Nunca dejes que te maten (VII)

Bar ÇhøpSuëy
Por Gómez.
Barcos que se cruzan en la noche

(Resumen de lo publicado: El misterioso asesinato del Rey Baltasar toma un nuevo sesgo cuando Edward G. Robinson le explica al inspector Gómez que el crimen se ha llevado a cabo para robar la cruz de madera que, según figura en uno de los Evangelios gnósticos, San José regaló a Su Majestad.)

Navidad. Ocho y media de la tarde y con una resaca monumental a cuestas. La nariz, de resultas del puñetazo de la noche anterior, se me había hinchado como una bola de billar… Salí a la calle en busca de algún lugar abierto donde refugiarme, y tuve que andar bastante hasta dar con uno.

Se trataba de un frankfurt lo bastante lúgubre como para que su influjo fuera considerado circunstancia atenuante en un caso criminal. Saben de qué hablo, seguro: uno de esos bares, no demasiado limpios, con banda sonora por cortesía de la máquina tragaperras, donde la tele está siempre encendida y parece que el tiempo deje de correr en cuanto te sientas en el taburete de la barra y pasas a convertirte tú también en taburete… El café sabía a rayos, y me vi obligado a llenar de whisky una taza de café con leche para conseguir arrastrarlo garganta abajo sin necesidad de llamar al 112. El segundo ya no me supo tan mal, quizá porque en esta ocasión desistí de echarle café a la taza y me conformé con el whisky. Me dirigí al camarero.

—Buen café —le dije.
El chino sonrió y afirmó enérgicamente con la cabeza. Parecía, no sé, un poco imbécil. O probablemente fuera yo el imbécil.

Entonces sonó mi teléfono y tuvo lugar mi milagro navideño particular.

Era la chica de Papá Noel, y, por lo visto, necesitaba contarme algo de “manera urgente”, como se encargó de recalcar dos veces en menos de treinta segundos. Parecía asustada. Me disponía a preguntarle cómo me había localizado cuando recordé que le había dejado mi tarjeta profesional en El Serrallo, aunque al hacerlo ni soñaba conque durase más de dos minutos antes de ser rota en pedazos. Le di la dirección y el nombre del sitio donde me encontraba: bar Chopsuey. “Un antro inmundo”, la advertí.

—¿Cómo supiste que no estaba celebrando la Navidad como cualquier persona decente? —le pregunté antes de colgar.
—Soy una profesional, cariño. Distingo a un solitario a kilómetros de distancia.

Unos tres cuartos de hora más tarde entraba por la puerta. Estaba arrebatadora. Hace apenas cuatro o cinco mujeres yo habría perdido la chaveta por una mujer así, por un cuerpo así. Hace apenas trescientas botellas habría envuelto para regalo y colocado un lacito a mi alma beoda (y a mis pelotas con ella) y se la habría remitido por correo certificado hasta el mismo infierno. Pero ahora soy más sabio que entonces, mucho más. Miren si soy sabio que duermo solo la mayor parte de las noches.

—Tienes un aspecto horrible —me saludó.
—Dos malos matrimonios.
Me miró detenidamente.
—Me refiero a… déjalo. Invítame a una copa. Tengo una cosa que contarte.

Se llamaba Diana. Esto, su nombre, fue lo primero que dijo, que no es mala cosa. Lo segundo, y ya relacionado directamente con el caso, fue que, una semana y media atrás, tres gánsters más bien de baja estofa a los que mandaba un sujeto de nombre griego y con aspecto de estar comiendo permanentemente algo muy picante, le hicieron una visita a su novio, estando ella presente. Aquí la interrumpí.
—Cuando dices “tu novio”, ¿te refieres a osito de peluche? —inquirí.
—Ajá —dijo.

La dejé seguir hablando y siguió hablando.

El caso es que el sujeto le propuso a osito de peluche un negocio: se trataba de quitar de la circulación a uno de los Reyes Magos de Oriente para robarle algo. Y si digo ese impreciso “algo” es porque en ese momento Santa le mandó preparar unos ponches navideños y cortar unos daditos de turrón de jijona para todos, y la chica se perdió el final de la conversación. Ella no quería verse envuelta en un asunto tan feo y por eso me había llamado en cuanto había podido desembarazarse de su novio… Buena chica.

Fue el final de lo que tenía que contarme con respecto al caso. Yo tenía resaca. Una de las buenas. Me sentía incapaz de procesar la información recibida.

Era Navidad, como he dicho y repetido. Estábamos solos en el bar, solos en la noche y quizá en la vida. Barcos que se cruzan en la noche y toda esa mierda. Sonaba una balada china en alguna parte… Si esta historia fuera una película de Hollywood, habríamos llegado a ese momento en el que la chica comienza a narrarle al protagonista que nació en una pequeña granja de Arkansas, donde fue criada —entre mulas, patos, ovejas y gallinas— por sus abuelos, y ustedes aprovecharían para ir a la nevera, servirse una copa o consultar el móvil… Pero no, esto no es una película, y Diana, saltándose el rollo freudiano y las notas autobiográficas, me contó directamente que la volvía loca que le levantaran la falda y le arrancaran las bragas de un tirón —cuando ya estaban bien mojadas—, y luego se la follaran a cuatro patas en alguna esquina de esta maldita ciudad, con la ropa puesta, mientras le susurraban al oído lo puta que era.

Aproveché para hacerle al chino una señal de que volviera a llenarme la taza mientras me preguntaba si Diana añadiría el coste de la prenda íntima a la tarifa habitual.

E igual se lo habría preguntado a ella misma si en aquel preciso momento no hubieran comenzado a llover las balas sobre nuestras humildes personas.

Hay gente para todo, amigos, y hasta supongo que cabe en lo posible encontrar tipos a los que le pone cachondos que los cosan a tiros en un frankfurt chino precisamente el día en que nació Nuestro Señor.

A mí no. En realidad, si quieren que les sea sincero, hasta me corta un poco el rollo.

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