Nunca dejes que te maten IX

 

Por Gómez.

Al profesor J.J. Calaza,
Señor de Patos.

(Resumen de lo publicado: Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no tiene huesos.)

Dejé a Diana en mi propia casa, custodiada por Kierkegaard, mi rottweiler. Ni siquiera se planteó entre nosotros la posibilidad de polvo, ya que comprobé que un intento de asesinato a balazos es un inhibidor sexual tan potente como colocar tus partes en el interior de una cubitera de hielo durante tres cuartos de hora. Había pasado un buen rato desde el tiroteo y todavía me temblaba el pulso, así que la dejé durmiendo plácidamente en mi habitación y salí a la noche. Acababa de cerrar la puerta del piso cuando sonó mi móvil. Esperaba esa llamada.
—¿Nunca haces fiesta? —saludé.
—Sabes que odio la Navidad —bromeó Tania—, y la odio todavía más si mi compañero se carga a tiro limpio a tres matones en un bar y abre todos los telediarios del país él solito y sin dejarme nada para mí. Y el cabreo se multiplica por veinte si encima es tan bobo que desaparece del mapa como si fuera culpable de algo.
—Dos. Sólo me he cargado a dos matones. Al tercero le dolía mucho la vida.
—¿Qué?
—Luego te lo explico.
—Tengo tres fiambres y un chino enloquecido que se niega a salir de una nevera de helados si no viene el cónsul de China en persona a sacarlo. Creo que me debes una…
—Ahora no puedo —la interrumpí—. Te lo contaré todo.
—¡Maldito imb…!

Colgué. Me sabía mal dejar a mi compañera al margen de mis investigaciones, pero este caso se había convertido ya en algo demasiado personal para mí como para involucrarla. Realicé varias llamadas a confidentes y, al cabo, obtuve un nombre que, al parecer, podría facilitarme la información que andaba buscando. Se trataba de un tal Arturo Navarro, un novelista de tercera que fue portero de discoteca durante casi veinte años. Por lo visto se las daba de tipo duro en todas las presentaciones de libros a las que todavía le invitaban, y arrasaba con los canapés y las patatas fritas. Por las noches podía encontrársele escribiendo sonetos a la luna y las noches estrelladas en una taberna inglesa del Raval, La Cigüeña Enculada.

Encontré a Navarro en la barra, bebiendo un cóctel de color rosa decorado con una rodaja de naranja. Debía de sacarme unos diez años, y tenía aspecto de haberse llevado una buena colección de tortas a lo largo de su vida. Surcaba su rostro una cicatriz en forma de S, producto, según decían, de un botellazo en la cara. Lo cierto es que había oído hablar de él con anterioridad. Contaban un montón de historias bastante locas sobre su persona. Siempre aseguraba en las entrevistas que si no era recordado tras su muerte por su obra novelística por lo menos esperaba serlo por su croché de derecha o, en su defecto, por su enorme polla.
—¿Eres marica, independentista o las dos cosas? —me preguntó, tras repasarme de arriba abajo con la mirada, justo cuando me senté en el taburete contiguo al suyo.
Medité unos dos segundos la respuesta.
—Marica, supongo.
Sonrió.
—Respuesta correcta —dijo. Se dirigió al camarero—: ¡Botticelli, ponle una margarita al comisario Gómez y otro Shirley Temple para mí!
—Inspector solamente —dije—. ¿Cómo ha adivinado que bebo margaritas…? Y, ya puestos a preguntar, ¿cómo demonios sabe quién soy?
—No sólo estoy al corriente de para qué vienes a verme, amigo, sino que también conozco un par de cosas acerca de ti: cuarenta y dos años, dos matrimonios, deudas a manta, votas a la derecha, todavía te encanta escuchar a los Sex Pistols como cuando estudiabas BUP y llevas una noche de Navidad bastante agitada.
Seis de seis. Me dejó sin palabras.
—Soy una especie de brujo —dijo, sin molestarse en disimular el sarcasmo, al ver mi cara de sorpresa.
—Perfecto entonces. A ver qué dice su bola de cristal sobre el asesinato del rey Baltasar y la cruz de madera robada.
Por toda respuesta, frotó dos dedos de la mano derecha, en un gesto inequívoco: pasta.
Saqué un billete de cien y se lo alargué. Se lo guardó en el bolsillo de la americana con una velocidad pasmosa. Visto y no visto.
—En mis tiempos —dijo— por esta pasta podías comprar un gramo de farlopa, tres tripis y, además, el camello te dejaba pasar a su habitación para que te cepillaras a su señora. Y ahora, en cambio, me va a alcanzar justo para una edición de lujo anotada de Peter Pan y la última novela de Stephen King en tapas duras.
—El de Peter Pan lo conozco —dije—. Lo escribió Walt Disney, ¿no?
Torció el gesto al escuchar esto.
—Quizá en un futuro debería modificar un tanto mi galería de personajes —masculló, en voz alta, para sí mismo.
—Usted dirá.
—A ver, hace unos días llegó a la ciudad un tipo, un sicario peligroso de verdad, de esos que no bailan rumbas. Se rumorea en la calle que anda metido en este asunto de los Reyes Magos. Y si esto es cierto, significa que va a correr la sangre a base de bien.
—Su nombre.
—Le llaman Pepe el Camisas.
—¿Por qué?
—Porque le encanta Tchaikovski… ¡Y yo que coño sé, Gómez! Será por las camisas que lleva, ¿no? Qué quieres, ¿que por cien miserables pavos te lo te entregue envuelto para regalo y con un lacito en la polla?
—Bien, bien. Tranquilo.

Anotó en un papel la dirección del hotel donde se alojaba el tal Camisas y me lo entregó. Una vez hecho esto, se volvió hacia su copa, dando a entender que la conversación había finalizado.

Pero me resistía a irme. Por unos instantes me había sentido como si estuviera frente a mi propio padre. Era una sensación muy extraña, agradable, y me entraron ganas, no sé, de abrazarlo o algo por el estilo. Igual sí me estaba volviendo un poco marica.
—Espero volver a verlo, señor Navarro—le dije.
—Suerte, Gómez. El mundo necesita tipos como tú, compañero. Aunque no hagáis de él un lugar mejor ni por asomo, por lo menos será más entretenido. Dale caña a esos mamones por mí.

Le prometí que así lo haría, y mientras me marchaba resolví para mis adentros que, si yo no fuera Gómez, me gustaría ser Arturo Navarro.

Un gran tipo lo mires por donde lo mires.

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