Avanzamos casi a oscuras (Serenata de plomo. XX)

terror2
Por Martin Holmes.

Avanzamos casi a oscuras por un túnel negro como los piojos, apenas iluminados por la linterna que se había arreglado Lola. Oímos como el techo del Nitty Gritty se venía abajo y nos llovieron encima un par de libras o tres de pedruscos.
—Amén a eso, cerdos italianos —dijo Lola—. Con un poco de suerte os habrá sepultado a todos. —Luego hizo una cruz con los dedos y escupió.
—Italianos o irlandeses, igual dan —dije—, son todos la misma purria.
—Nada que ver con los tiarrones de Missouri que van por ahí matando curas y no respetando los tratos —dijo Molly.
—Un acuerdo con Crazy Horse Ryan, difunto en las actuales circunstancias, no es un trato.
—En mi pueblo un trato es un trato —dijo Molly.
—Gorzów Wielkopolski, el pueblo famoso por sus tratos firmados con salivazos polacos. Donde los aldeanos cambian a sus hijas vírgenes por un par de gallinas. Ni siquiera estáis cristianizados, manada de tártaros.
—No eres mejor que yo, sudor de sobacos —gritó Molly y me lanzó la cabeza de Butcher Greg. La esquivé y rodó por el túnel hasta detenerse en una viga. Butcher Greg el Tobillos estaba viendo mundo después de entregar su bilis, pobre desgraciado. Butcher Greg mató a su primera esposa, Mary Ann, que era una borracha que estaba medio sorda. La colgó del pescuezo de una viga y luego lloró en su funeral. Esa clase de tipo fue en vida Butcher Greg el Tobillos. Me caía más simpático ahora que era el arma arrojadiza de una furcia polaca. Le encontraba más utilidad y mejor conversación.
—Tomáoslo con calma, tortolitos, parecéis un matrimonio —dijo Lola.
Molly recogió la cabeza de Butcher Greg y la acomodó en su vanguardia. Le acarició el pelo.
—Pobre cabecita loca –dijo.
Me pregunté qué diablos hacía en un túnel subterráneo con una alcahueta, un loro mojado, una polaca que respetaba los tratos y la cabeza de un hombre muerto. El túnel olía a humedad y había cabos de vela en el suelo y, sin embargo, estaba bien apuntalado de vigas. La linterna de Lola se estaba agotando y no se veía más allá de los dos pasos.
—Saco de mierda —dijo el Profesor Charmé.
—¿Hacía dónde conduce esto?
—Nunca he pasado de aquí. Es uno de los túneles que excavó el infame Doctor Holmes, así que supongo que llevaría a su hotel, pero hace tiempo que lo derribaron.
—El Doctor Holmes es un cuento de viejas —dije.
—¿Quién es el Doctor Holmes? —preguntó Molly.
—Un asesino depravado —dijo Lola y se hizo una cruz en la frente.
—El Hombre del Saco —dije—. Acuestan a los mocosos con sus cuentos para que no den la tabarra.
—No es un cuento. El doctor Henry Howard Holmes mató a quinientas personas durante la Exposición Universal del noventa y tres. Construyó un hotel en forma de castillo con setenta habitaciones lleno de pasadizos secretos, habitaciones selladas y cámaras de gas.
—Pasadizos secretos —dije—. Me voy a manchar los pantalones de miedo.
—Ya los tienes manchados, puerco —dijo Molly.
—Pero no de miedo —dije.
—Manchados de pura mierda, cerdo indecente.
—Pero no de miedo.
—Necesitaste dos tiros a bocajarro para acabar con el padre Montenegro, artillero. Que en paz descanse.
—Pues que hubiese estado barriendo la sacristía y no confesando a Yvette la Troyana.
Lola recogió cabos de vela y los prendió con un fósforo. La linterna de botella que había improvisado estaba en las últimas.
—Dame la cabeza de ese desgraciado —le dijo a Molly.
—Es mía.
—Dásela o te pego un tiro —le dije apuntándole con la Loomis.
Lola clavó dos velas en los agujeros de las orejas de Butcher Greg y las llamas chamuscaron la piel del difunto sacando olor a parrilla.
—Al diablo —dije, y le metí a Butcher Greg los cañones de la Loomis en la boca hasta clavárselos en la garganta y quedó algo parecido a una antorcha.
—Madre de Dios —dijo Molly.
—¿Se te ocurre algo mejor? —dijo Lola.
—Avancemos por este agujero, por la madre de Cristo —dije.
Abrí el paso alumbrándome con la cabeza de Butcher Greg. Lola venía detrás con el Profesor Charmé y Molly cerraba la excursión descalza y rezando padrenuestros.
—Son como las catacumbas de Roma —dijo.
—¿Te pasaste la niñez en la catequesis? —le dije.
—Me gustaría saber dónde pasaste tú la infancia, asesino de curas. Seguro que robabas calcetines de los tendederos.
Seguimos caminando durante horas, evitando los túneles secundarios que bifurcaban el recorrido. Vimos varias calaveras y puertas selladas. Las ratas empezaron a abundar y Molly se puso nerviosa porque estaba descalza. El pelo de Butcher Greg se prendió y tuvimos más luz. Butcher Greg el Tobillos, desgraciado hijo de una raposa con tiña, resultó que al final fue un hombre útil para la sociedad. Me acordé de su difunta mujer.
—Mary Ann la Sorda, pobre furcia borracha, mira a tu marido y dime si no sirve para nada.
—¿De que hablas? —dijo Molly.
—Saco de mierda —dijo el Profesor Charmé.
Llegamos al final del camino y nos dimos de bruces con una escalera hecha con tablones clavados en la pared que subían hacia una trampilla. Olía a hombre muerto, a ocena y a podredumbre.
—Fin de trayecto, señoritas —dije.
—Empolvémonos las narices y vamos a alternar en sociedad —dijo Lola.
Subí por la escala con una mano manteniendo la Loomis con la cabeza de Butcher Greg preparada para lo que viniera. Abrí la trampilla con la cabeza y me dio el sol en la mollera. Saqué medio cuerpo al exterior y vi a los cuervos comiendo los ojos de los perros muertos.
—Rat´s Paradise —dije—, un lugar para echar raíces.
Nick Adams avanzó hacia nosotros sorteando los somieres rotos y se quedó mirando la escopeta con la cabeza de Butcher Greg con las dos velas saliéndole de las orejas.
—Bullet, usted nunca dejará de sorprenderme —dijo—.¿Qué diablos es eso?
—Una antorcha —dijo Lola.
—Es puro Art Decó —dijo Nick.
Disparé la escopeta y la cabeza de Butcher Greg se desintegró en el aire corrompido. Después le di un culatazo a Nick en la frente y se puso a sangrar. Le pisoteé en el suelo, le levanté de la camisa y le volví a tumbar de dos puñetazos en el cuello. Casi se ahogó.
—Lo necesitamos vivo, Bullet —dijo Lola.
—También nos sirve medio muerto —dije y le clavé la rodilla en las tripas apoyando todo mi peso sobre él y le sacudí una serie en las costillas que le hicieron gemir como un perro con las patas rotas. Se le hincharon las venas del cuello porque no podía respirar y escupió litros de sangre y saliva. Le zurré dos golpes de distancia corta en la boca y oí como se le quebraron los dientes. Le perdoné la nariz por si un día le recetaban antiparras. Tengo guardado un sitio en el Paraíso por ello.
Lola se hizo con la Loomis y me la apoyó en la nuca. Podía haber girado y arrebatársela, pero la dejé improvisar porque a las mujeres hay que estimularlas porque si no se retraen y no salen de la cocina.
—Maldita sea, Bullet, te he dicho que lo necesitamos vivo.
—Cristo, Bullet, pensaba que éramos socios —dijo Nick y escupió un diente.

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