Air Mail :: Cartas Masocas :: 2

DuelorRojo900

Berlín, 8 de septiembre de 2014
Camarada Perroantonio:

Después de varios años escribiendo en foros de internet, ¿no estás hasta los mismísimos de discutir sobre esto y aquello con gentes a la que jamás convencerás de nada y que son incapaces de hacerte cambiar de opinión? No te muestran nuevos puntos de vista, no ofrecen datos que puedan ser relevantes, son incapaces de torcer tus argumentos para llevarlos por otros caminos. Tengo ideas que muy difícilmente cambiaré: las mujeres, los negros y los homosexuales tienen los mismos derechos que los hombres, los verdes y el macho Camacho; las revoluciones no hacen más que instaurar un régimen de terror, la xenofobia es el sustento de todo nacionalismo, etc. Cuestiones básicas y fundamentales de las que ya no quiero hablar. Sí estoy dispuesto, claro, a escuchar otros puntos de vista y a modificar mis opiniones sobre otros temas políticos, artísticos o sociales. En condiciones razonables podría votar tanto a socialistas como a populares, considerar que las nuevas series americanas son geniales y hasta hacerme vegano o socio del F. C. Barcelona. ¿Por qué no?

Creo que en el blog de Arcadi, el que se inició hace diez años, hubo para mí cierto equilibrio entre el número de los necios con los que me batía y el número de aquellos que me enseñaban algo, ya fuera a pensar, a escribir o a ladrar. Bueno, no es exacto: el número de los imbéciles era superior, pero de existir una energía mensurable de unos y otros, podría decir que los guarismos cuadraban. La irrupción de las así llamadas redes sociales ha desequilibrado la balanza, como se suele decir. Siguiendo con la metáfora, tengo la sensación de que la energía de los mentecatos y de los mamarrachos se impone sobre la de los sensatos. Discutir no me cansa, pero me abruma ver que la repetición de obviedades por mi parte destruye la exposición de mis ideas. Si una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad, es posible que una verdad repetida hasta la saciedad se envilezca a sí misma y abarate a quien la expone.

Debería escribir más, porque como bien decías en tu anterior carta, escribir ayuda a pensar. Debería, pues, escribir para batirme conmigo mismo, pero la discusión no deja de ser un acto social. La discusión civilizada, se entiende. Y yo soy un ser social, aunque a veces parezca que odio a la humanidad en general y a los capullos en particular. La solución está en cambiar de interlocutores. Los críos, quizá. Sí, los niños y los adolescentes. No es que me vaya a abrir una cuenta en tuenti o a instalarme el puñetero wasap, pero escribir para ellos me da que puede ser muy estimulante (para mí). Imagínate: ser capaz de escribir de una forma sencilla y ordenada sin dirigirte a los memos habituales.

Tú has tenido más experiencia que yo con el ejército de los canijos. ¿Qué opinas?

Siempre tuyo en el bando de los buenos,
Sergei

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22 de septiembre de 2014
Camarada Sergei

No conozco a ningún humano que haya cambiado de opinión tras una discusión. Sí a muchos que han empezado a cambiar después de varias discusiones. Tengo una sospecha de por qué ocurre esto. No es porque la calidad de las opiniones ajenas vaya ablandando nuestra lógica sino porque vamos sintiendo empatía por nuestro interlocutor. Nada como el frecuentamiento o la amistad para acabar compartiendo los razonamientos, las inclinaciones políticas o la querencia a ingerir gasterópodos o volar en parapente. Nadie nos convence en una discusión, simplemente nos adherimos por simpatía o por no discutir o porque ya no hay nada en juego.

Bueno, o por dominio. Cuando nuestro interlocutor es poderoso (física, económica o intelectualmente) nuestras opiniones y principios se flexibilizan de forma sorprendente. Nada más flexible que un principio; si acaso, un juramento inquebrantable.

Naturalmente no hablo de las opiniones que leemos en los libros. A esas es más fácil adherirse. Al fin y al cabo hemos comprado el libro y vamos a estar bastantes horas con él y sin testigos. Un libro no te lleva la contraria, así que si acabas por asumir sus opiniones nadie podrá decir que te ha vencido… digo, convencido.

Porque las discusiones, ya es hora de decirlo, son enfrentamientos. Y en los enfrentamientos alguien gana y alguien pierde. ¿No te parece curioso que muchas discusiones triviales acaben en pelea? Es por la tendencia natural del macho a compensar su debilidad argumental con unas buenas hostias.

Y este es un matiz fundamental porque, como sospecharás, no me he adentrado inocentemente en el jardín de los penes enhiestos. Creo que la discusión es una actividad mayormente frecuentada por machos. Basta echar un vistazo a las internetes para observar a cientos de ellos (yo mismo) en plena berrea, exhibiendo la cornamenta, mientras la mayoría de las hembras rehuyen el enfrentamiento directo. No saben nada…

Naturalmente todo lo que acabo de escribir socava la idealización de la discusión como intercambio de ideas y del foro como punto de encuentro en donde se produce el sutil florecimiento de la razón (Contempla, ¡oh Cayo!, cómo es fecundada la tesis por su antítesis y florece la síntesis). Esto sólo ocurre en el ámbito científico y no siempre en condiciones de aislamiento del ruido y la furia. De la política mejor ni hablar, porque basta observar un hemiciclo para comprobar que allí no se trata de alcanzar ningún acuerdo, ni siquiera en el idioma a emplear; lo importante ocurre en los despachos, lo demás es sólo representación, que no es casual que el hemiciclo tenga la misma forma que el teatro romano.

O sea, que entiendo, camarada, la tentación del regreso a la inocencia y a la infancia. Lo veo no sólo como un gesto de ternura, sino de aburrimiento por el extenuante trabajo de ser macho. Todo el día. Todos los días. En todo momento. Y cómo chillan cuando los despedazas…

Un fuerte abrazo desde el frente
Perroantonio

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