Me desperté con la lengua seca (Serenata de plomo. XVIII)

Jams & Bread
Por Martin Holmes.

Me desperté con la lengua seca como el rascador de un fósforo y sudando por agujeros que no sabía que tenía. Estaba deshidratado y tenía más hambre que un perro. Tenía el almuerzo del Jams and Bread pegado y seco sobre los cuartos traseros e iba a tener que buscarme a un palurdo con una azada para que me lo sacase de encima, como hacía mi abuela con la vaca, pero pensé que eso no corría prisa por el momento. Me dolían los brazos y observé que me habían pinchado las venas. El fumadero me pareció más grande cuando lo vi vacío y no encontré por ninguna parte a Confucio, a las gemelas zalameras ni a los estranguladores Tong. El coolie de las ortigas y los blancos medio muertos también habían desaparecido y todo el establo olía a chamizo. Sé atarme los cordones de los zapatos sin llamar a la maestra y concluí que me la habían pegado. Intenté adaptarme a la verticalidad y conseguí caminar medio derecho. Sopesé la posibilidad de pegarle fuego a la cuadra pero no lo hice porque soy un haragán y se me puso cuesta arriba pensar en andar correteando con yesca como un excursionista. Salí de aquella letrina y el sol de la tarde me sacudió con todo lo que tenía y estuve a punto de desmayarme como una monja delante de un bañista, pero me repuse a puros redaños y encendí mi máquina del instinto. Chicago hedía a funeral. Se me puso un nudo en el estómago y caminé hasta el Jams and Bread. El local estaba desierto y Me Llaman Philly pasaba las hojas de una revista de chismes.
—¿Cómo sigue Hollywood? —le pregunté.
—Valentino se ha casado con una lesbiana, me da la impresión de que a ese machote le gusta batear con la zurda. Por lo demás, tienes peor aspecto que una gripe.
—Creo que me han forrado de morfina. No te fíes de un chino con las uñas largas.
—Buenos tres días de juerga te has pasado, marinero. ¿Te has cagado encima?
—¿He estado tres días en el Si-Fan?
—La mitad de seis, marinero, puedes jurarlo.
—Cuando cabalgas al dragón, no desmontas cuando quieres.
—Lo que tú digas, amor, es como zampar cacahuetes.
El puerco de Hitman me la había jugado. Até un par de cabos no especialmente difíciles de anudar y concluí que el Guapo y el chino de la membrana nictitante me habían mantenido metido en formol mientras se me agotaba el plazo para encontrar el whisky de Hemingway. Hitman el Guapo quería conservar su asiento en el Studebaker y yo era un fiambre en funciones. Piensa Bullet, me dije, y luego deduje que era mejor correr como una liebre hasta agotar el horizonte. Correr no se me da bien. Me crujen las tabas como a un matusalén y tengo una carrera inconstante y distraída.
—Necesito un trago, Me Llaman Philly. Hazle un favor a un muerto.
—Al diablo, marinero, en realidad ya estamos intimando —dijo, y escanció un pistraje en una jarra. Me lo soplé y le pedí que me doblase la dosis.
—¿Qué es este jarabe?
—Whisky, es un decir, El Viejo Coronel. Folclore de Chicago. Aprovéchalo como si fuera agua bendita, cada vez es más difícil conseguirlo. Los grifos de Gomorra se han cerrado por inventario.
—¿Cómo va el marcador?
—Los pocos ciudadanos honrados de este retrete se han quedado en casa. Los polis de Nimbus están de baja por un uñero y la ciudad está tomada por mozos con metralletas Thompson que se disparan unos a otros desde el estribo de sus cupés. Yo abro el local porque mi marido ronca y no me gusta quedarme en casa a coser, pero la parroquia ha desaparecido.
—¿Estamos en guerra?
—Verdún fue una pelea de putas por un liguero.
—¿Quién va ganando?
—Dispararon a Johnny Torrio pero no le acabaron. Le cogió alergia al plomo y ha dejado la industria en manos de su lugarteniente Capone, un napolitano nervioso y sifilítico que dirige la fiesta desde la planta 22 del Hotel Hawthorne con un batín de seda y una corte de rameras, como un general de antaño. Después se cargaron a O´Bannion en su floristería. Nadie vio nada. Un Sedán. Dos mendas. Cuatro tiros. Un funeral irlandés. Fue el alcalde y largó un discurso. El Gran Johnny Calidad lloró con mucho sentimiento. Llora de miedo, es un artista. El mando de los patateros lo ha heredado el Piojo George Moran, asaltante de bancos de oficio. ¿Qué te va a ti en esto, marinero?
—Soy miembro fundador de la Banda de la Zarigüeya.
—¿Sois músicos?
—Tocamos en funerales.
—Me encantan los funerales, son tranquilos.
—Plañideras y crisantemos para la despedida. Un buen circo para que después de cinco minutos no te recuerden ni tus liendres. Prefiero las fiestas de puesta de largo.
—Eres un juerguista, marinero.
—Mírame bien, Me Llaman Philly, se me está a punto de escapar el alma. No se puede acarrear whisky en una cesta de mimbre.
—Para eso inventaron los baldes de latón y los estómagos sin fondo.
—Sonríeme cuando cruce la puerta de este convento, Me Llaman Philly, y recuérdame como un bufón alegre que pasó por tu vida y te ofreció diez minutos de amabilidad.
—Date un baño, marinero, apestas a una milla como el gurriato que criaba mi abuela en el desván. Le tomamos cariño, le pusimos de nombre Aloyssious y se murió de viejo, cuando ya no le pudimos aprovechar los jamones. No le pongas nombre a nada que te quieras comer. Mi abuela era una zorra, por cierto, y digo esto respetando su memoria.
Salí del Jams and Bread y caminé por calles a la sombra intentando eludir a los juerguistas. Me crucé con varias patrullas de irlandeses y macarrones enseñando los plomos desde los estribos de sus sedanes blindados. Verdún fue una riña de putas por un liguero. La pasma debía estar en el urinario. La maldita epidemia de uñeros, pobres chicos. Vi al primer fiambre en la Station Road, en el callejón de la New Fontaine, al lado de una pajarería. Era un desgraciado al que le habían frito a balazos. Estaba panza al norte con el sombrero puesto y sin zapatos ni calcetines. Muerto no se distinguía si era de un secarral de Calabria o de Dublín. Le taparon con una lona blanca de la pajarería que estaba llena de guano de pollo.
—Son curiosos los muertos —me dijo una vieja que echaba la tarde mirando el paisaje—. Se le han perdido los zapatos pero conservó el sombrero. Buena perra muerte le han dado, pobre pecador, tapado con mierda de pájaro. Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.
—Amén, abuela. No se quede mirando el espectáculo, este clima es poco saludable.
—Enséñale a tu madre a freír tocino, tío listo —me dijo.
—A mandar —le dije, y me largué.
Me detuvo una patrulla de italianos grasientos que se bajaron de un Daimler de cuatro cilindros luciendo abrigos de cuello de dromedario y tartamudas Thompson. Me empujaron contra la pared y me dieron media docena de patadas solo para divertirse. Eran un par de apacentadores de cabras con trajes de bautizo que les sentaban como a la Virgen unos tacones de aguja.
—¿No tienes casa, arlequín? —me preguntó uno.
—Voy a comprarle leche a mamá —dije.
—Tienes pinta de ser un mugriento irlandés —dijo el otro.
—Los cochinos irlandeses no pueden salir del North Side, basura.
—¿Le pegamos un tiro?
—Soy polaco. De Gorzów Wielkopolski —dije.
—Es solo un puerco Pulasky —dijo el más listo.
—Pues tiene pinta de irlandés. ¿Le pegamos un tiro?
—Ni los irlandeses huelen como este. Es un Pulasky.
—Soy un mierdoso Pulasky de Gorzów Wielkopolski —dije—. Los cosacos mataron a mi abuelita.
—Una vez un Pulasky metió los pies en una charca y la diñaron los bichos zapateros. Palabra —dijo el primer grasiento.
Le reí el chiste y puse cara de paleto. Los dos apacentadores de cabras eran los tíos importantes de la calle. Se comportaban como el menda que reparte los puros en una boda, maldita purria italiana. Capone les había dado la gorra del maquinista y se lo estaban pasando en grande dirigiendo el tráfico. Ya saben, denle a un tonto un silbato y carguen con las consecuencias.
—Yo le pegaría un tiro. ¿A quién le importa un Pulasky? —dijo el nervioso.
—¿Sabes cómo se distingue a un caballo polaco? —dijo el chistoso—. Porque tiene pelos en los sobacos.
—No pesco la relación —dijo el nervioso. Ese no pescaría un pie dentro de un zapato.
—Luego te la explico —dijo el chistoso—. Pulasky, corre a tu madriguera, echa una meada en el sombrero de papá y métete en la piltra.
Me hice el mazorral con gran aparato. Me rasqué cosas y abrí la boca como una rana comiendo moscas. Tenían que haberme visto babear, hermanos. Pueden llamarme cagón, pero les aseguro que un cobarde no puede babear. El miedo seca la boca y la deja como un pez en mojama. Ya saben otra cosa más, ignorantes. Soy un hombre de acción y un divulgador y pasé el peaje de una pieza y no acabé descalzo debajo de una lona con mierda de pollo.

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