El joven Adams (Serenata de plomo. XXI)

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Por Martin Holmes.

El joven Adams montó un buen numerito de señorita diciendo que no podía respirar porque le había roto las costillas. Valiente contrabandista. Cuando dejó de gemir como una parturienta cagando mellizos nos contó que Hemingway había conseguido llevar el camión de whisky desde Toronto hasta Nitroglycerine Creek, al norte del Lago Michigan, en la raya con Canadá, y lo tenía guardado al recaudo de una familia de montañeses medio tarados que eran los nuevos socios de la ya extensa cofradía de la zarigüeya. Hemingway era como Jesucristo y pensaba que podía multiplicar el bebercio para que le sacasen la tajada la mitad de los vagos del vecindario, pero un servidor aún no había visto un puerco chavo y, en cambio, cualquier retrasado mental de Chicago que tuviera una cacharra quería dispararme. Adams había traído su Ford T, que se sostenía sobre sus cuatro ruedas de puro milagro, y decidimos ir a Nitroglycerine Creek en busca del whisky y pensar por el camino qué diablos íbamos a hacer con él. Podríamos entregárselo a Capone con nuestra mejor cara de palurdo, coger una paliza y salir más o menos de una pieza, o podríamos vendérselo de ganga a un juez con mucha vida social, trincar los machacantes y despedirnos de Chicago para buscarnos un porvenir en un pueblo pequeño, cambiar de nombre y casarnos con una aldeana con el trasero de balcón que hiciese los domingos pastel de albaricoque. Soy alérgico al albaricoque y a los traseros de balcón, y a la misa de los domingos y a pasarme el resto de mi vida detrás del mostrador de una tienda de clavos echando las tardes con los labriegos hablando de la cosecha. El whisky de Hemingway era quimérico como los ríos de oro de El Dorado y no se me quitaba de la mollera mi sueño de opio y la cesta de mimbre. El joven Adams escupió un diente y lo recogió cuidadosamente del suelo, lo limpió con la manga y lo envolvió en un pañuelo.

—Diablos, Bullet, pensaba que éramos socios —dijo.

Lola me devolvió la Loomis. Le pegué un tortazo con el revés de la mano. Se mordió el labio y sangró levemente. Nada serio.

—Hacía años que nadie me zurraba —dijo—, me haces recordar los viejos tiempos, cuando era joven y bonita.
—No te pongas melancólica, Lola —le dije.
—No mates a nadie si no es necesario —me recomendó—, y trae ese cochino whisky elegantón con sabor a turba y madera.
—No mates a ningún cura ni a nadie que te estreche la mano —dijo Molly.
—Ni pensar que tienes una cacharra, ¿eh, Nickie? —le dije a Adams.
—Ligero como un peregrino —dijo.
—Vamos a Nitroglycerine Creek con un trabuco y tres cartuchos del diez y la mitad de Calabria en pos de nuestras peladuras. Vamos a buscar el Vellocino de Oro.
—¿Nos vamos al campo? —preguntó Molly.
—Nitroglycerine Creek es un pantanal rijoso lleno de mosquitos —dijo Lola—. Es la capital mundial de la endogamia y los muchachotes montan a sus hermanas pequeñas recién se ponen a sangrar. Distribuyen a todo el país retrasados mentales para trabajar en las fundiciones y comen castores cocidos y lagartos.
—Biblia, incesto y alambiques —confirmé.
—No es muy distinto a Polonia —dijo Molly.
—Dios estaba trompa cuando creó Nitroglycerine Creek —dijo Lola.
—Dios aún está trompa, echa un vistazo a tu alrededor —dije—. Iremos Nickie y yo con el escopetón de la vieja Lola y nuestro ánimo de excursionista.
—No sé si podré conducir —dijo Nick—. Me duele el pecho.

Le pegué un puñetazo en la oreja y cambió de opinión. Se puso al volante con cara de Jeremías. La oreja se le hinchó como el fuelle de una gaita. Molly, Lola y el Profesor Charmé se quedarían en Chicago, en un piso que tenía Lola en la calle Redención, y mi menda y el Chico de la Oreja de Gaita iríamos a Nitroglycerine Creek, nos haríamos con el whisky y toda la pandilla se reuniría en Rat´s Paradise para celebrar una asamblea. El Ford T arrancó a puros cuescos como un tísico y derivaba a estribor hasta acariciar la cuneta, como las golfas de Tampico, que son cojas. Hubiésemos ido más rápido subidos a los hombros de mi abuela. En veinte millas empezó a expulsar humo negro por la cazuela y tuvimos que echarle agua de un charco. Íbamos montados sobre un trueno loco, pegando saltos como en un tobogán de feria de pueblo.

—Este coche se llama Forajido —dijo Adams.

Forajido perdió dos radios de una rueda a la altura de Milwaukee y lo enfriamos con cerveza que nos vendió un vivo del lugar. Comimos bocadillos de tasajo y pan de centeno en Fond du Lac y nos pegamos una siesta debajo de un álamo. El joven Adams se despertó y escupió sangre negra.

—Oh, Dios, creo que tengo una hemorragia interna —dijo.
—Eres un caso, Adams, te quejas como una vieja.

Se nos acabaron los pitillos y empezamos a ver pasmas en Wisconsin, que eran diferentes a los polis de Nimbus y parecían palurdos en una coronación. Mascaban tabaco y llevaban uniformes negligentes y sombreros Stetson de tratantes de vacas. Una patrulla nos estuvo a punto de enchironar por vagabundaje pero eran gente sin constancia y se aburrieron de buscarnos las cosquillas. Mordían ramas de trigo y uno de ellos se rascó las partes con la baqueta del revólver. Se largaron por donde habían venido a ver parir a una yegua o lo que quiera que les entretuviese a esos cagones de abono.

—Estos se creen que aún están combatiendo a los comanches —le dije a Adams.
—Hemingway es medio piel roja. Tiene sangre algonquina y un nombre de guerra.
—Y yo soy la Princesa de París y llevo ligas de encaje.
—Eso tú sabrás.

Estaba harto de las mentiras de Hemingway y sus ambiciones de escritor de novelas de barbería. Sus embustes y sus industrias me habían conducido a la carretera rumbo a Nitroglycerine Creek con un pescador de mosca cagón y mi pellejo no valía una gorda en Chicago. Una semana antes mi mundo era sacarles rendimiento a los cornudos y no mezclarme en los asuntos de los demás y ahora era la diana de cualquier napolitano grasiento, tenía el bazo roto y me la habían pegado un chino medio tuerto y un vendedor de puros. Empezamos a oler a boñiga en Marinette y pasamos la noche en un granero. Dormí poco y mal sobre un lecho de alfalfa y debajo de un nido de murciélagos. El campo es para los segadores, yo prefiero el cabaret. Madrugones y una mula, baldes de mierda de vaca y doblar el lomo en la huerta, quédeselo usted, socio, con todo su aire puro y la luz del sol. Cruzamos la frontera por Iron Mountain, dejando al este el Lago Michigan, y en una cuesta arriba nos adelantó una vieja montada en un burro que bebía a gollete de una garrafa.

—Ya cogeremos una pendiente —dijo Adams.

Nos adentramos en un bosque y Forajido tosió por última vez y se clavó en la tierra como la raíz de un pino.

—Que Dios te bendiga, Forajido —dijo Adams. Sacó un par de monedas de un cuarto de pavo y las dejó sobre el capó—. Esto es para el barquero, viejo compañero.
—Eres un derrochador —le dije. Amartillé la Loomis y disparé sobre el coche un cartuchazo del diez. Forajido expulsó gas por la chimenea y se fue al diablo.
—No tienes sentimientos, Bullet, eres un hombre de hielo —dijo Adams.
—Así no sufrirá, como los pencos con las patas rotas. Y de paso despertamos a los paletos de la campa para que vengan a asomar las narices y les preguntaremos por un idiota con un cargamento de whisky.
—¿Ese es tu plan?
—Por lo visto el tuyo era organizar un entierro.

Un palurdo enorme montado en una yegua baya apareció entre los árboles. Tenía la cara morada de pegarle a la botella y un par de toneladas de mugre seca sobre las espaldas. Cabalgaba sin silla, manejando la yegua por la crin, y balanceaba sobre su muslo un fusil Hawken que debió pertenecer al abuelo de George Washington. Levantaba sus dos buenos metros desde sus pies planos hasta la guinda y tenía los ojos escondidos detrás de una tonelada de párpados gruesos como la suela de una bota de labriego.

—Bienvenidos a Nitroglycerine Creek, peregrinos —dijo—. Y ahora dadme una buena excusa para estar aquí antes de que os convierta en un cedazo.
—La hospitalidad del campo —dijo Adams.
—Tómeselo con calma, mazorral, no vaya a hacer daño a alguien con ese trabuco —le dije.
—De vez en cuando cae por aquí un listo como usted —dijo el paleto—, y no vea lo bien que queda clavado en una puerta.
—¿No tiene bosta que palear, labriego? —le dije.

Amartilló el Hawken y olí desde lejos la pólvora negra. Cantó un ruiseñor. El campo bucólico y toda la mierda de vaca del mundo. Estaba empezando a perder la paciencia y me acerqué a la escopeta Loomis. El palurdo gigantesco sonrió enseñando sus dientes mellados desde lo alto de la yegua.

—Me llamo Nick Adams —dijo Nick—, estamos buscando a mi socio Ernest Hemingway, un chico alto, aunque no tanto como usted, es medio indio y teniente honorario del ejército italiano.
—Y es tonto de remate —añadí—. Acá estará como en casa.
—Haber empezado por eso, señoritingos —dijo el paleto—. Soy el Gran Adolphus Knee, esta es mi yegua Soraya y todo lo que su vista alcanza es mi predio. Ustedes deben ser los socios de Chicago del capitán Hemingway.
—¿Ahora es capitán? —pregunté.
—Encantado de conocerle, señor Knee —dijo Adams—, aunque no sé si debo llamarle Gran Adolphus.
—Puede llamarme general, si le place, pero no se crea más vivo que yo porque soy de pueblo. A lo que parece ahora somos socios.
—Todos somos socios en este circo —concluí—: putas, loros, paletos y yeguas. Podríamos montar una convención y cantar un himno.

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