Algo que no es de este mundo

TerrorPor Bonnie Parker.

Tras abandonar el ferry que nos dejaba en Vela Luka tuve una sensación de agobio. La tarde era gris plomiza y amenazaba tormenta. No le comenté nada a M. porque siempre me dice que soy la queja hecha persona y, ¡qué quieren que les diga!, sí, soy una quejica. Siempre soy la que más calor, la que más hambre y la que más frío tiene de todo el mundo. Así que por no oírle otra vez reprochármelo, me mordí la lengua.

Ya llevábamos muchos días de viaje desde que salimos de Madrid. Habíamos recorrido en coche el sur de Francia, Italia, Eslovenia y Croacia, y creo que estaba ya un tanto harta de visitar sitios. Vamos… que lo que yo quería era un plato de lentejas con guindilla y siesta.

De camino al camping, el paisaje nos estremeció. Olivares dispuestos en pequeñas parcelas acotadas por muros de piedra de la misma altura. Piedras blancas, puestas una a una de un modo asombrosamente perfecto, sin dejar ni un solo resquicio, encajando como una llave en su cerradura. Parecían interminables lápidas en un cementerio.

Cuando llegamos al camping, no había ni un alma. El propietario nos dejó acampar a nuestro gusto, así que nos dirigimos a un lugar flanqueado por esos muros que también delimitaban las áreas de acampada. Montamos la tienda y nos fuimos al pueblo a cenar.

Cuando volvimos ya era noche cerrada. Ni una luz en el camino de regreso al campamento. Sólo los faros del coche alumbrando la carretera. La tormenta se acercaba y el viento empezaba a soplar.

Pudimos ver que había llegado otra pareja, que se había instalado en la parcela contigua a la nuestra, y que ya estaba preparándose para dormir. Les saludamos con la mano y nos metimos en nuestra tienda. Después de rezar nuestras oraciones, nos metimos en los sacos y cerramos los ojos para dormir.

Me desperté de repente, como si alguien hubiera gritado muy alto mi nombre. Respiraba entrecortada y el corazón me latía fuertemente. Tenía una sensación de soledad, de encierro y, a la vez, de haber sido observada por un grupo de seres dispuestos a mi alrededor.

M. respiraba de manera pesada, acompasada por el batir del aire en las ramas de los olivos. Salí a respirar algo de aire fuera porque el ambiente en la tienda se me hacía agobiante. La luna se había hecho un sitio entre las nubes y dibujaba las ramas como brazos nudosos y amenazantes. Las piedras brillaban y podía ver su sendero blanco a varios metros.

Me metí en la tienda de nuevo, enfoqué a M. con la linterna y lo vi con la cara vuelta hacia atrás. La expresión del rostro estaba perturbada y mostraba mucha agitación. Su expresión habitual era apacible y tranquila, mientras que ahora parecían luchar dentro de él diversas turbaciones. Mientras jadeaba, se movía nervioso, desazonado. No parecía él, sino muchos… Sus ojos se abrieron de repente. Empezó a murmurar algo extraño. De pronto, se incorporó bruscamente, medio despierto. Dejó de murmurar y exclamó en tono angustiado: ¡Mi alma…, mi alma! Y se desplomó de nuevo en el saco.

Yo asustada le desperté. Su cara estaba mojada en sudor y me abrazó. Me contó que había tenido una pesadilla. Que estaba en una especie de fosa excavada, y atado de pies y manos. Que no se podía mover y que veía a unas personas dispuestas a su alrededor como si fuese su funeral. Yo me quedé de piedra porque era lo mismo que me había sucedido a mí. Así que se lo conté.

De repente, oímos un alarido y unos gritos en otro idioma. La tienda de al lado estaba iluminada.

«¡¡Mecaguen la puta!! Empieza a recoger», ordenó M.

Fue en un abrir y cerrar de ojos. Empaquetamos todo en el coche y dejamos el dinero por debajo de la puerta de la recepción.

Mientras, vi como nuestros vecinos hacían lo propio.

Monté en el coche y nos largamos de allí. De camino a Korcula no hablamos ni una palabra de lo que sucedió esa noche.

Se lo he contado a varias personas que podrían darme una explicación a lo sucedido y aún no he encontrado una respuesta que me deje el alma tranquila. Sólo sé que ese lugar tiene algo que no es de este mundo, algo que nos atrajo allí y de lo que tuvimos la suerte de escapar.

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