Aquel año de vodka y fuego

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por Manuel Jabois

Aquel año vivíamos en un edificio antiguo y lleno de polvo, en medio de una plaza grande y vieja y soleada. Teníamos enfrente una casona derruida llena de pinos y castaños de indias que sobresalían por encima del muro, y más allá, detrás del palacete, había un jardín verdísimo y malva de buganvillas, rododendros y azaleas. Si subíamos al tejado veíamos a lo lejos los lomos de la montañas al otro lado del río, y el humo de los incendios de aquel verano como chimeneas de fábrica instaladas en lo verde del monte, ahumando el cielo y cubriéndolo todo de polvo. De mañana cruzaba la plaza una excursión de niños de campamento urbano y los veíamos pasar con sus viseras rojas, sus polos blancos y un griterío como el de los estorninos que venían desde el sur a posarse en los enormes árboles de la casona.

La ciudad era una joven ciudad, una ciudad rehecha de nuevo después de décadas de abandono, y tenía ese ruido de las ciudades recién nacidas que es como el ruido que se produce en las calles vacías después de una gran lluvia. Habíamos encontrado el piso por unos familiares lejanos que intentaron venderlo durante años. El edificio ahora estaba lleno de polvo y en él sólo vivíamos nosotros, y aunque en tiempos había sido un edificio pretendido, porque en la plaza se vendían patatas y verduras los días de semana, ahora frente a él sólo quedaban unos bancos frecuentados por vagabundos y la enorme piedra vieja, grande y soleada que veíamos desde la ventana.

No llovió ningún dia de julio y apenas lo hizo en agosto. Los telediarios abrían con los incendios y cada una de las noches que pasamos allí invitamos a nuestros amigos al tejado del edificio para ver juntos aquellas llamas y aquellas columnas de humo de chimenea de fábrica, y terminábamos con las botellas de vodka de la tienda de 24 horas mientras se hacía de día y nos cubría la ceniza y el polvo que traía un viento suave de las montañas, el mismo que extendía el fuego hasta los pies del río a punto de cruzarlo para entrar en la ciudad.

Aquel año yo trabajé muy pocos meses, así que hacía la compra, me dedicaba a las cosas de la casa que más me gustaban, como preparar la comida o dejar la habitación limpia y clara, con las ventanas abiertas para escuchar el ir y venir de las avionetas, y me esforzaba en cuidar de mi joven esposa. Después de desayunar juntos nos íbamos a la ventana a ver a los niños, a los estorninos, y más allá del muro el jardín de rododendros y buganvillas y azaleas, mientras pensábamos que era raro que aquella casona derruida, a punto de ser escombro, tuviese un jardín tan grande y tan bien cuidado.

Una noche de finales de agosto las llamas que veíamos a lo lejos en las faldas de los montes empezaron a bajar deprisa y corrían ladera abajo mientras por la ciudad empezamos a distinguir por primera vez las sirenas de las ambulancias de las de los bomberos. Duch contó la noche en la que él y sus amigos del pueblo se atrincheraron en su chalé para hacer guardia y tratar de que no entrase el fuego. Habían metido las bombonas en la piscina para prevenir estallidos y pasaron la noche bebiendo en hamacas mirando el fuego y las estrellas mientras sujetaban las mangueras.

A veces, por encima de los setos, se colaban faíscas, pequeñas llamas que sobrevolaban el cielo como chispazos. Sólo entonces Duch y sus amigos se levantaban para perseguirlas y sofocarlas a patadas, pisándolas como si fuesen globos, mientras gritaban y danzaban bajo la lluvia de fuego completamente bebidos. A la mañana siguiente se enteraron de que en aquel incendio que se quedó a la orilla de la carretera murieron tres hombres, uno de ellos primo de uno de los amigos de Duch. Le pregunté a Duch si su amigo se había sentido ridículo por haber estado bailando mientras su primo moría peleando contra el fuego y Duch dijo que no. No tenía por qué, dijo.

Hablábamos los dos en mi tejado aquella noche de finales de agosto. Veíamos los dos el paisaje nocturno de la ciudad, los edificios del lado del río con las ventanas encendidas, y el reflejo en el agua del fuego que iba monte abajo como un canto rodado. El viento soplaba fuerte y lo sentíamos los dos. Había incendio allí y también al este, por encima de los montes en los que se había construido el nuevo hospital. La vista de los dos sólo abarcaba el río y era una vista maravillosa y desoladora de final de película.

Cada vez sentíamos más calor.

—Duch, y si esta noche muriese tu padre, porque tu padre es vecino de los pueblos que están desalojando, y es un buen hombre que de seguro ayudaría, ¿no te sentirías ridículo aquí arriba?
—Yo no puedo hacer nada. Entonces, qué más da el lugar en el que esté. ¿Tendría que sentirme mejor si yo también estuviese jugándome la vida? ¿Debería tirarme yo a un río de cocodrilos para luchar contra ellos porque mi padre tiene la mala suerte de estar rodeado de fuego?
—Pero estamos mirando el espectáculo.
—Porque es un buen espectáculo. No hay nada en la tele a estas horas. Si en mi lago de cocodrilos hubiese unos taburetes no dudes de que te llamaría. De hecho —Duch bajó la voz—, si nadie me fuese a ver no me metería dentro. ¡Con lo frías que deben estar esas aguas!

Terminamos al amanecer, alrededor de las siete, sin que se llegasen a apagar las luces de los edificios más cercanos al río. El viento ya no era tan fuerte y seguían escuchándose sirenas. Bebimos un trago más y Duch se fue a dormir a su casa y yo me metí en cama con mi joven esposa y la abracé fuerte, y como no era capaz de dormirme me levanté y me fui a la ventana a seguir viendo la ciudad, y el jardín de la casona con sus pinos y castaños de indias, y los primeros estorninos flotando como muertos en medio del cielo, y aquella plaza dura y vacía y soleada.

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