Verdadera biografía de Claudino

claudino
por José Martínez Ferreira (@josenez)

 

Ramón Gómez de la Serna escribió las mejores biografías que se han escrito nunca en nuestro idioma con su divina verborrea y unas pocas anécdotas de las personas a las que quería homenajear en sus libros. En realidad eran autobiografías simuladas, ya que Ramón hablaba siempre sobre él, un poco como hacemos todos, solo que el madrileño batió el récord del mundo al hacerlo a lo largo de los millones de libros que escribió. Por otro lado, las revistas del corazón más clásicas, como Heart and Lung, Qué me dices!, JAHA o la Maribel que usaba la madre-cloaca de Martín del Castillo como Crítica de la razón pura, se inventan prácticamente todo lo que dicen de las personas que salen en sus páginas; se podrían escribir delirantes biografías de cualquier famoso con datos sacados de ese tipo de publicaciones. Luego, y en el fondo quizá no tan lejanas a las anteriores, están las biografías serias que se marcan tranquilamente capítulos de treinta y siete páginas en los que únicamente se analizan las carcomidas facturas de la leña y de pigmento verde que pagó El Greco en octubre de 1604, encontradas por el autor en un archivo de Benalmádena. En fin, no sabemos nada de nadie; ya lo decía Cristina Lliso: Así que le hablé de mí mientras bailaba, de lo poco que sé de mí.

Con estas excusas de arriba me parece que escribir una biografía de mi vecino Claudino contando solamente tres anécdotas de su vida, en las que además él no es más que un figurante, cuadra perfectamente con el ¿Esto qué es? de mi querida ÇhøpSuëy, revista del corazón que acoge estas líneas y a la que propongo que adopte como himno el estribillo de aquella preciosa canción que cantaba Gloria Van Aerssen y que decía: ÇhøpSuëy, ÇhøpSuëy, hágame un electrocardiograma, porque tengo delicado el corazón. Al lío; eso, que como hizo Ramón, hablaré de mí, de mis veraneos en aquel siglo veinte de Copas de la Uefa y licor café, ¡cuando era primavera en España… Solamente en España antes, cuando era primavera!

Claudino, que para ponerle cara podemos decir que se parecía vagamente a aquel Rafael Martín Vázquez con bigote del Torino FC que usaba el exterior de su bota derecha con mucha más habilidad que todos nosotros el cuchillo de pescado, tenía una tienda de ultramarinos al lado de la casa de mis abuelos, donde llevo veraneando toda la vida. Nosotros le comprábamos todo lo que necesitábamos, desde pilas que sospecho que nos vendía ya gastadas a barras de pan que de lo blandas que eran con un poco de maña al doblarlas podías convertirlas en pretzels gigantes, barras que untadas en Nocilla o rellenas de aquel chorizo Revilla que te dejaba las manos rojas hacían que nuestra vida estival de trogloditas en bicicleta mantuviera los niveles de salvajismo recomendados por nueve de cada diez fabricantes de tiritas y de mercromina.

Para traer y llevar mercancías a su tienda Claudino usaba una Citroën C15 roja, en unos años en los que ese modelo de coche debió ser el más vendido en España. A mi hermana y a mí nos venía a buscar todas las tardes para ir a la playa a curar o al menos olvidar un rato nuestras resacas nuestro amigo Santi en su querido Renault 5 color caca de bebé. Y atravesábamos el pueblo de camino a la playa señalando a cada instante las innumerables C15 rojas que saturaban las calles diciendo cada vez que veíamos una “Mira, Claudino” en una especie de mantra macarrónico que en alguna ocasión casi nos hizo chocar contra una farola debido a la risa floja que irremediablemente nos entraba a la décimo quinta C15 señalada.

Además de la tienda, Claudino tenía gallinas y cultivaba verduras en la pequeña finca trasera de su casa, casi contigua a la de mi familia, productos que luego nos vendía a nosotros, sus mayores fans. Pero una noche llegó la tragedia y se le cayó el techo de poliespan al cobertizo en el que se resguardaban las gallinas y éstas, con su alocada inteligencia de tertuliano televisivo, se comieron histéricas las bolitas blancas, más tarde aplacaron su sed con agua y el poliespan se dilató en sus estómagos con la funesta consecuencia de que las pobres gallinas acabaron todas estallando. Imagino que solamente reventaron por dentro pero la imagen que nos quedó grabada a toda mi familia cuando mi tío nos contó el suceso es que las gallinas habían estallado como palomitas en una olla, como en un juego cutre de la Nintendo, y estuvimos días llorando de la risa ante las protestas totalmente razonables de mi madre, que pedía respeto para el dolor y la ruina de nuestro amigo y vecino. Fue imposible.

La tercera historia también hace que cada vez que la contamos se nos salten las lágrimas y en ocasiones no podamos acabarla igual que le pasa a mi adorable tía Veva cuando relata su historia del coche del Zapatilleiro, que volcaba siempre en una curva a la salida del pueblo porque era demasiado alto y estrecho para tomar la curva tan rápido como lo hacía. Sucedió durante el partido de fútbol que se celebra todos los años durante las fiestas del pueblo entre el equipo local y el de algún pueblo vecino, típico partido tan infumable como entrañable y que a mis hermanos les encanta, aunque ellos odian el fútbol tanto como lo amaba mi padre y lo amo yo, su único heredero en la afición al deporte. Estábamos sentados todos en fila tomando nuestros Chaskis y Jojitos de rigor mirando los primeros minutos del partido cuando uno de nosotros vio a Claudino acercándose tranquilo por la banda camino de su asiento, avisando al momento a los demás de que se acercaba nuestro héroe diciendo “¡Mirad, Claudino!”, a lo que inmediatamente respondimos los demás hermanos y mi padre girando la cabeza hacia donde el Rodrigo de Triana familiar señalaba, pero ninguno de nosotros pudo ver a Claudino porque en ese mismo instante todo el público se puso en pie al subir al marcador el único gol que hubo en el encuentro. La crónica del partido sería así: Excepto su descubridor nadie más pudo ver a Claudino y ninguno de nosotros vio el gol. Doble combo. Partidazo.

Pocos años después de fastidiarnos el solitario gol del equipo de nuestros amores Claudino falleció y su tienda, que ya andaba medio cerrada ante la avalancha de supermercados que abrieron sus puertas en el pueblo aquellos años, terminó por quedar abandonada con sus pósteres del Celta cagados por las moscas todavía pegados a las paredes. Mi padre también nos dejó; él, a quien tanto le gustaba seguir los chistes malos familiares. Y ahora para comprar cualquier cosa tenemos que ir en coche, cuando antes, a pesar de que la tienda estaba a setenta metros de mi casa, iba en bici a por lo que mi madre o mi abuela necesitaran para hacer la comida. Seguirán desapareciendo personajes, aunque otros van apareciendo, pero no hay año en que cuando nos juntamos no acabemos hablando de estas pocas anécdotas en las que el bueno de Claudino fue involuntario protagonista.

¿Es esto una biografía? ¿De Claudino, mía, de mi familia? Todas las familias tienen historias similares, llenas de complicidad, que hacen que al recordarlas todos lloren de risa, como esa tan genial del concurso de estornudos provocados por los chicles de eucalipto de la familia de mi dulce suministradora de gomas de mascar y correctora de estas líneas –Sístole, diástole-, pero no sé, hoy me apetecía contar estas pocas cosas de mi Fulgencio Pimentel particular, quizá porque hace nada vi que habían alquilado el local de su tienda convirtiéndolo en una tienda de repuestos de fontanería y me acordé de él.

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