Me acuerdo

cerebro

Por el Camarada Sergei.

Me acuerdo del núcleo duro.

Me acuerdo de mi cartera de preescolar y de unos papeles y unos gusanos que encontré en una zanja en el colegio, y de cómo los gusanos tiñeron los papeles y la cartera de violeta.

Me acuerdo de un compañero que se intoxicó con un bollycao.

Me acuerdo de que después de comulgar el López simulaba hurgarse los dientes con un palillo y yo me esforzaba por contener las carcajadas.

Me acuerdo de la biblioteca de mi colegio, del Patufet y de los libros para chicas de Enyd Blyton.

Me acuerdo de cómo me emocionaban las aventuras de Oumpah Pah y de que mi sueño era comer «pemmican».

Me acuerdo de estar tumbado sobre la cama leyendo un libro de Los Cinco y de haber gritado en voz alta: ¡Vamos, Dick!

Me acuerdo de los ejemplares de El Señor de los Anillos que me prestó el Hinchado, que eran los de tapas negras.

Me acuerdo de los charcos negros en el campo de fútbol del colegio.

Me acuerdo de haber comprado la camisa más fea del mundo para imitar a Júpiter Jones y de que me la puse en el viaje de fin de curso.

Me acuerdo de haber dado un paseo por el barrio rojo de Ámsterdam y de que mis compañeros de clase, después de eso, me llamaban «el trípode».

Me acuerdo de que mi abuelo hacía entrar la burra al corral por la puerta de casa, y para ello le decía «whisky, whisky».

Me acuerdo del ruido de ultratumba que hacía la burra al comer cáscaras de nuez.

Me acuerdo del señor Ponciano, que parecía un pequeño Buda, se entusiasmaba con las mozas y hablaba con tono muy redicho.

Me acuerdo de un señor que tenía un perrito llamado «Fermín».

Me acuerdo de un amigo que me gritó irritado que no volviera a hablarle en catalán cuando vimos pasar un tren y dije: «mira, un Talgo».

Me acuerdo de que ese amigo era capaz, al oír un coche que bajaba por la calle Vicente Tutor, de adivinar qué modelo era, y a veces incluso quién lo conducía.

Me acuerdo del día que fui con el Vinagre y el Nieto a un puesto de comida árabe, y que llamé al Vinagre por su nombre, «¡Marco, Marco!» y toda la gente que había allí reunida comenzó a cantar «Mi mono Amedio y yo…»

Me acuerdo de haber bebido leche de pantera.

Me acuerdo de una amiga a la que hacía veinte años que no veía y que al reencontrarnos y darnos un abrazo se me puso morcillona y yo echaba el culo para atrás para que no lo notara.

Me acuerdo de una novia que tuve.

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