Nunca dejes que te maten (VIII)

deusexmachina2_by_perroantonio
Por Gómez.
Deus ex machina

(Resumen de lo publicado: Un lío del demonio. Otro día lo resumo si acaso, que ahora estoy esperando al lampista.)

Por suerte, el primer disparo pasó a más de medio metro de mi cabeza, dándome tiempo a tomar a Diana por la cintura y arrastrarla al suelo conmigo, mientras comenzaba de verdad la pirotecnia salvaje. Las balas parecían caer desde todos los ángulos, e incluso, mientras nos poníamos a cubierto, tuve tiempo de apreciar que los tiradores no eran otros que los tres matones de Edward G. Robinson con quienes había intercambiado apasionantes conceptos filosóficos apenas veinticuatro horas antes. Saqué mi revolver, volqué nuestra mesa y la coloqué a modo de parapeto. Disparé dos veces a mis atacantes, a bulto y sin demasiadas esperanzas de alcanzarlos; sin embargo, para mi sorpresa constaté que el cabrón con cara de comadreja había caído, con un balazo en plena frente. Estoy convencido de que el alarde de puntería se debió a la cantidad de alcohol en sangre que un servidor de ustedes llevaba ya a esas horas; de haber estado sobrio seguro que no le habría alcanzado con semejante precisión ni tras varias docenas de disparos.
Él me había puesto un traje perdido de sangre. Yo le había descerrajado un disparo entre ceja y ceja. Por lo que a mí respecta, estábamos en paz.
Sin rencores…
Pero era el momento de moverse. Y rápido. Las balas no dejaban de caer sobre nuestra posición, y una de ellas pasó tan cerca de mi persona como para hacerme desear encontrarme en cualquier otro sitio del universo menos en aquel bar. A mi lado, Diana estaba ovillada sobre sí misma, en posición fetal, con los brazos tapando su rubia cabellera y sin atreverse ni a mirar lo que pasaba a su alrededor… Apreté el gatillo dos veces más y, ¡Aleluya!, otro de los matones fue alcanzado por una bala y salió despedido contra la pared aparatosamente; murió como sólo se muere en las películas de Sam Peckinpah… Dios ama a los borrachos.
Al ver este éxito parcial, me vine arriba. Éste fue mi gran error. Cuando abandoné, gateando entre las mesas, la relativa seguridad de mi parapeto para tratar de dar cuenta del último sicario, al levantar la mirada comprobé que lo tenía justo delante de mis narices —digamos que a menos de tres metros—, y que su arma apuntaba a mi cabeza. Aclararé de pasada que la cabeza es una de las partes preferidas de mi cuerpo. Incluso la situaría casi a la misma altura de los huevos, me refiero en importancia, claro.
—Suelta eso —ordenó, refiriéndose a mi arma.
Ninguna posibilidad de intentar una acción desesperada sin llevarme, como mínimo, un balazo de recuerdo. Diana seguía gimiendo en el suelo, ajena a lo que sucedía a su alrededor. Por ese lado, estaba claro, no iba a obtener ayuda.
El chino de la barra había desaparecido del mapa como si se tratara de Fumanchú cuando las cosas se le tuercen, justo antes de los créditos finales.
—¡Suéltalo! —repitió el mastodonte.
Dejé caer el arma. Si nos ateníamos a los hechos, saltaba a la vista que ahora me tocaba a mí hacer mutis por el foro. Ante la inminencia del FIN, toda mi vida, como reza el cliché, desfiló ante mis ojos como en una película…
No tardé en llegar a la conclusión de que mi existencia había sido un cruce de serie B, porno italiano y El Planeta de los Simios. Y ni siquiera iban a devolverme el dinero de la entrada.

Cuando regresé al presente, el tipo que iba a colocar el punto y final a mis desvelos terrenales seguía frente a mí, apuntándome, y con una extraña sonrisa pegada a ese rostro simiesco; una sonrisa que no reflejaba triunfo, ni nada que se le parezca; era simplemente eso: una fea sonrisa pegada a una cara idiota.
—Te preguntarás que por qué tú —dijo el propietario de la cara.
En realidad me estaba preguntando cómo salir de este lío, pero no tenía ni ganas ni moral para discutir. Así que mantuve la boca cerrada.
—¿Por qué tú? ¿Por qué ella? ¿Por qué cualquiera? —prosiguió, hablando más para sí que para ningún otro.
Tampoco respondí. Uno se vuelve estoico tras veintidós años en Homicidios. Uno se vuelve un completo idiota tras veintidós años en cualquier parte.
—¿Sabías que Shopenhauer argumentaba, refiriéndose a los suicidas, que al destruir su propio cuerpo el individuo no renuncia a la voluntad de vivir sino a la vida? Quiere vivir, aceptaría una vida sin sufrimientos, pero sufre lo indecible y no encuentra razones para seguir.
También, ya puestos a filosofar sobre mi propia persona, saltaba a la vista que iba a abandonar este mundo igual que había entrado y permanecido en él durante cuarenta y dos años, esto es, sin enterarme de una puta palabra de lo que se decía o sucedía a mi alrededor.
—El suicida que duda —continuó— es como un enfermo que prefiere conservar su enfermedad por no dejar concluir una operación dolorosa, dolorosa pero ineludible. Porque la vida duele, la vida duele mucho.
Mientras hablaba, servidor seguía paralizado… Durante ese tiempo él había bajado el arma y ahora la mantenía a la altura de su rodilla, apuntando al suelo. Aun así, no me veía con fuerzas de tratar de desarmarlo.
—Nada en este mundo tiene ningún sentido, si te detienes a pensarlo —concluyó con tono fúnebre.
Y tras pronunciar estas palabras, llevó el cañón de su arma a la sien, esbozó una mueca siniestra y apretó el gatillo.
¡Bang!
—¡Joder! —mascullé.
Transcurrirían todavía cerca de un par de minutos antes de que Diana reaccionara también y mostrara los primeros indicios de volver a esta dimensión.
—¿Qué ha pasado? —inquirió, todavía aturdida.
—Que estamos vivos —dije, sin tenerlas todas conmigo, al tiempo que reunía fuerzas para recoger mi arma del suelo e incorporarme.
—¿Por qué querían matarte esos sujetos? —me preguntó.
—No iban a por mí. Si hubieran pretendido liquidarme podrían haberme dejado tirado en una cuneta ayer mismo, sin testigos ni cruce de disparos.
—¿Entonces…?
—Tú eras el objetivo.
—¿Qué? —dijo, de nuevo al borde del llanto— ¿Por qué iban a querer matarme a mí?
Contemplé los cadáveres. Así de muertos parecían tres plácidos borrachos que habían sobrepasado el cupo de alcohol de la noche.
—Habrá que contratar a un médium para saberlo —dije.
Entonces, sólo entonces, se abrió lentamente la tapa de la nevera de los helados y Fumanchú asomó la cabeza con precaución.
—¡Puta de olos! —exclamó.
Bravo por la sabiduría oriental.

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