Watson en Collserola

Barcelona

Por el Dr. Watson.

Mediado el otoño hay lugares cerca de Barcelona que merecen una visita, preferiblemente en un día fresco y luminoso, bastante infrecuente en atención a las habituales condiciones de humedad: todos sabemos, aunque nos callamos, que el clima confiere a Barcelona un olor especial, de la misma forma que a Sevilla la copla le otorga el suyo. Tal vez en Sevilla sea el color, pero eso no es relevante. Es un olor inequívoco a alcantarilla, más o menos tamizado, y se acentúa en proporción a la cercanía a los barrios de la ciudad antigua, aunque no perdona ni siquiera frente a los hoteles glamurosos del Ensanche.

Pero vayamos a lo que íbamos, ese lugar no lejano de la ciudad, al que se accede atravesando la cadena de colinas más o menos boscosas, en realidad muy peladas en sus faldas orientadas al mar. Esa cadena llamada de Collcerola constriñe la ciudad en eficaz y autista alianza con el mar, impidiendo la vocación que Barcelona tiene grabada en su código genético, en su mandato cósmico, en fin, en su conatus, de extenderse y barcelonear hacia poniente y más allá, cubriendo con su espíritu inefable toda la península hasta llegar a iluminar con la luz de su weltanschauung al faro de Vigo, tan necesitado a veces de esta energía lumínica que desparrama por doquier, y finalmente descansar merecidamente en las playas de Finisterre. Recobradas allí las fuerzas necesarias, un nuevo salto a Poniente otorgaría por fin calma y paz a la inquieta Mannhattan, feliz al devenir de su auténtico destino: constituir el barrio moderno de Barcelona. No estará de más en este momento rendir homenaje a la mente preclara que ofició hace unos años las bodas de la estatua de Colón y la estatua de la Libertad.

Una vez más debemos evitar alejarnos de nuestro propósito, y retomar alguno de los caminos que ascienden a las distintas colinas de Collserola, por ejemplo en bicicleta. Las pendientes pueden llegar a ser severas, pero breves, y con frecuencia el ciclista podrá tomar una pista que llanea recorriendo una curva de nivel, y que es conocida como De las aguas. Allí coincidirá con paseantes de perros y perras, así como con practicantes de running de ambos sexos, que corretean más o menos elegantemente, aislados con sus cascos mientras escuchan música pop o mantras de autoayuda. Raro es que alguno de estos vagos corredores tomen una pista ascendente, pero tal vez nuestra bicicleta, que ve también limitada su velocidad por efecto del combate que libra con la fuerza de la gravedad, discurra unos segundos detrás de una corredora enfundada en uno de esos maillots que tan bien ciñen y sostienen, respectivamente, distintas partes de su anatomía, y se pregunte si ella se preguntará si él se pregunta por el indudable avance tecnológico que suponen estos tejidos llamados técnicos y sus prestaciones.

Pero abandonemos, metafóricamente, este camino. Si continuamos pedaleando hasta culminar la sierra accederemos a un nuevo paisaje, esta vez fresco y boscoso, donde encinas, robles y pinos alternan para proveer de comida a la abundante cabaña de jabalíes que, inexplicablemente, persisten en su querencia por descender cada noche a la ciudad para hozar entre las basuras y detritus de sus habitantes humanos y emitir sus hórridos ronquidos.

El paseo se convierte entonces en un pequeño placer, entre otras cosas por transcurrir en bajada, acompañado del rumor de las ruedas sobre las hojas, del aroma fresco y forestal, y de los pájaros que todavía abundan recordando que el invierno todavía está lejano. De esta forma llegará, quien este consejo tome en consideración, a los alrededores de la ermita de San Medir, y se maravillará al constatar gracias a su moderno GPS o al sentido común que le separan apenas una decena de kilómetros de la sucia y excelsa Barcelona, mientras detiene el tiempo fascinado por la contemplación de la caída, desde altísimos árboles, de lentas hojas que dibujando recorridos sinuosos finalizan su periplo formando cuidadosamente un mosaico misterioso sobre el húmedo barro.

Y quien así discurra encontrará explicación a la exótica costumbre japonesa llamada momiji-gari que significa “a la caza de las hojas otoñales” y consiste en observar el cambio de color de las hojas, en particular el enrojecimiento de los arces y el amarillamiento de los ginkgo biloba, y disculpará parcialmente a los que dicen que ningún lugar es mejor para vivir que Barcelona a pesar de que no han residido jamás en otro sitio, y de que en su interior tal vez palpite una inquietud por vivir en París, o divagar caminando por East Anglia.

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