras la conversación el mapa —habló.
—¿Qué mujer? —respondió.
—Una de pelo castaño de estatura media y ojos marrones —insistió.
—Ah, sin duda se trata de Jane Straightfield, es muy conocida en Chicago —aglutinó.
—Días después volví a entrar en mi estancia, presioné el conmutador y se encendió una luz espesa, bastante espesa que además era amarilla además de espesa, la cual me permitió visionalizar el espacio de la habitación antedicha en la que me encontraba. Había una mujer, de la que deduje por su escaso tamaño, pechos como percebes agarrados a las rocas en la ría de Vigo (*) y ojos negros, rulos y delantal, que no era Janet Strangefeld, sino la mucama encargada de la adecuación higiénica de los departamentos.
—Oh -exclamó ella emocionada —es una deducción espantosamente bella, además de narrativamente propia de una plumilla folicularia.
—Sí —respondió McCoy fuliginoso por el piropo a destiempo— ahora que lo dices es de una bellecez insulsa e incomparablemente.

Recogieron sus pertenencias, orinaron sobre la hoguera para no dejar pistas y sabedores de que han perdido el oro y el moro se alejan por los ribetes del horizonte en busca de ribazos más promiscuos y feraces, y fueron felices y comieron cogornices.

((Fundido en subsahariano))

(*) En el original se alude a un tipo de sapo oriundo de las zonas lacustres de Westkongsing, muy adherente a las rocas mucilaginosas de allí, pero para facilitar la comprensión del lector hispanoespañol he buscado un equivalente autóctono. (N. del T.)

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